miércoles, 28 de enero de 2009

Armas Antiguas- Gladius Hispaniensis




El gladius hispaniensis es el arma que forjó las victorias de Roma después de la segunda guerra púnica. Los romanos la adaptaron después de haber vistos su gran poder en manos de los iberos que acompañaban a las tropas cartaginesas.
Era fabricada en hierro fino y tenía una longitud de cincuenta centímetros de largo por seis de ancho, y era rematada por una impresionante punta. Era su fuerte el combate cerrado entre grandes unidades .No era un arma para blandir por encima de la cabeza, todo lo contrario, se utilizaba para pinchar al enemigo, usándose principalmente a la altura de la cadera. Por ese motivo, los entendidos aseguraban que una legión romana en movimiento era una verdadera máquina picadora, con miles de letales agujas pinchando sin piedad. Fue sin duda el arma que ayudó a cimentar las bases del imperio romano.

miércoles, 21 de enero de 2009

Guerreros de la antiguedad- Los Espartanos




Voy a hablar de uno de los pueblos guerreros más famosos de la historia, una nación que hizo de la guerra un verdadero arte: Los espartanos.
Esparta no tenía ejército, lo era. La pequeña población de Lacedemonia fue, en efecto, el primer Estado militar de la historia: sus habitantes, peones cuyo único objetivo era la total sumisión a las leyes e intereses de la patria. Desde entonces el término espartano califica todo aquello que recuerda la regla ascética y los criterios de disciplina que imprimieron la vida de los lacedemonios.
Llegados del norte hacia el año 1.200 antes de Cristo, los dorios transformaron el mundo griego bajo su empuje. Con ellos, Europa occidental, hasta entonces una región salvaje y muda frente a los imperios orientales, se afirmó como rival. Porque los dorios, a diferencia de otros pueblos como los aqueos o los jonios, no fueron unos invasores pacíficos. Fue una casta conquistadora que se asentó primero en el valle de Laconia y años después en la llanura vecina de Mesenia, al sur del Peloponeso, infundiendo en todo el mundo mediterráneo una nueva y desconocida organización social. En la estructura social rígidamente jerarquizada de Esparta, el campesino pasivo y conservador dejaba paso preferente al soldado. En ella sólo la minoría ciudadana poseía plenos derechos civiles y políticos. La mayoría restante eran los ilotas, antiguos pobladores de Esparta que fueron esclavizados para cultivar las tierras. Sobre esa masa de desheredados se elevaban los periecos, habitantes sometidos pero libres de las zonas alejadas que no habían sido confiscadas durante la invasión y dedicados al comercio y la artesanía.
Junto a los templos de Artemisa y Atenas, los cuarteles caracterizaron la silueta de la ciudad. Pero no sólo su perfil arquitectónico, también la atmósfera de la ciudad se impregnó del carácter castrense, quizá como resultado de su propia estructura social. Inquietas por la desproporción numérica entre ciudadanos libres y desheredados, y la desigualdad social que originaba la hostilidad de los ilotas y el descontento de los periecos, las autoridades espartanas instituyeron un estado de semisitio permanente para evitar cualquier revuelta interna. Así todas las instituciones primitivas y el conjunto de leyes, atribuidas al héroe legendario Licurgo, estuvieron dirigidas a formar a todos y cada uno de los espartanos libres en soldados profesionales.
La férrea disciplina espartana comenzaba ni bien llegaba el niño al mundo: el recién nacido era adoptado por el Estado y desde los siete a los veinte años instruido por el agoge, una severa educación destinada a templar su carácter. Al poco de nacer los niños eran presentados desnudos a una comisión de ancianos de la comunidad para que los examinara. Los débiles o deformes, incluso los cortos de talla no aprobaban el examen y eran arrojados por un barranco desde el pico del monte Taigeto.
Cumplidos los siete años el niño era arrancado del hogar familiar. A partir de entonces y hasta los veinte el chico entraba a formar parte de los cuarteles juveniles donde, a través de una compleja jerarquía de clases de edades y pruebas de iniciación, era formado e instruido en las artes de la guerra. Durante la mayor parte del año los alumnos dormían al raso sobre esteras porque así tendrían que hacerlo también en los campos de batalla. Además de enseñarles a leer, escribir y los rudimentos matemáticos, la formación del joven espartano iba dirigida exclusivamente a convertirle en hoplita: desarrollar su fortaleza y resistencia física, a la par que someterle a duros ejercicios de supervivencia y constantes entrenamientos para ejercitar su destreza con la lanza y espada. El espartano seguía viviendo militarmente en barracas o tiendas sin conocer las comodidades caseras hasta los treinta años. Se lavaba poco, ignoraba la existencia del jabón, debía procurarse la comida y costear sus propias armas.
Aunque a partir de los treinta el joven soldado podía regresar a su casa y tomar esposa, hasta los sesenta vivía en una especie de movilización permanente. Comía en mesas comunales y acudía esporádicamente a ver a su mujer, preferentemente por las noches.
Naturalmente esa severa disciplina entre la casta guerrera, así como su injusta estructura social, sólo podía mantenerse si Esparta sostenía un absoluto aislamiento con el mundo exterior. Favorecidos por la cadena montañosa que circundaba el valle y dificultaba los contactos con otras ciudades helenas, los órganos gubernamentales hicieron todo lo posible por cortar el paso a las ideas progresistas de justicia social para no perder sus privilegios patronales.
Curiosamente el modelo social de Esparta, pueblo para el que las virtudes masculinas como la valentía o la fuerza eran valores absolutos, no puede encajarse en el tradicional sistema patriarcal. Salvo en algunos asuntos de gobierno, la mujer en Esparta estuvo equiparada socialmente al hombre. Esa elevada posición no tuvo ningún otro ejemplo en el resto del mundo griego. Ni siquiera en la democrática Atenas, donde la mujer siempre se mantuvo en segundo plano, a la sombra del varón.
Dicen que pudo ser porque los dorios fue la única tribu de la comunidad helena que trajo consigo a sus propias mujeres para asentarse en las regiones conquistadas. Los demás nunca se atrevieron a viajar con ellas, dejándolas atrás en sus patrias de origen, por lo que, como luego hicieron los romanos con las sabinas, se vieron obligados a raptar a las féminas del lugar, que siempre serían consideradas ciudadanas de segunda.
Por el contrario en Esparta la igualdad de los sexos fue absoluta como lo demuestra el hecho de que sólo los hijos de espartana recibían la titularidad de ciudadanía. Esa equiparación pudo ser fruto de la semimovilización permanente a la que estuvo sometido el varón espartano hasta que cumpliera los sesenta años. Las tareas encomendadas a la mujer de Esparta abarcaban muchos aspectos: se encargaban de gobernar los hogares y administrar las finanzas de la familia, tenían responsabilidad absoluta para educar a sus hijos hasta que cumplieran la edad prescrita para que ingresaran en los cuarteles juveniles y se ocupaban de supervisar el trabajo de sus ilotas. Las niñas espartanas recibían una educación similar a la de los muchachos: además de leer y escribir, aprendían música y danza, y se les incluían el deporte y la gimnasia como disciplina obligatoria. Las competencias deportivas solían ser con frecuencia mixtas y ningún espartano se avergonzó nunca de ser vencido por una mujer en el encuentro. La juventud de Esparta tampoco conocía el pudor porque desde temprana edad los contrincantes contendían desnudos en la palestra.
Las constantes batallas y conflictos internos habían ido desangrando las tropas, reduciendo peligrosamente la población militar que habitaba sus cuarteles. Así, mientras que en el año 490 a. de C. el ejército lacedemonio contaba con 8000 hoplitas, sólo trescientos años después la cifra había disminuido a 700.
Al hablar así de la historia de Esparta podríamos preguntarnos: ¿Fue realmente un pueblo tan violento? Ciertamente Esparta se distinguió por ser una irrefrenable máquina de guerra pero nunca por un carácter sanguinario o cruel. Sucede que los espartanos, tan disciplinados para muchas cosas, nunca se preocuparon por dejar testimonio alguno de sus costumbres y actividades, y las noticias que nos han llegado se deben única y exclusivamente a la afilada pluma de autores e historiadores atenienses.
Hoy podemos afirmar que las tropas espartanas respetaron y observaron siempre las normas que regían las campañas bélicas de la época. Jamás atacaron o asaltaron al enemigo en contra de la voluntad de sus dioses. Como era costumbre, antes de comenzar la lucha, sacrificaban un animal para consultar el deseo divino. Si los signos de la víctima eran de mal agüero, posponían la batalla hasta que éstos les fueran más propicios. Cuenta Tucídides que en la batalla de Platea (479 a. de C.), que enfrentó a Esparta con el ejército persa, ningún hoplita lacedemonio movió un dedo hasta que finalizaron los rituales de sacrificio, a pesar de que las flechas enemigas habían comenzado a causar las primeras bajas en sus filas.
Humilde y desinteresada, Esparta permitió a Atenas llevarse la gloria y los laureles de salvar la Hélade. Preocupada antes porque su régimen militar mantuviera el orden interno del Estado que por dominar los mares, no dispuso de armada, dejando el campo libre para que Atenas acaparara la hegemonía marítima. Unicamente respondió con toda la fuerza de lo que era capaz cuando el mundo griego se vio seriamente amenazado por la invasión del poderoso ejército persa. Fue precisamente en el desfiladero de las Termópilas (480 a. de C.) donde Esparta libró la última pero la más genial de las batallas de su historia. Allí el heroico comportamiento de los 300 hoplitas lacedemonios comandados por su rey Leónidas ha pasado a la historia como ejemplo de lealtad patriótica. Durante dos días el escaso contingente espartano supo mantener en jaque a los temibles arqueros del persa Jerjes, sucumbiendo al fin bajo una densa lluvia de flechas, pero fieles al estribillo que las madres de Esparta cantaban cuando sus hijos iban a la guerra: "Vuelve con el escudo o encima de él."
Fuente: Mysteryearth/Esparta.

martes, 20 de enero de 2009

Reseña literaria -Urnas de Jade-Leyendas de David Prieto Ruiz



En este post voy a rendir homenaje a un gran escritor que se está abriendo paso en el panorama fantástico español. He tenido la fortuna de haber leído varios de sus trabajos, algunos publicados y otros en espera de serlo, pero todos ellos con un denominador común: Una gran calidad literaria y un derroche de imaginación y creatividad asombrosas, que rompen con los moldes acartonados a los que nos tienen acostumbrados los autores anglosajones.
A continuación una reseña de su más reciente obra, Urnas de jade, Leyendas, la primera entrega de una saga que ya esta dando mucho de que hablar entre los aficionados al género, realizada por otro prometedor escritor, Enric Hercé:

"Antes de encarar esta reseña creo que cabe hacer una aclaración, la misma que hice al afrontar la saga de La Tierra del Dragón. No soy aficionado a la fantasía épica. Por lo tanto, elementos que un aficionado al género valorará y seguramente buscará en un libro de estas características a mi me dejan frío. Otro planteamiento que creo necesario mencionar es que dadas las particularidades de una saga, considero que no debería reseñarse ésta hasta que estuviera concluida o al menos se dispusiera de más de una parte de la misma para establecer alguna comparación. No tiene mucho sentido pararse a analizar tramas y evolución de personajes cuando sólo se tiene acceso a una pequeña parte de los mismos. Considero, por tanto, que reseñar el primer volumen de una saga épica tiene tanto sentido como analizar un libro a partir de uno de sus capítulos. Quizá sea debido al peregrino origen de este tipo de estructuración, una obra que se partió en tres por simples necesidades editoriales. Aclarado esto centrémonos en la que nos ocupa.
El arranque resulta trepidante. A lo largo de las primeras 140 páginas conocemos la historia de Delin, aparece el grupo de aventureros y asistimos a las conspiraciones que se cuecen en el gremio de los ladrones de Feylan; se nos desvela la historia de la ciudad y del ducado, sin olvidar algunos atisbos de una trama que afecta al continente entero. Como no podía ser de otra forma todo termina con un combate frente a un poderoso enemigo.
En estos primeros compases de la historia ya se aprecian distintos rasgos de la personalidad que el autor le quiere conferir a la obra. Hay una evidente intención de seguir los preceptos del género, pero de hacerlo a su manera, con vocación de ofrecer algo distinto aunque sea más a nivel formal que de contenido. Valgan como ejemplo los textos metaliterarios que sirven de introducción a distintos capítulos o el afán por eludir una narración lineal mediante un estilo fragmentario con abundantes saltos temporales. Estos pueden resultar algo desconcertantes al principio, pero a medida que el lector se acostumbra a ellos son de agradecer pues ayudan a que la trama avance sin titubeos.
El ritmo que el autor imprime a este primer tramo tiene un daño colateral. El grupo de mercenarios que junto a Delin coparán los roles protagonistas queda desdibujado. Nos son presentados en grupo y sólo cuando empiece el siguiente tramo de la historia, centrado en la subtrama de Codan-Gulath, iremos conociendo más detalles sobre su personalidad y pasado. Sin embargo nunca llegan, a lo largo de este primer volumen, a escapar del arquetipo al que representan. La complejidad de los acontecimientos y el número de personajes se va incrementando con rapidez con lo que ya arrastrados por la acción, parece difícil hacer un alto para detallar lo que no se ha hecho en los primeros compases. Algo que sí sucede en el caso de Delin, cuya historia nos es contada al principio con detenimiento, produciendo el deseado efecto empático en el lector; curiosamente a medida que pasan las páginas su protagonismo absoluto va quedando relegado a un segundo término. Considero que el personaje mejor construido de la obra en cuanto a historia y motivaciones es Gülfstend. Lejos del villano que busca el mal por el mal, su triste historia y la traición sufrida le convierten en un ser complejo con motivos reales para actuar como actua. A mi juicio resulta mucho más sólido que Codan-Gulath, cuyo histrionismo le da un aire al LeChuck de Monkey Island.
A partir del capítulo once las tramas se diversifican y los personajes emprenden un viaje que terminará por separarles para acometer distintas misiones que les reclaman a lo largo y ancho de Drashur. Un mundo vivo, con una historia que respalda su configuración actual, una economía y política que marca su presente y una geografía que atiende a las peculiaridades de sus pobladores y distintas culturas. En definitiva, un mundo contruido con esmero que no decepcionará a los aficionados al género. Tampoco a aquellos que busquen aventura, periplos llenos de peligros, combates, enemigos poderosos o magia. Una magia estructurada mediante un sistema de runas que a un servidor, poco ducho en el tema, le ha parecido muy novedoso.
El teclado de David Prieto se pone al servicio de todos ellos sin florituras, con un lenguaje variado que se adapta perfectamente a cada situación, pero consciente de cuál es su papel.
Para terminar, desvelaré un secreto a todos aquellos a quienes todavía les queden dudas… no hace falta esperar al siguiente volumen para descubrir qué contienen las urnas. "

lunes, 19 de enero de 2009

Conan, el máximo exponente de la FH











Reconozco que algunos prefieran a los elfos ,los enanos y la gran cantidad de razas que pueblan las historias de fantasía épica, pero según mi criterio y mis gustos, me inclino por el personaje más famoso del maestro Robert E. Howard, el bárbaro indomable que me ha arrastrado a mundos increibles donde el acero es rey.
Este post es un pequeño homenaje al gran Conan de Cimmeria.

domingo, 18 de enero de 2009

Reseña literaria- Salamina de Javier Negrete



No soy un crítico literario ni nada por el estilo, soy un simple lector amante de las aventuras, sobre todo las de corte épico, y ambientadas en el mundo antiguo. Por eso mi opinión acerca de un libro no tiene nada que ver con la estética ni los conceptos intelectualoides con los cuales algunos tienden a juzgar una obra literaria, algo que de por sí lleva implícito el esfuerzo del autor por sacar adelante un trabajo respetable que merece toda nuestra admiración.
Por ese motivo, mi visión de un buen libro se basa más bien en su ritmo, en la coherencia y sobre todo en una narración fluida y emocionante que nos mantenga pegado a sus páginas, sin caer en pasajes soporíferos que se alejan de la idea principal.
Salamina, la última obra de Javier Negrete, cumple a cabalidad con todas estas características.Es una historia trepidante que nos lleva a través de las guerras médicas, desde la batalla de Maratón hasta la asombrosa victoria de Salamina. Un retrato fiel del mundo mediterráneo del siglo V a.C., visto a través de los ojos de Temístocles y sus rivales, con sus intrigas, traiciones, amores y grandes batallas.
Una historia épica que todo amante de la novela histórica no puede pasar por alto.

viernes, 16 de enero de 2009

Guerreros de la antiguedad- Los Celtas





Procedían originariamente de Asia y formaron el tronco, como miembro del pueblo indogermánico, que se estableció en el occidente de Europa, en el siglo XX a.C. ya habitaban el centro y norte de Europa. Para el año 1000 a.C. se extendieron por las Islas Británicas, norte de Francia, parte de Suiza y norte de Italia. Invadieron España en el siglo IX a.C. Su lengua era indoeuropea, de la cual se conservan escasos registros literarios.
Para el siglo IV a.C. fueron desplazados del centro y norte de Europa, a consecuencia de las llegadas de otros pueblos, los grupos germánicos
Desarrollaron las denominadas culturas de Hallstatt y La Tène. La primera se manifestó en el primer período de la Edad del Hierro. Tomó el nombre de una localidad de la Alta Austria. Se originó a partir de la Edad del Bronce, en donde el hierro sustituyo al otro material en la fabricación de elementos como espadas, puntas de lanzas, hachas agujas, recipientes, cuchillos y puñales.
La Tène es la cultura celta de la segunda Edad del Hierro estructurada en tres o cuatro períodos. Se desarrolló entre la Hallstatt y la conquista romana (450 a 50 a.C.). Aquellos que compartieron esta civilización se destacaron por la elaboración de elementos como grandes espadas, escudos alargados, grandes hebillas, fíbulas, construían sus fortificaciones en las cumbres y acuñaron su propia moneda.
A diferencia de los romanos, que construían sólo dentro de los límites de la ciudad y cerca de sus famosas rutas –como la Via Apia-, los Celtas construían en torno a la naturaleza, por eso vivían más en contacto con ella.
También fueron portadores de la denominada cultura urnenfelder o "campos de urnas". Habitaban en poblados situados en montículos de fácil defensa, llamados - en Galicia - castros, con las viviendas distribuidas irregularmente. Su economía era cerrada, pastoril y ganadera
Los guerreros y pastores estaban organizados en una gran variedad de tribus, clanes y grupos. Socialmente se desarrollaron progresivamente, diferenciándose en clases sacerdotal (druidas), nobles, comerciantes y campesinos.
El impulso romano de un lado y de otro el germano, quebrantó el imperio de los celtas en la Europa central hasta someterlo. Quedaron en las costas occidentales con sus caracteres vivos aunque dominados.
Una característica que facilitó su dominio pero que, a la vez, permitió la continuidad de su cultura, fue la ausencia de un verdadero estado celta a causa de la primacía de las estructuras tribales y familiares. Esta división los hacía militarmente débiles ante invasores bien organizados, como por ejemplo los romanos –a los que sin embargo les llevó años conquistarlos -, paradójicamente sucedía lo contrario con las costumbres y los valores, protegidos de influencias externas por los fuertes vínculos parentales, en donde el clan estaba por encima de toda organización estatal, y unificaba y cobijaba a sus miembros.
En combate no empleaban el arco porque consideraban que matar a un enemigo a distancia era un acto de cobardía. El caudillo iba el primero, seguido por la nobleza militar y después el ejercito. Contemplándoles estaban los druidas orando por ellos y preparando ungüentos para los heridos. Iban desnudos al combate como símbolo de pureza, y su objetivo era cortarle la cabeza al enemigo.
Los celtas dedicaban gran parte de su tiempo y esfuerzos a decorar sus armas y armaduras, hacia las que mostraban una actitud casi reverencial.
Los arqueólogos han descubierto dos clases diferentes de armas y armaduras celtas. En primer lugar, aquellas piezas creadas para el campo de batalla; en segundo lugar, las pensadas especialmente para usos rituales, como ofrecimientos a los dioses, o para ser enterradas junto a los individuos de alto rango.
El arma principal del celta era la pesada espada de hoja larga. El gran tamaño de la hoja hacía necesaria una empuñadura proporcionalmente grande, y en ella concentraban los artistas todo su afán decorativo. En los mangos se observan a veces incrustaciones de materiales preciosos, como marfil o ámbar, o aparecen coloreados por medio de esmalte. En ocasiones, el mango de la espada tiene la forma de un ser humano, cuya cabeza corresponde el pomo; el cuerpo hace las veces empuñadura y las piernas proporcionan una guarda o protección a la mano del guerrero.
Los escudos celtas suelen ser largos y planos, aunque también se han encontrado ejemplares circulares. Solían estar realizados en bronce. Los artesanos decoraban el anverso de los escudos ceremoniales con dibujos muy elaborados.
En los cascos el empleo de materiales caros y complicada decoración era todavía más común. Tenían una parte superior semiesférica de hierro o bronce, protecciones laterales móviles para los pómulos, otra protección para la nuca y en lo mas alto del casco una pieza en la que se sujetaba un penacho o cresta. La cresta tenía a veces forma de jabalí, símbolo de poder y fortaleza en la sociedad celta.

miércoles, 14 de enero de 2009

Armas Antiguas- Falcata ibérica



Como este es un blog dedicado a la fantasía heroica y todo lo relacionado con el acero, no podía faltar un apartado dedicado a las armas y tácticas militares del mundo antiguo. Comienzo esta sección con una de las armas más famosas de la antiguedad, la falcata ibérica. Aquí esta un breve reseña de su historia, cortesía de la Wikipedia.

La falcata es un tipo de arma blanca, una espada de hierro originaria de Iberia, y relacionada con las poblaciones indígenas ibéricas anteriores a la conquista romana, fue muy usada entre los pueblos iberos o los celtíberos limítrofes con los primeros, siendo la espada de "antenas" más común en la zona más céltica de la Península.
Sus dimensiones son similares al gladius, la espada corta romana, con aproximadamente medio metro de hoja; posiblemente habría influido en los diseños posteriores del gladius, especialmente en el gladius hispaniensis, cuya evolución tendería hasta la característica forma recta de la hoja. De todas formas es posible que esta influencia sobre las armas cortas romanas viniera dada por la espada de antenas, también frecuente en la Iberia prerromana, y de origen celta.
Pese a que su forma sugiere su empleo como arma de filo, la frecuente presencia de contrafilo en los ejemplares recuperados (el filo del borde contrario al filo principal, que ocupa cerca del tercio más próximo a la punta) parece apuntar a que también era posible su uso como arma de estocada.
La calidad del hierro que servía para la construcción de las armas hispánicas fue alabada por los cronistas romanos, que quedaron sorprendidos por su capacidad de corte y su flexibilidad, una de las características más estimadas y buscadas en la manufactura de las mismas. El hierro se sometía a un tratamiento de oxidación (enterrando las planchas bajo el suelo entre dos y tres años) eliminando así las partes más débiles de este. La hoja se realizaba forjando tres láminas y uniéndolas en caliente, de las cuales la central presentaba una prolongación para la empuñadura, desplazada normalmente hacia un lado respecto al eje de simetría de la espada, y con forma de cabeza de caballo o grifo. La empuñadura iba decorada con cachas de hueso o marfil, y solía unir la cabeza del animal a la guarda con una cadenilla.
Como nota curiosa que refleja la efectividad de estas armas queda el hecho de que, tras los primeras batallas en la Península Ibérica, se dio la orden a las tropas romanas de reforzar con hierro los bordes de sus escudos, posiblemente para contrarrestar la potencia de corte de las falcatas, muy superior al de las espadas rectas y los sables.

martes, 13 de enero de 2009

La Maldición del Hacha Negra- capítulo VI




VI

Birek cayó al suelo sin ninguna ceremonia, rodando como un bulto informe. A pesar de la derrota, se sentía complacido, ya que al menos se había hecho con el arma del hijo de puta que había arruinado su vida.
En medio de los gritos de los moribundos y el crepitar salvaje del fuego que consumía el campamento, sus sentidos buscaron el dulce chapoteo de la corriente del río, ya que aquellas aguas —oscuras y gélidas— significaban su salvación.
Apretó el hacha entre sus dedos y le pareció que era mucho más pesada de lo que había creído. Entonces, un crujido a sus espaldas le heló la sangre en las venas. Desconcertado, intentó buscar refugio en un matorral cercano, pero la hoja parecía haberse convertido en un bloque de mármol. Con la herida en el rostro palpitando con fuerza, maldijo de nuevo y se refugió en un roquedal a pocos pasos de allí.
La estampa de su némesis apareció en medio del claro. El refulgir de las llamas y la caricia fúnebre de luna le daban un aspecto sobrecogedor. Birek se apretó contra la roca fría, mientras el sudor perlaba su semblante, escociendo el tajo en la mejilla.
Argoth se detuvo y escudriñó las proximidades, seguro de que aquel patán no podría estar muy lejos. El lamento crujiente de otra atalaya derrumbándose presa del fuego vengador de los deménidas, consiguió romper el tenso silencio que le envolvía. El reflejo plateado que daba vida al río atrajo su atención.
Al ver al enemigo caminado hacia su posición, Birek se aprestó a dar el golpe final. Una sonrisa malsana iluminó su tez desfigurada al vislumbrar la posibilidad de cobrar venganza con facilidad. Aferró el Hacha Negra y se regocijó al imaginar que le daría muerte a aquel maldito con su propio acero.
Ya podía sentir la respiración agitada retumbando en sus oídos y el peso de las botas haciendo crujir la hierba.
Entonces, con todas sus fuerzas, apretó el mango del arma y arremetió en contra de Argoth. Sin embargo, apenas consiguió elevar el hacha del suelo. Era cómo si una energía incomprensible hubiese anclado la cabeza del arma contra el suelo, impidiendo que pudiese levantarla y asestar el golpe.
Los ojos del traidor se colmaron de terror al enfrentarse con el semblante de piedra de su rival. El guerrero se volvió como una pantera al advertir el movimiento tras de él. La mirada de hielo fulminó al deménida al descubrir sus oscuras intenciones. Birek soltó un grito de ira y frustración e intentó levantar la segur con todas sus fuerzas, pero fue inútil, sus brazos no podían siquiera arrastrarla. Estupefacto y confundido, soltó el mango como si se tratase de un metal fundido, contemplando al portador del hacha con un gesto incomprensible.
Argoth avanzó, y el hombre no pudo mover un músculo, paralizado por aquellos ojos indescifrables que parecían arder con la furia de los dioses.
—¡Acabad conmigo de una vez! —le desafío con orgullo herido.
Argoth no contestó, lo aferró entre sus dedos de acero, arrastrándole a empujones en dirección a las ruinas de la fortaleza. Un gesto de estupefacción apareció en la cara del deménida, al advertir cómo su enemigo levantaba aquella hoja oscura con una sola mano, como si se tratase de un vulgar vástago de Abedul. En ese momento comprendió que su destino había sido sellado por los mismos creadores del universo.

El hedor acre de la muerte de entremezclaba con el asfixiante olor de la madera quemada. Los cuerpos se apilaban por decenas por toda el área de lo que horas antes había sido un bastión inconquistable para los nativos. Los vítores de los vencedores opacaban los ruegos de los vencidos. Un clamor estéril, ya que el destino que les esperaba a manos de los aguerridos amos de las estepas era mucho más oscuro que la muerte.
Cuando Argoth ingresó al campamento, todos los bravos enmudecieron. Dejaron atrás la celebración y se sumieron en un sobrecogedor silencio, al ver al traidor desafiarlos con desdén. Birek, aunque vencido, conservaba el veneno en la mirada.
El portador del Hacha se detuvo en el centro del patio de armas. Al fondo, podía distinguir la escuálida silueta de Kyros, acompañado de algunos de sus fieles seguidores. El anciano le contempló sin sorpresa, aunque una amarga sonrisa se dibujó en su ajado semblante. Tenía el rostro amoratado y parecía que iba a perder uno de sus ojos, debido a la terrible golpiza que le habían propinado sus captores. Sin embargo, de su presencia aún emanaba aquella fuerza sobrenatural que parecía magnetizar a todo aquel que tuviese contacto con él.
Argoth arrojó a Birek en medio del corrillo. Un mutismo estremecedor se apoderó del lugar, dejando tan sólo el crepitar de las llamas y el lamento de los agonizantes llenando el ambiente.
El deménida se puso de pie, desafiante. Se pasó una mano por el cabello sudoroso, tratando de buscar los últimos retazos de dignidad que todavía le quedaban.
—¡Qué la maldición de Bhjar caiga sobre todos vosotros, perros de las estepas! —aulló con furia inusitada, quebrando el silencio. Tras sus ojos ardía la locura más siniestra.
Cientos de miradas ansiosas se volvieron hacia el viejo sacerdote, esperando una respuesta a esta herejía.
Argoth se estremeció al advertir el gesto firme, casi inhumano, que surgió de la mano del anciano.
Al instante, una turba embrutecida arremetió en contra de la solitaria figura en medio de la plaza. Cayeron sobre Birek como una manada de lobos hambrientos, despedazándole con sus propias manos, como dictaban las leyes escritas con sangre en aquellas almas crueles e indomables.
El portador del hacha levantó la mirada hacia Kyros, y comprendió que aquel hombre había sido tocado por la misma fuerza incomprensible que dictaba su destino. Una triste sonrisa coronó su rostro al comprender que de un modo extraño, tenía un lazo de hermandad con aquella escalofriante criatura. Al fondo, los agónicos alaridos de Birek eran arrastrados por el viento.

Los ojos azules de la mujer destellaron con recelo. Miró al guerrero afilando con cuidado aquella hoja oscura e inquietante, y algo en su interior pareció quebrarse. En ese instante comprendió que la vida de ambos estaba dividida por ese objeto de destrucción. Con cautela, lo rodeó con sus cálidos brazos, pero él parecía estar hipnotizado por los visos azulados y verdosos que emanaban del arma. Por un segundo ella también se dejó arrastrar por las desconcertantes figuras que brotaban de la hoja, como seres vivientes en medio de un océano de metal fundido. Caracteres indescifrables, que rezaban un poderoso conjuro cuyo significado se perdía en los anales de la creación.
Desconsolada, abandonó la tienda y enfiló en dirección al roquedal que se hallaba a unos pasos de allí.
—Dejadlo ir, mi pequeña loba. —Se volvió al escuchar estas palabras.
Los ojos de Kyros le taladraron el alma, dejándole sin aliento.
—Me marcharé con él —respondió con altanería, mientras un desasosiego inexplicable le corroía las entrañas.
Una mueca atroz ensombreció el rostro apergaminado del viejo.
—Los designios de los Altos señores le tienen reservado un destino que ni siquiera a mí me ha sido revelado —aseguró con tristeza.
Las bellas facciones de Zamera se tensionaron lentamente. En su mirada se advertía un atisbo de duda.
—Es un alma atormentada, que no encontrará la paz hasta que recorra el camino señalado —las pupilas de Kyros ardieron como volcanes—. La maldición del Hacha Negra caerá sobre vos si osáis cruzaros en su camino.
Ahora el rostro de la muchacha se veía manchando por un horror silencioso. Recordó el destello maligno de aquella arma y comprendió que Argoth estaba envuelto en su hechizo.
—Seguid mi consejo, pequeña loba —prosiguió el viejo —el portador del hacha llegó hasta nosotros traído por los dioses. Ahora que su misión ha sido cumplida, deberá proseguir su búsqueda hasta que el mismo Othar lo decida.
Zamera se dio media vuelta, las lágrimas perlaban su nívea tez.
El sacerdote la detuvo y con fuerza inusitada le obligó a volverse. En sus ojos parecía refulgir una fuerza sobrecogedora.
—Tan sólo el sufrimiento y la incertidumbre acompañaran vuestros días si no hacéis caso de mis palabras —sentenció en tono profético.
La mujer apretó los labios en su cara se advertía una sombra de altivez.
—Si ese ha de ser mi destino —exclamó con entereza—, entonces estoy dispuesta a afrontarlo.

Argoth contempló aquel cuerpo soberbio y hermoso que se removía entre las pieles. Se acercó y aspiró el aroma femenino que emanaba de su piel, ansioso por retener aquel instante por toda la eternidad. Enfiló hacia el exterior y se detuvo en el batiente. Se volvió y pareció perderse en la cascada de cabello dorado que ocultaba el rostro de Zamera. Por un momento deseó sumergirse en aquella estampa sublime y dejar todo atrás.
La noche era fría y un viento soplaba con fuerza desde el Norte, anunciando la tormenta. El guerrero abandonó el campamento con un profundo vacío en su pecho. Por un instante, le pareció que el peso del hacha se multiplicaba haciendo más difícil su camino. Entonces, una silueta enjuta se materializó en medio de la senda, como si se tratase de un espectro maligno.
Los ojos de Kyros, inexpresivos, le estudiaron con curiosidad por unos segundos.
—¿Adónde iréis ahora? —le interrogó el anciano.
—A dónde me lleve el destino —susurró el guerrero con amargura, perdiendo la mirada en los relámpagos que iluminaban la llanura a la distancia.
El viejo sonrió sin alegría.
—Sabéis que es lo mejor que pudisteis haber hecho por ella.
Argoth no respondió, el dolor era demasiado intenso y una soledad devastadora cerraba las garras en su pecho, deshaciendo la calidez que Zamera le había obsequiado con amor.
Asintió con dureza y continuó caminando sin volverse.
—¡Oye guerrero! —le gritó Kyros, llamando su atención.
Éste se dio la vuelta, sin emoción.
—¿Conocéis el significado de vuestro nombre? —inquirió.
El portador del hacha se alzó de hombros, no comprendía a dónde quería ir el viejo con aquello.
Kyros esbozó una mueca divertida.
—Argoth —dijo —es una palabra en el antiguo dialecto admelahariano.
Picado por la curiosidad, el guerrero preguntó—: ¿Y qué significa?
—El Servidor de dios —replicó el viejo —Argoth, el errante, el servidor de dios— sonrió—. Los dioses deben tener un gran sentido del humor.

FIN.

La Maldición del Hacha Negra- capítulo V



V

Se sumergió en las negras aguas, sintiendo cómo aquella gelidez dilataba sus vasos sanguíneos y apretaba cada fibra de sus músculos, preparándole para la dura faena que le esperaba. Apeló a todos sus fuerzas para librar la corriente que amenazaba con arrastrarle río abajo. Cuando por fin alcanzó la orilla opuesta, desfalleció, tratando con desesperación de recuperar el resuello. Alzó la vista hacia la empalizada que se levantaba a unos doscientos pasos de allí, y sintió un nudo en el estómago al imaginar que en estas condiciones nunca podría escalar aquel obstáculo. No obstante, al recordar que el arma que regía su destino le esperaba al otro lado, exprimió los últimos bríos de su voluntad y decidió seguir adelante. El hedor añil del musgo y la madera podrida invadió sus fosas nasales, al arrastrarse a través del barro en dirección al punto más cercano de la fortaleza. A lo lejos, podía escuchar el murmullo apagado de los centinelas en lo alto de la empalizada. Si todo salía según el plan, aquellos hombres serían su mayor preocupación antes de abrir las puertas.
Desde su posición, los gruesos troncos parecían alzarse hasta el infinito. Calculó que tendrían unos treinta codos de alto, contando la aguda punta que los remataba. Al ver esta soberbia obra de ingeniería, comprendió porque los deménidas se habían estrellado contra estas sólidas defensas. Se necesitaba más que valor y arrojo para librar esta barrera.
Aplastó su corpachón contra el suelo al advertir el destello inquieto de una tea rompiendo la oscuridad. Las formas difusas de un grupo de soldados aparecieron frente a sus ojos. Vestían las faldillas y cotas escamadas propias de los legionarios admelaharianos, pero algunos de ellos portaban los yelmos cónicos rematados en punta que solían utilizar los mercenarios orientales. Argoth llegó a la conclusión de que aquel lugar no era otra cosa que un nido de víboras, una guarida de bandidos. La patrulla se detuvo en la orilla del río y se dispuso a deshacerse de la macabra carga que traía consigo. El guerrero se estremeció al ver la masa sanguinolenta que una vez fue un ser humano, siendo arrojada sin ceremonia a la oscura corriente. Estupefacto, se preguntó si aquel despojo no sería el cuerpo de Kyros. Si era así, habría llegado demasiado tarde para salvar al anciano. Sin embargo aquello no importaba, ya que aún debería recobrar su preciada hoja negra. Con Kyros o sin él debía seguir adelante con la incursión.
Esperó a que los soldados se perdieran de nuevo en la espesura antes de intentar escalar los muros de madera. No obstante, la duda le invadió al imaginar que en medio de aquel sobrecogedor silencio el sonido del gancho retumbaría como un trueno. No esperó más, con un fuerte impulso lanzó la cuerda hacia las alturas y esperó el eco metálico que le confirmaría el agarre de la soga.
Su corazón se paralizó por unos instantes a escuchar el golpe seco. Esperó un tiempo prudencial, creyendo que aquel sonido había atraído a todos los centinelas. Pero no, lo único que percibía en los alrededores era el sonsonete cansino de los grillos y el croar de las ranas.
La ascensión fue un poco más difícil de lo que había imaginado. Las astillas del tronco le rasgaba la piel, hendiendo su carne dolorosamente. Sin embargo se obligó a seguir adelante, haciendo caso omiso de las molestas heridas. Se deslizó al interior de la plataforma con el sigilo de un gato montes. En ese instante su pecho estaba a punto de reventar y sus manos no dejaban de temblar debido a la tensión. Contempló la masa oscura que se abría a sus pies y descubrió que aquel lugar era más grande de lo que había pensando. Tres barracones se situaban de forma estratégica alrededor de una plaza de armas. Imaginó que el más grande albergaría a los oficiales y las bodegas, y los dos restantes servirían para las tropas y los caballos. En medio de un sobrecogedor silencio, se aprestó a cumplir con su parte de la misión.
La luna consiguió burlar a las nubes por unos instantes, regando su brillo espectral por todo el lugar. Argoth se detuvo de golpe al advertir el destello fugaz que asomaba a unos pasos de su posición. Si no hubiese sido por la reina de la noche, aquel centinela habría pasado inadvertido. Después de todo, los dioses parecían estar de su lado en esta ocasión.
El mercenario tan sólo dejó escapar una exhalación al sentir la fría hoja de Argoth hincándose en sus riñones. El guerrero dejó caer el cadáver al otro lado de la empalizada, no sin antes apropiarse de su yelmo y la cota de lino prensando. Además de la faca, ahora contaba también con una lanza y una espada corta. Confiado en que podría pasar desapercibido entre los demás guardias, salió de las sombras en dirección a la plaza de armas.
Entonces un pálpito en el corazón le hizo volver la mirada hacia la edificación principal. Una certeza que brotaba del fondo de su alma parecía asegurarle que en aquel lugar se hallaba la causa de todos sus desvelos. Horrorizado, creyó escuchar un murmullo que le llamaba a gritos, un sonido templado y frío que no podría ser producido por una garganta humana. En ese instante, comprendió que de alguna manera grotesca la hoja negra clamaba por su dueño. Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no dar media vuelta y adentrarse en aquel barracón en busca del arma. Sabía que sin la ayuda de los deménidas nunca podría salir con vida de aquella fortaleza. Alejó los gritos que aquejaban su mente y enfiló hacia las puertas.
Cuatro hombres se apretujaban alrededor de un brasero. Hablaban en voz baja y apenas reaccionaron al notar al hombre que se aproximaba. Argoth repasó la situación sin dejar de caminar hacia su objetivo. Los rebordes de bronce que remataban el pesado madero que bloqueaba el portalón, apenas refulgían al ser iluminados por las llamas del brasero.
Argoth ya podía ver los rasgos afilados de los centinelas. Reconoció la piel oscura y el cabello ensortijado de tres sureños, y la piel lechosa y tez achatada de los orientales en el cuarto mercenario.
Aspiró el aire cargado por el humo del brasero y empuñó la lanza hasta que los nudillos palidecieron. En ese instante uno de ellos, el hombre de aspecto oriental, percibió que algo andaba mal. Sin embargo antes de que pudiera reaccionar, la pica de Argoth ya le había atravesado las entrañas.
Antes de que se dieran cuenta de lo que estaba ocurriendo, el cuchillo del guerrero ya había cercenado la garganta de segundo y estaba a punto de dar cuenta de los dos restantes.
Estupefactos, los mercenarios desenfundaron sus espadas y arremetieron en contra de la masa nervuda que les hacía frente. Argoth se libró del yelmo y su rostro fruncido, semejante al de una bestia enloquecida, hizo titubear a sus rivales.
Uno corrió gritando en busca de ayuda, pero antes de poder dar cinco pasos, tenía una faca clavada en la nuca.
El grito de alarma rompió con el silencio que envolvía la fortaleza. De todos los rincones comenzaron a escucharse voces conmocionadas. Argoth comprendió que no podría perder tiempo. Al notar el miedo en su contrincante se arrojó sobre él para zanjar de una vez por todas aquel asunto. El hombre, aterrorizado, dejó caer la hoja, corriendo despavorido hacia la seguridad de las sombras.
De inmediato, el guerrero fijó su atención en el tronco que sellaba las puertas. Ya podía escuchar los gritos y la confusión que comenzaba a apoderarse de la fortaleza. Sus músculos se tensaron como cuerdas de acero y por un instante pensó que su corazón y sus sienes explotarían debido al esfuerzo. No obstante, apeló a todas sus fuerzas para arrancar aquel trozo de madera del umbral. El leño cedió con un crujido, y Argoth se apartó de un salto para evitar que le aplastara los pies al estrellarse contra el suelo.
Acto seguido, apoyó su corpachón en contra del portalón y las hojas cedieron con un sonido sordo.
De repente la muda floresta cobró vida, cuando cientos de de sombra emergieron de la oscuridad, haciendo refulgir sus hojas de batalla. El portador del hacha sintió una profunda emoción al ver que el superviviente de la masacre en el vivaque había cumplido su palabra: reunir a sus hermanos para un nuevo asalto al fuerte. Decenas de bravos deménidas cruzaron el umbral, ávidos de venganza. Estaban armados hasta los dientes y pintaban sus caras con los colores de los clanes a los que pertenecían.
Ahora el clamor en su cabeza se hizo más acuciante y doloroso. Miró cómo los primeros defensores eran arrasados sin piedad por aquella turba enfebrecida, y comprendió que era el momento de actuar. Invadido por la locura del combate, corrió hacía donde dictaba su corazón atormentado.
Abriéndose paso entre la masa de guerreros que luchaban y morían a su alrededor, consiguió llegar hasta el barracón principal. Una lluvia de flechas que caía desde el segundo nivel le obligó a buscar cobijo cerca de una pared. Desde allí pudo ver cómo las oleadas de guerreros eran detenidas por la barrera de dardos, sembrando de cadáveres las inmediaciones. Con la sangre hirviendo en las venas, el portador del hacha negra rebuscó en su mente la manera de ingresar en aquella edificación, a la vez que el murmullo en su cerebro amenazaba con hacerle enloquecer. Era como si un coro infernal infectará sus pensamientos con un clamor sombrío y desesperado. Entonces, la solución se presentó por si sola al advertir las flamas que comenzaban a cobrar fuerza en la primera planta. Los deménidas habían decidido incendiar el edificio para hacer salir a los defensores. No tardaron mucho en verse los resultados de aquella macabra estrategia. Un alarido espeluznante opacó los gritos y sonidos del combate, cuando una tea humana abandonó la estancia. Todos le abrieron paso hasta que se desplomó convertida en una masa calcinada y deforme. Los que consiguieron salir indemnes del fuego se enfrentaron a las hojas ávidas de sangre de los nativos. En medio de este espanto, Argoth decidió adentrarse en aquella trampa mortal en pos de su destino. A lo lejos, creyó escuchar la voz de Zamera clamando su nombre con angustia.
Las llamas estiraban sus hambrientos apéndices en busca de la carne del osado humano que se atrevía a usurpar sus recién conquistados dominios.
El guerrero cruzó la galería principal, evitando las flamas que devoraban todo a su alrededor. Varios cuerpos se arrastraban a sus pies, asfixiados por el humo negro que enturbiaba la visión. Horrorizado, pudo ver cómo un pesado leño se desprendía del techo y trituraba las piernas de un miserable que aullaba con desesperación, mientras el fuego se prendía a su humanidad.
No obstante, la visión de estas atrocidades no pudo erosionar la determinación demencial que le impulsaba a seguir adelante, como si fuese una marioneta en manos de los dioses. Vislumbró las escaleras que llevaban al segundo nivel y olvidó las quemaduras que comenzaban a atormentar su cuerpo. Ascendió por el estrecho pasaje, empuñando la espada corta en la diestra y el cuchillo en la siniestra. En medio de aquella confusión, se abrió paso a través de los horrorizados mercenarios que se agolpaban allí, debatiéndose entre morir abrazados o desollados por sus enemigos. Algunos continuaban lanzando saetas y cobrando vidas enemigas, decididos a caer matando. En sus rostros sudorosos se podía apreciar la resignación sombría del condenado. Otros en cambio, intentaban alcanzar el techo de la edificación en un intento de salvar sus miserables vidas, mientras eran atacados con picas y dardos desde el exterior.
El corazón de Argoth latía con fuerza, imantando por el llamado misterioso que hacia eco en su pecho. Consiguió librar el nudo de hombres que le cerraba el paso, alcanzando un amplio corredor iluminado por braseros de bronce. Giró sobre sí mismo al advertir el crujido de la madera a sus pies. Su sorpresa fue mayor al descubrir al hombre que se abalanzaba sobre él, con los ojos desorbitados por la locura. Sin embargo basto un tajo de la espada para solucionar aquel problema. Después de acabar con dicha faena, centró su atención en la puerta de cedro al final del pasillo. Un dolor agudo le traspasó el cerebro, un aullido desesperado que pareció fundir sus neuronas en un torbellino de agonía. Con las sienes a punto de reventar, corrió como un poseso en dirección a aquel lugar. La puerta se estremeció cuando cien kilos de carne prieta se estrellaron contra ella con todas sus fuerzas. Un golpe más fue suficiente para echarla abajo.
Al otro lado, Argoth reconoció el rostro estupefacto del deménida traidor. Los ojos de Birek se iluminaron con un destello ponzoñoso, mezcla de estupor, ira y locura. Un lino ensangrentado cubría la parte del rostro que el Hacha Negra había desfigurado. Con él se encontraba un sujeto barbado, de tez aceitunada y ojos altivos. Sin duda era quien comandaba las huestes de mercenarios acampados en aquel fuerte.
Una sonrisa inquietante se plasmó en la tez enrojecida del guerrero. Al parecer, había sorprendido a los bribones en el momento en que planeaban su fuga. Sobre la mesa descubrió varios sacos repletos de monedas y objetos de oro y plata, además de gemas preciosas. Sin duda parte del botín saqueado en las aldeas reducidas a ceniza por esta banda de asesinos.
Entonces, los ojos de hielo del portador del hacha se fijaron en el bulto envuelto en piel que destacaba en un rincón. De inmediato se vio invadido por una certeza que le dejó sin aliento. Volvió la atención hacia los dos mal nacidos que le contemplaban con horror, y avanzó hacia ellos empuñando sus armas.
El sureño se acercó y vació el contenido de uno de los sacos sobre la mesa. Su rostro cicatrizado dibujó una mueca inquietante que le dio un aspecto grotesco.
—Todo esto puede ser vuestro sin nos dejáis salir de aquí —exclamó con voz quebrada, enfatizando cada palabra. Hundió los dedos en las monedas y éstas rodaron sobre las tablas produciendo un tintineo apagado.
—Es inútil —terció su compañero, fulminado a Argoth con profundo resentimiento—. Lo único que corre por las venas de este bastardo es el amor por la matanza.
—Algo irónico viniendo de un traidor que derrama la sangre de su propio pueblo —replicó el guerrero en tono sombrío.
En ese momento, un sonido estremecedor llenó toda la habitación. El suelo se removió con violencia, acompañado de un crujido espeluznante que anunció que parte del edificio se desmoronaba bajo el fuego. El lamento de horror de decenas de gargantas reverberó en la estancia como una advertencia infernal.
Argoth perdió el equilibrio, y el hombre barbado aprovechó para saltar sobre él cómo una bestia enloquecida. Al percibir el brillo asesino que refulgía en los dedos de aquel bastardo, el guerrero se hizo a un lado de manera instintiva. Pese a salvar la vida, no pudo evitar que el acero mordiera su hombro con saña. Un dolor agudo le taladró la cabeza como si se hubiese sumergido en un caldero de metal hirviente. Empero, esta agonía disparó una furia vesánica en su interior que le dio la fuerza necesaria para cerrar su mano sobre la muñeca del atacante. En medio del forcejeo, el semblante del mercenario pasó de la gloria al sufrimiento, al escuchar cómo los huesos de su muñeca crujían bajo la implacable presión de la zarpa de su oponente. Intentó gritar, pero al soltar la daga, los dedos de Argoth se adhirieron a su gaznate sin piedad. El mercenario se debatió con desesperación, pero nada pudo hacer en contra de aquellas manos de hierro que le arrebatan la vida lentamente. En un último intento angustioso, arañó el rostro de piedra que le contemplaba detrás de aquellos ojos impasibles cargados de muerte. No obstante, lo único que consiguió fue consumir sus últimas energías. Poco a poco, sus pupilas inyectadas de sangre se fueron apagando, hasta que ningún rastro de existencia quedó en aquel cuerpo macilento.
Después de acabar con el mercenario, Argoth se estremeció al descubrir que no había rastro de Birek ni de su preciada segur. Atónito, salió al corredor para enfrentarse con el humo que ascendía por las escaleras. En su lucha por recuperar el arma, no había prestado atención al peligro aún mayor que se cernía sobre su cabeza. Con los ojos escocidos y debilitado por la pérdida de sangre, enfiló hacia la ventana. Con un esfuerzo casi sobrehumano, alcanzó el alero y pudo impulsarse hacia arriba. Ya en el techo, advirtió, conmocionado, como las llamas se alzaban por toda la fortaleza, mientras abajo los últimos supervivientes cerraban filas con desesperación, en un intento fútil por detener la furia deménida. En medio de aquella hecatombe, pudo distinguir la silueta que intentaba descolgarse por el otro lado de la empalizada. Sacando fuerzas de la determinación que encendía sus venas, avanzó en pos del traidor, y lo más importante, del arma que regía su destino.

La Maldición del Hacha Negra- capítulo IV



IV

Despertó sobresaltado, con una sensación aplastante en el pecho. A su lado, Zamera le contemplaba con ojos inquietos.
—¿Qué sucede? —inquirió la fémina, sin ocultar la tensión que ensombrecía su rostro.
Argoth se llevó el dedo a la boca, para indicarle que guardara silencio. Aguzó el oído y su corazón se detuvo al escuchar el lamento que traía el viento consigo, acompañado del piafar de las monturas.
Salió de la espesura y pudo ver cómo un hilo de humo ascendía del campamento. Estremecido, se volvió hacia la mujer con el semblante congestionado.
—¡Están atacando el vivaque! —exclamó estupefacto.
Zamera quiso correr en auxilio de los suyos, pero el brazo del hombre la detuvo.
—¡Dejadme ir, dejadme ir! —vociferó, debatiéndose como una loba enfurecida—. Debo ayudar a mi gente... debo salvar al profeta.
—Nada podréis hacer por ellos si os hacéis matar inútilmente — protestó Argoth enfurecido.
La mujer bajó la mirada y se derrumbó a sus pies, consciente de la veracidad de aquella afirmación.
—¡Abajo! —susurró el guerrero al advertir movimiento a su derecha.
En ese preciso instante la figura de un bravo deménida se materializó en el claro. Estaba desnudo y el asta de una saeta asomaba detrás de su hombro derecho. Argoth se pegó al suelo, aferrando el cuchillo de batalla entre sus dedos. En ese momento recordó que había abandonado el hacha a un lado del anciano la noche anterior. Pero no era el momento para reproches, sus aguzados sentidos estaban en guardia, prestos a actuar en cualquier instante.
El piafar de un caballo disparó la adrenalina en sus venas. La estampa de un mercenario sureño surgió de la espesura como una aparición fantasmal. Portaba una lanza de caballería de hoja ancha, y un peto de cuero endurecido sobre un sayo maloliente. Una expresión cruel asomó en su cara al notar al desvalido deménida a su merced.
Se lanzó al galope para destripar a su víctima con la pica, pero demasiado tarde descubrió la sombra que surgía a su izquierda a toda velocidad. Argoth embistió al jinete con todas sus fuerzas, haciéndole perder el equilibrio. Sorprendido, el sureño intentó ponerse de pie, pero el guerrero saltó con increíble agilidad sobre él, hundiendo la hoja hasta la empuñadura en su gaznate. El hombre cayó de rodillas, con los ojos desorbitados y una expresión de estupor en su semblante moribundo. Argoth permaneció en silencio, contemplando como aquel miserable dejaba el mundo en medio de grotescos estertores. Extrajo el cuchillo y revisó el cuerpo en busca de algo de utilidad.
Mientras tanto, Zamera corría en auxilio de su coterráneo. El hombre formaba parte de la guardia personal de Kyros y les relató cómo un nutrido grupo de mercenarios había caído sobre ellos poco antes del amanecer. A pesar de las heridas, los ojos del guerrero refulgieron con rabia al contar cómo aquellos bastardos eran liderados por el mismísimo Birek.
El rostro de la mujer se tiñó de dolor al escuchar aquello. El destino de su clan estaba en vilo por causa de uno de los suyos. El resto del relato no omitió detalle acerca de la vil masacre que siguió a continuación. Argoth, quien apenas conocía a aquella gente, no pudo ocultar su indignación al saber que Birek en persona había matado a varios de sus congéneres, bajo la atenta mirada de sus improvisados aliados.
—¿Y Kyros? — preguntó Zamera con voz quebrada, temiendo lo peor.
El bravo deménida hizo un esfuerzo para sentarse en la hierba. En su tez congestionada se apreciaba el dolor que le carcomía por dentro.
—Antes de escapar, pude ver que los mercenarios lo ponían en cadenas — confesó con tristeza, humillado al no haber cumplido con su deber.
—Es de suponer —intervino Argoth—, vuestro profeta es un tesoro muy preciado para esos bastardos.
—Debemos salvarlo —exclamó la chica esperanzada, al saber que Kyros continuaba con vida.
—Es imposible —objetó el herido con voz fúnebre—. Lo llevarán al fuerte.
El semblante de Zamera se oscureció con un gesto de consternación, que no pasó inadvertido para el portador del hacha.
—¿De qué fuerte habláis? —inquirió con cautela.
—La fortaleza que los legionarios levantaron el verano pasado a orillas del río —contestó el deménida con desilusión—. Hemos tratado de atacarla sin éxito en varias ocasiones.
— Es inexpugnable —terció la muchacha con un deje de dolor en su voz—. Mi propio padre cayó en el último asalto.
Argoth, pensativo, perdió la mirada en la columna de humo que surgía del devastado campamento, tratando de dilucidar un plan coherente para salvar aquella situación. Después de un buen rato se volvió hacia los dos deménidas. Zamera había extraído la saeta, y envolvía el hombro de su compañero con un trozo de su propia túnica.
—Debéis guiarme hasta ese fuerte —ordenó con firmeza.
Consternados, ambos le miraron en silencio como si fuese un demente.
—Pero… ¿habéis perdido la cabeza? —exclamó la chica sorprendida —¿no habéis entendido una sola palabra de lo que hemos dicho?
El guerrero no respondió, su semblante inexpresivo parecía traspasar a la mujer con la mirada.
—Estáis buscando la muerte, forastero —observó el herido, terminado de atar el improvisado vendaje—. Ni con un ejército podríais cruzar esa empalizada infernal.
Los labios de Argoth dibujaron algo parecido a una sonrisa.
—Tal vez un ejército nunca pasaría, pero un solo hombre quizá tenga oportunidad —aseguró en el tono burlón, propio de aquel que desprecia la muerte.

El firmamento ya se pigmentaba de rosa y naranja cuando las dos figuras que avanzaban a través de la planicie alcanzaron la margen del río. A lo lejos, la estructura del fuerte destacaba en medio del mar de jade que la rodeaba.
Zamera guardaba silencio mientras el portador del hacha se preparaba para la incursión. Argoth la miraba de soslayo, recordando los intensos momentos vividos la noche anterior.
—¿Por qué hacéis esto? —preguntó la mujer rompiendo su mutismo.
Argoth le dirigió una mirada desinteresada, sin dejar de afilar su cuchillo con un movimiento suave y rítmico.
—Tengo algo de valor en el interior de esa fortaleza —contestó alzándose de hombros.
La chica frunció el ceño y sus ojos destellaron con interés.
—¿Os referís a esa arma terrible repleta de grabados misteriosos?
El guerrero asintió, volviendo los ojos al filo de la faca.
—Me parece que estáis mejor sin ella —le confesó con franqueza—. Es un instrumento maligno. Nada bueno puede haber detrás de ese metal negro.
Argoth sonrió sin alegría.
—¿No son malignas todas las armas? —le refutó con ironía—. Están hechas para arrebatar vidas y llevar tristeza a todo aquel que tiene contacto con ellas.
—Pero también sirven para salvar vidas… vuestra propia vida. Son las herramientas para defender un pueblo de bandidos y déspotas —protestó la muchacha.
—Es un mal necesario —contestó el guerrero, revisando el filo con la yema de los dedos. Satisfecho con su trabajo, se aprestó a terminar de prepararlo todo para la dura noche que le esperaba.
—¿Eso significa esa hacha para vos? —insistió Zamera con altanería —¿Un mal necesario?
Una sombra de amargura cruzó el rostro del guerrero. Fijó su atención en la bella fémina y dejó escapar un suspiro de resignación. Hubiese querido decirle que esa arma era una carga, un peso del que por desgracia no podría librarse sin antes haber resuelto el misterio de su pasado y la incertidumbre que le deparaba el futuro.
—Así es… —respondió con sequedad, dándole la espalda y enfilando hacia a la orilla del río.

El portador del hacha alzó la mirada al cielo y sintió que los dioses estaban de su lado. Un inesperado cúmulo de nubes se arremolinaba sobre la planicie, opacando el brillo argento de la luna que flotaba en el firmamento.
Revisó por última vez sus armas, sintiéndose desnudo al no contar con la segur que siempre le había acompañado. Desvió su atención hacia la masa negra del fuerte, donde el destello de las teas en la empalizada, confirmaba la presencia de vida en aquel lugar. Después de asegurar una soga de cáñamo al cinto y atar su cabello en coleta, se volvió hacia la silenciosa mujer que le contemplaba con preocupación a unos pasos de allí.
Intercambiaron miradas por unos segundos que parecieron eternos. Argoth sabía que las palabras eran inútiles en aquellos momentos. Intentó hablar, pero sus labios no quisieron moverse. Dibujó un gesto fugaz y se dio media vuelta. Fue entonces cuando sintió el roce tibio de Zamera aferrando su mano, y no pudo evitar tomarla entre sus brazos y robar el néctar de su aliento con pasión desenfrenada.
—Volved a mí —musitó la mujer con voz queda.

La Maldición del Hacha Negra - III capítulo



III

—Me habéis utilizado, viejo lobo —exclamó Argoth, después de dejar que el vino ablandara el muro que ocultaba su verdadera personalidad.
Kyros sonrió, ordenando servir más líquido en la copa del guerrero.
Al fondo, el tañido de los exóticos instrumentos deménidas alegraba la velada, mientras las risas llenaban el ambiente. En aquellos momentos parecía que la amargura de la guerra y la traición no fueran más que recuerdos de un pasado remoto. Al crepitar de la hoguera se sumaba al aroma de la carne que se asaba a fuego lento en el espetón.
— Gozad, hermanos míos —exhortó el viejo con alegría, recibiendo los vítores de todos lo presentes—, ya que no sabemos que nos traerá el mañana incierto.
Tras estas palabras, un grupo de bravos saltó al frente y comenzó a realizar una elaborada danza guerrera que llamó la atención del portador del hacha.
—¿Qué significa esa celebración? —inquirió con interés, sin apartar la atención de las arriesgadas piruetas de los danzantes.
— Es una exaltación a Bhjar, nuestro dios de las Estepas, señor del mar de verdor — explicó Kyros, bebiendo un poco de vino y arrancando un trozo de carne de venado—. Todo guerrero deménida ofrece su esencia al dios para que le colme de valor en el momento de la batalla.
— Interesante —contestó Argoth, desviando la mirada hacia la blanca piel de Zamera, quien se encontraba sentada enfrente, absorta en la celebración. Por unos instantes contempló aquellos bucles amarillos que parecían arder como oro líquido bajo el fulgor de las brasas.
— La verdad es que no os he utilizado, portador del Hacha Negra — reflexionó el viejo sacerdote sin darle mucha importancia.
El guerrero se volvió con recelo al escuchar la mención de su arma.
El semblante apergaminado de Kyros se endureció con un gesto inquietante.
— Veo que la duda os carcome —aseguró con suspicacia—. Todo lo referente a esa hoja os trae confusión y frustración —dijo, bajando los ojos hacia los raros caracteres labrados en el acero.
Argoth sintió un nudo en el estómago. Era como si aquel extraño pudiese leer la angustia y el vacío que desolaban su interior.
Al notar la incertidumbre impresa en el rostro de su invitado, Kyros suavizó la expresión y llenó las copas nuevamente.
—Al igual que vos, soy un instrumento de los dioses querido amigo. Pude anticipar vuestra llegada desde mucho antes de que decidierais pisar estas tierras holladas por la guerra. —La voz de Kyros sonaba alejada y sus ojos perdían la nitidez que le caracterizaban. Argoth imaginó que aquel hombre cargaba un gran peso sobre sus hombros.
—Todos los que hemos sido escogidos por el capricho de los dioses cargamos este don… o más bien esta maldición —prosiguió el sacerdote con aire resignado.
—¿Cuál maldición? —Los labios de Argoth apenas se movieron al pronunciar aquellas palabras. Tenía un rictus grave que le daba el aspecto de un ser de piedra.
Kyros apuró el contenido de la copa y soltó un leve suspiro.
—En mi caso —aseguró el viejo encogiéndose de hombros—, no es otra cosa que poder ver con claridad lo que otros apenas adivinan.
El guerrero frunció el ceño tratando de encontrar sentido a lo que acababa de escuchar.
Kyros sonrió y palmeó el hombro de su interlocutor.
—Puedo ver el futuro tan claramente como vos podéis ver a los danzantes alrededor de la hoguera.
—Sois un hechicero… —murmuró Argoth en voz alta, sin ocultar su estupor.
—Algunos me llaman así —contestó el veterano, arrancando otro pedazo de carne del espetón—. Al principio trataba de ocultar esta condición. Temía que los míos me miraran con recelo, me desterraran o algo peor —continuó, perdiendo la mirada en las flamas que bailaban frente a ellos—. Sin embargo, como habéis visto, con el tiempo esta facultad puede ser de mucho provecho para un anciano como yo.
Argoth se olvidó de todo lo que sucedía alrededor. El festín, las risas y las danzas pasaron a un segundo plano, mientras escuchaba arrobado las palabras del viejo hechicero. Algo en su interior le advertía que aquel carcamal de aspecto andrajoso podría aclarar la bruma que ocultaba su pasado.
El semblante de Kyros se ensombreció al percibir la urgencia en el rostro de su invitado. Soltó un suspiro entrecortado al adivinar lo que sucedería a continuación.
—¿Decidme entonces qué me depara el futuro? —inquirió el guerrero, esperanzado en poder conseguir al menos una de las respuestas que tanto añoraba.
El viejo sonrió con amargura y posó su zarpa nudosa sobre el antebrazo de Argoth.
—Me ponéis en una difícil situación, portador del hacha negra —aseguró en tono sombrío—. Si tan sólo fueseis un simple campesino, tal vez podría abrir para vos los umbrales del tiempo, pero sois un caso especial.
—¿A qué os referís con caso especial? — le interrumpió Argoth con el corazón apretado, al sospechar que la fortuna volvía a burlarse de él.
Kyros le contempló como si se tratase de un crío rebelde, y aquello no hizo más que ahondar la incertidumbre en él.
El viejo esbozó un gesto apaciguador y habló en tono suave.
—Sois alguien especial, Argoth el errante —aseguró apretando el brazo del extranjero—. Vuestro camino no está delimitado por la voluntad, sino que sigue un patrón establecido por lo dioses. Al igual que yo, tenéis una labor que cumplir y lo único que podéis hacer es esperar a que los Altos Señores develen vuestro destino.
El portador del Hacha se sumió en un silencio intranquilo que pareció durar eones. En su duro semblante se podía apreciar una mezcla de ira y resignación. Resbaló la mirada hacia la refulgente hoja a sus pies, y se estremeció al notar el rencor que le devolvía su propia imagen. Era como si aquella arma poseyera un trozo de su alma.
—No es posible —rebatió airado, fulminado al viejo con ojos encendidos—.Todo hombre es libre de elegir su propio rumbo.
— Sin embargo, hay ocasiones en que los dioses eligen a ciertos individuos con características especiales para llevar a cabo tareas que un mortal ordinario jamás podría cumplir —le recalcó Kyros.
—Me niego a creer eso —continuó Argoth, descorazonado.
El viejo esbozó algo parecido a una sonrisa y acarició el gélido metal del Hacha Negra. Éste pareció refulgir al contacto del hechicero.
—En mi caso es la habilidad para ver el futuro, pero vos en cambio… — alzó la mirada y sus ojos despidieron un fulgor inquietante—. Vuestro don es repartir la muerte con presteza. Sólo un hombre con esta particularidad podría poseer una hoja tan especial.
—¡¿Don decís?! —protestó Argoth con un bufido—. Desde que tengo memoria esta arma ha estado en mis manos. No recuerdo quién soy ni de dónde provengo. No tengo idea de mis orígenes ni de mi pasado. Lo único que sé a ciencia cierta es que esta hoja siempre me ha acompañado. A veces creo que vendí mi alma por este pedazo de metal.
Un silencio incómodo se alzó entre ambos hombres, a pesar de la algarabía y la celebración que discurría a su alrededor.
—Escuchadme bien, portador del Hacha Negra —el tono del viejo se endureció y su semblante pareció adquirir dimensiones sobrenaturales—. Esta segur y vos están unidos por el destino. Desde que visteis la luz en este mundo, estabais destinado a portar esta hoja para servir los designios de los dioses —explicó el místico, remarcando cada una de las palabras con gravedad—. Los creadores del mundo guiaron vuestros pasos hasta ella, y borraron vuestra memoria para que nada interfiriera en la sagrada labor que teníais por delante.
Argoth se puso de pie, abrumado por aquella inquietante revelación.
—¡No es posible! —vociferó, en un intento fútil por escapar de aquella terrible realidad.
Kyros aferró su mano con una fuerza impensable para un hombre de su edad, en un intentó fallido por detenerle.
—Aceptadlo Argoth, y no tendréis que sufrir más —aseveró con energía—. ¡Sois la justicia de los dioses en esta tierra plagada por el mal!
El guerrero se abrió paso entre los danzantes, dejando la hoja a los pies de Kyros. Ahora su mente se veía invadida por un vendaval de contradicciones que le sumían en un mar de desesperación. Zamera le siguió con la mirada sin entender lo que estaba sucediendo.

La brisa fría consiguió aplacar la sangre que bullía en sus venas. Al fondo, podía escuchar los ecos entrecortados de la música y las risas de los viandantes. Las palabras del sacerdote habían calado con fuerza en su cabeza, y apenas comenzaba comprender la dimensión de aquella revelación. De pronto, un leve sonido a sus espaldas le hizo volverse de improviso.
Los ojos azules de Zamera destellaron como gemas bajo el pálido destello de la luna. Embelesado, fijo su atención en los sinuosos y calculados movimientos de la hembra. Ésta se acercó, atraída por el fulgor de la mirada acerada que coronaba aquel semblante inexpresivo.
Pasó sus dedos por los músculos forjados en mil batallas, siguiendo con lentitud los senderos que las hojas enemigas habían dejado en aquella piel bronceada. Argoth, excitado, la aferró entre sus brazos al sentir el vaho tibio de aquella respiración entrecortada acariciando su pecho desnudo. Al principio se resistió, clavando sus uñas en la carne del guerrero. Sin embargo el deseo que sentía por el hombre que le había salvado la vida, consiguió romper todas sus defensas, provocando que su cuerpo tembloroso se adhiriera al de Argoth como una segunda piel.

La Maldición del Hacha Negra -II capítulo



II

El portador del hacha se felicitó por la sabía decisión que había tomado al aceptar a la chica como compañera. Por dos días y sus noches se habían internado por sendas impensables siquiera para una cabra, evitando los caminos principales, plagados de patrullas imperiales y de mercenarios sureños. Argoth tuvo que aceptar que la mujer tenía razón al afirmar que en estas tierras la muerte y la destrucción campaban a sus anchas.
En la mañana del tercer día, Argoth vislumbró en la distancia un destello inquietante. Se volvió hacia su acompañante y pudo ver en su expresión que aquel lugar era el destino final de su viaje.
El sitio no era más que un conjunto de unas cinco o seis tiendas de lona embreada, colocadas alrededor de lo que parecía ser la entrada de una gruta enclavada en la tierra. Argoth advirtió el grupo de hombres que comenzaba a salir de la espesura a medida que se acercaban al emplazamiento. Eran sujetos altos, de largas cabelleras rubias y ojos glaucos. Vestían pantalones holgados y anchas camisolas de lino, debajo de rústicos petos de cuero endurecido. La mayoría estaban armados con lanzas de hoja ancha, arcos cortos y estilizadas dagas curvas, inundadas de grabados. Varios de ellos formaron un corrillo cuando los recién llegados arribaron al campamento. Los músculos de Argoth se tensaron al percibir las toscas miradas de aquellos individuos. Acarició la empuñadura del cuchillo más cercano, tratando de imaginar la manera de salir de aquel lugar en caso de que las cosas se pusieran feas.
En ese instante, descubrió al zagal que se abría paso entre la multitud sin ocultar la emoción en el rostro.
—¡Zamera! —gritó a todo pulmón, aferrándose con desesperación a la pierna de su compañera. La mujer desmontó y se fundió en un largo abrazo con el muchacho.
En ese momento, un hombre de aspecto rudo y mirada cruel apareció en escena, apartando al jovenzuelo con brusquedad.
Argoth soltó las correas del Hacha de manera inconsciente. Había algo en aquel sujeto que en verdad le repugnaba.
El rapaz rodó por el suelo, provocando las risas de todos los presentes. En su mirada asesina se podía vislumbrar el odio que sentía por aquel sujeto, pero se limitó a agachar la cabeza, humillado. Al ver esto, Argoth dedujo que aquel hombre era quien llevaba las riendas en este improvisado vivaque.
—¡¿Qué estáis haciendo aquí, mujer?! —vociferó airado, apretando el brazo de la chica—. Deberíais haber traído a Ghuran y a sus guerreros.
—¡Ghuran está muerto! —replicó ella, tratando de zafarse del agarre del bruto—. Todos están muertos, hombres, mujeres y niños.
El semblante del deménida palideció, recrudeciendo sus facciones.
—¡Mientes, maldita! —gritó fuera de sí, propinándole una bofetada con el dorso de la mano. La mujer cayó al suelo con el labio reventado.
—¡Nunca debí haberos confiado una misión tan delicada a vos y a vuestro maldito tío! —rezongó, echando mano a la daga que tenía en el cinto.
En ese preciso instante un golpe devastador le hizo caer de espaldas contra el firme. Un murmullo ahogado brotó de las gargantas de todos los que allí se arremolinaban.
El hombre se intentó poner de pie, pero la bota de Argoth en su cuello se lo impidió.
—¡Moriréis por esto, perro extranjero! —rugió con el sabor de la tierra seca en su boca.
Argoth liberó el arma, y todos se echaron hacia atrás de manera instintiva al percibir el destello maléfico que emanaba de aquel acero negro.
—Si he de morir en este chiquero, no dudéis de que muchos de vosotros me acompañarán a las catacumbas de Torgat —exclamó, haciendo girar el hacha sobre su cabeza.
—¡No, deteneos! —clamó la mujer con desesperación—. Él me ha salvado la vida.
Los guerreros deménidas intercambiaron miradas sin saber qué hacer.
—¡Matadle, necios! —aulló desde el suelo el líder del clan. En su mirada desorbitada se podía vislumbrar el rastro de una locura irracional.
Argoth se preparó para repartir la muerte a diestra y siniestra, mientras la adrenalina hacía brotar las venas de su ancho cuello.
Los hombres hicieron un círculo alrededor del guerrero, reacios a atacar al advertir el silbido asesino de aquella impresionante hoja.
—¡Alto!—. La voz que resonó como un trueno por todo el lugar obligó a todos a volver la cabeza.
El blanco de todas las miradas era un anciano enjuto, envuelto en una piel de lobo, que le daba el aspecto de un pordiosero. No obstante al notar la fuerza hipnótica que emanaba de aquellos ojos transparentes, cualquiera podría darse cuenta de que se hallaba enfrente de un líder místico.
Argoth tampoco pudo ocultar la impresión que le causó aquel extraño personaje, y a punto estuvo de echarse de rodillas al igual que todos los presentes, arrastrado por el poder que parecía exudar el anciano por cada uno de sus poros.
El guerrero se estremeció al advertir cómo aquellas pupilas desnudaban su alma. El viejo esbozó una mueca inquietante y luego dirigió su atención hacia el líder del clan.
—Este forastero debe morir —vociferó éste, señalando a Argoth con dedo acusador.
—No Kyros, os lo ruego… —pidió la joven, echándose los pies del sacerdote. Miró por unos segundos a su salvador, y éste quedó prendado por las gemas azules que refulgían en aquellos ojos—. Me ha salvado la vida, y además, dado muerte a los mercenarios que arrasaron la aldea de Ghuran.
—Tranquila mi niña —replicó el viejo con un timbre taimado, que nada tenía que ver con el vozarrón utilizado para detener la inminente matanza.
—¡Como líder del clan, exijo que este extranjero sea ejecutado! —insistió el hombre de mirada cruel, con el semblante congestionado.
El viejo esgrimió un gesto desconcertante y le fulminó con la mirada.
—Conocéis las leyes ancestrales, Birek —graznó con acritud.
El hombre se estremeció, al tiempo que el sudor se amontonaba en su labio superior. Al igual que sus hermanos, sabía que la primera ley de los clanes deménidas consistía en que cualquier hombre podía retar su mandato mediante un duelo a muerte.
—Si Birek, todos conocemos la ley —terció la chica arengando a los demás, al sospechar hacía dónde se dirigían las palabras del anciano. Nadie habló a favor de su líder. Birek era un hombre arrogante y cruel que había conseguido el mando tras un extraño accidente de caza del antiguo cabecilla, y aunque nadie se atrevía a decirlo, la mayoría sospechaba que la negra mano de Birek había tenido mucho que ver con aquel asunto.
—¡Es imposible! —rugió el caudillo fuera de sí, contemplando con desdén a todos los que le rodeaban—. Este hombre es un extranjero… no tiene ningún derecho a retar a un verdadero deménida.
—Nada en la ley estipula que deba pertenecer a nuestro pueblo —le rebatió el sacerdote con firmeza. Un silencio sepulcral envolvió a todos los presentes. La multitud comenzaba a intercambiar miradas de estupor, sin entender aún qué diablos estaba sucediendo.
Birek apretó los puños y su rostro se tornó en una máscara demencial, tras advertir este brusco cambio de fortuna. Aferró la hoja que aún pendía de su cinto y arremetió en contra del clérigo. De inmediato un enjambre de lanzas se materializó enfrente del místico, deteniendo su ataque.
—¡Maldito anciano, pagareis por esto! —vociferó presa de la ira, escupiendo saliva con cada palabra.
—¡Vamos, Birek! —le instó Kyros—. ¡Probad que sois digno de liderar a nuestro clan!
De inmediato, un coro se unió al clamor del sacerdote, arengando a su odiado líder a presentar batalla o morir.
Como un animal acorralado, el deménida se dispuso a proceder de la única manera que podía permitirse: arremetiendo en contra del portador del hacha negra.
Si Argoth no hubiese contado con la experiencia que tenía a cuestas, sin duda se hubiese visto doblegado por la salvaje embestida del hombre de las estepas. Permitió que el peso de asalto jugara en contra de su rival, haciéndose a un lado una milésima de segundo antes de que la hoja que centelleaba en manos de Birek, mordiera con saña su carne.
Un silbido mortal cruzó a una pulgada de su cabeza, en el instante en que el líder tribal descargaba toda su furia en la forma de una espada curva. Ya perdida la fuerza de embate, Birek perdió el equilibrio, cayendo de bruces y despertado las burlas de quienes antes estaban abrumados por su reinado de terror.
Se puso de pie en medio de un grito de frustración y locura. Argoth le esperaba con su arma preparada. El deménida titubeó al verse absorbido por el fulgor malsano que despedía la cabeza de la segur. Por un fugaz instante, le pareció que los caracteres labrados en la hoja se fundían en una tormenta de acero líquido. Apretó el mango de la espada y atacó, guiado por la ira que hervía en su pecho.
Argoth realizó una finta a la izquierda y descargó un golpe que partió la espada en dos y alcanzó a rasgar el rostro de su rival. Un clamor de sorpresa se levantó entre el público ante esta acción. Birek cayó de rodillas, apretando el profundo surco en la cara con manos temblorosas. Impotente, alzó la mirada y contempló con horror cómo el destello azulado de aquella arma maldita se disponía a segar su miserable existencia.
—¡Es suficiente! — ordenó el sacerdote, haciéndose oír entre la multitud ávida de sangre.
Argoth dejó la caer la pesada hacha y clavó una mirada fría sobre su oponente.
—¡Dejad que muera ese perro maldito! —clamó la masa enfebrecida, al vislumbrar la posibilidad de deshacerse del tirano.
Kyros alzó una mano y con esto fue suficiente para calmar los ánimos de su pueblo. Se acercó al vencido, quien le miraba con recelo desde la máscara sanguinolenta en que se había convertido su semblante.
Una enigmática sonrisa cruzó el rostro apergaminado del anciano al ver la justicia de los dioses en acción.
—¿Dónde está vuestra arrogancia en estos momentos, Birek? — susurró el sacerdote en tono sibilino—. Contemplad por última vez al pueblo que mancillasteis con vuestra traición. Mirad el rostro de aquellos a quienes subyugasteis después de haberles arrebatado a su verdadero líder.
—¡Muerte, muerte! — rezaba el airado clamor de la multitud.
El anciano volvió a levantar el brazo y el silencio bajó sobre ellos como una mortaja helada.
Apelando a los últimos resquicios de honor que aún le quedaban, Birek se puso de pie con dificultad, develando las terribles heridas que le desfiguraban la cara.
—¡Acabad con esto de una vez, viejo pestilente! — le desafió, tratando de ocultar la agonía que le consumía por dentro.
Kyros le sostuvo la mirada en medio de la creciente tensión que flotaba en el ambiente.
— No, Birek —exclamó con entereza—. Al contrario de vos, no pienso manchar mis manos con la sangre de los míos, sin importar que sean unas bestias sanguinarias.
—¡Matadme, brujo bastardo! — protestó el derrocado líder al intuir la humillación del destierro, una pena peor que la muerte para un orgulloso deménida.
— No merecéis el fin de un guerrero, Birek —señaló el anciano con acritud—. Os condeno a vagar sin nación por las estepas, hasta que los dioses decidan cuál será vuestro destino.
El hombre cayó de rodillas, al tiempo que varios bravos le sujetaban de los brazos, impidiéndole cualquier movimiento.
—Tan sólo espero que tengáis el coraje de volver vuestro acero en contra de los enemigos que arrasan nuestra tierra, para que recobréis algo de vuestro honor — sentenció el místico, al tiempo que ordenaba que le sacaran de allí con un leve ademán.
Mientras era arrastrado como un perro rabioso, Argoth advirtió la ponzoñosa mirada de Birek enclavada en su rostro. Al volver la atención hacia él se percató del odio demencial que destilaban aquellos ojos encendidos. Una leve desazón se le asentó en la base de la nuca, una especie de advertencia silenciosa acerca del despojo que se había convertido en su acérrimo enemigo.

jueves, 8 de enero de 2009

La Maldición del Hacha Negra



“Condenado a vagar por las tierras de Anthurak en busca de un pasado perdido, el taciturno portador del Hacha Negra enfila sus pasos en dirección a las salvajes estepas del Este, patria de las orgullosas tribus Deménidas, una raza guerrera que libra un devastador conflicto en contra del poderoso imperio que pretende someterla a sangre y fuego… “

I

A pesar del hambre y la sed que le acosaban sin compasión, Argoth continuaba avanzando a través del primitivo sendero calcinado por el sol. Levantó la mirada hacia el horizonte y sintió un nudo en la garganta al vislumbrar el océano de verdor que se extendía alrededor. Hasta donde alcanzaba la vista, se podía ver una extensa planicie libre de cualquier accidente geográfico que rompiera con la monotonía de aquel paisaje sobrecogedor.
El guerrero se limpió el sudor que le rodaba a raudales por la frente y aflojó las correas del arma que pendía de su gruesa espalda. Tenía un cuerpo nervudo, forjado por una vida dura y azarosa que le había llevado de un extremo a otro del mundo conocido. Vestía una túnica corta de tela basta que le llegaba hasta las rodillas, además de unas botas de ante con cordones que completaban su indumentaria. Portaba también dos cuchillos de batalla en el cinto y se protegía con un coselete de cuero reforzado con aros de metal. No obstante, todo esto era pasado por alto al vislumbrar la magnífica hoja que asomaba por encima de sus hombros. Se trataba de un hacha forjada en un extraño metal oscuro, que al ser tocado por los rayos del astro rey, adquiría un destello azulado semejante al de una piedra preciosa.
Dos días atrás había dejado Amroken, el último bastión del imperio admelahariano. Una ciudad fronteriza que marcaba el final de la civilización y el comienzo de la barbarie. Por primera vez desde que comenzara aquella travesía, el silencioso guerrero experimentaba una profunda incertidumbre. Allí estaba, en medio de la nada y con un destino incierto. Se preguntó si no sería mejor desandar sus pasos y retornar al mundo de los baños, las aldeas y los caminos empedrados. No obstante, esta reflexión se vio acallada por la obsesión que corroía su espíritu desde que tuviese memoria. La idea de encontrar sus orígenes, de desentrañar el misterio de su pasado, para rellenar el vacío oscuro que perforaba su pecho al tratar de rememorar quién era y de dónde había venido.
Fatigado, alzó la mirada y decidió seguir adelante. La fuerza que le impulsaba a seguir avanzando era demasiado fuerte como para poder evitarla.
Ya comenzaba a caer la tarde y Argoth aprovechó para forzar el paso, convencido de que muy pronto daría con una aldea o algo parecido. Las señales en el camino daban una idea de que hacía muy poco un grupo grande había cruzado por aquel lugar. Animado ante este descubrimiento, continuó sin descanso hasta que el ocaso iluminó el horizonte con una luz anaranjada que se difuminaba ante las primeras trazas de oscuridad que asomaban en el firmamento. Se detuvo a tomar el resuello y sus agudos sentidos pudieron detectar el aroma que traía el viento consigo. Se trataba de un hedor agrio, una mezcla de sudor humano con alimento y excremento de caballo. Sin duda el asentamiento que buscaba estaba más cerca de lo que había pensado.
No tuvo que caminar mucho para descubrir el destello juguetón de las hogueras muy cerca de allí. La brisa arrastraba risas y fragmentos de conversaciones inacabadas hasta los oídos del guerrero. Éste permaneció en silencio, tratando de identificar el inquietante olor que ahora inundaba sus fosas nasales. Su cuerpo se estremeció al reconocer la fetidez de la muerte flotando a su alrededor. A ésto se añadió el lamento continuó y repetitivo que se sumaba a los otros sonidos que traía la corriente. La experiencia le dictaba que debería actuar con prudencia ante esta situación. Por ese motivo, decidió esperar hasta el amanecer para tomar una decisión.

La luz trajo consigo un espectáculo sobrecogedor que hizo estremecer al veterano luchador. Ante él se abría un pequeño poblado —si es que aquella masa de ruinas merecía ese adjetivo— que se amontonaban en torno a lo que algún día fuera una estacada. En el centro se hallaban empalados cuatro miserables, los mismos que había escuchado lamentarse durante toda la noche. Alrededor, se encontraban cinco o seis mercenarios sureños departiendo alegremente, en medio de estruendosas carcajadas. Indignado, Argoth contempló cómo uno de ellos se ponía de pie y torturaba a uno de los moribundos con un trozo de madera ardiente, al tiempo que los demás rompían en risas demenciales al escuchar la agonía del condenado.
De manera inconsciente liberó las correas que sostenían el hacha y apretó el mango con sus manos sudorosas. La cabeza del arma, labrada con extraños caracteres en una lengua perdida en los anales del tiempo, pareció cobrar vida al destellar con fuerza bajo la luz del sol. Argoth perdió la mirada en el filo, hipnotizado por aquellos grabados que parecían bailar de forma macabra sobre la segur. Entonces, se vio envuelto en un grave dilema al imaginar lo que sucedería si se mezclaba en una guerra que no era la suya. Había venido a estas tierras en busca de un pasado que le era esquivo, y nunca pasó por su mente el entrometerse en un asunto que no era de su incumbencia. Sin embargo todas sus dudas se vieron disipadas al escuchar el sonido de los cascos que irrumpían en la aldea. Se trataba de tres jinetes, ataviados con corazas de lino prensado, cascos cónicos con orejeras y nasal y faldillas acorazadas a la altura de la rodilla. Eran hombres del desierto, con largas cabelleras rizadas, tez aceitunada y ojos pequeños y crueles. Sin duda se trataba de los jefes de aquella pandilla de asesinos. Eran mercenarios de la peor ralea, utilizados como exploradores por las fuerzas imperiales. Se movían de un lado para otro con gran facilidad, extendiendo el mensaje de terror enviado por el Emperador admelahariano.
Argoth fijó su atención en los dos bultos que descargaron aquellos forajidos en el centro del caserío. Sus ojos se abrieron como platos al vislumbrar la bella hembra que se debatía como una leona en contra de los dos brutos que la sostenían sin dejar de reír. El guerrero se quedó sin aliento al advertir aquellas formas voluptuosas y el espeso cabello rubio como el trigo, que coronaba su cabeza. Ya había escuchado historias acerca de la belleza de las mujeres deménidas, pero nada se comparaba con la realidad.
Con cautela, se acercó aún más, tratando de conseguir una posición ventajosa para analizar la situación. Desde allí pudo ver con claridad a la mujer y a sus captores. El otro prisionero era un hombre de mediana edad, con el cabello rubio a medio encanecer y anchas entradas en la frente. Por su porte, Argoth dedujo que alguna vez fue un fiero guerrero. Permanecía en silencio, desafiante, fulminando a sus raptores con unos ojos desteñidos que no demostraban el mínimo temor. El portador del hacha no pudo menos que sentir admiración por aquel sujeto que enfrentaba una muerte atroz con gran entereza. A su lado, la mujer demostraba la misma fibra, a pesar de que su destino podría ser aún peor que el de los bastardos empalados a pocos pasos de allí.
Uno de los sureños la sujetó del cabello, y ella se removió con fuerza tratando de evitar que aquel mal nacido se acercase demasiado. No obstante su esfuerzo fue inútil, el mercenario tenía las de ganar en aquel desigual combate. Con violencia rasgó la túnica de la mujer a la altura de los hombros, develando unos senos llenos y bien formados. La chica cayó de rodillas, agachando la cabeza y apretando los dientes para no darles el gusto de oírla sollozar. El otro deménida trató de intervenir, pero fue reducido con un brutal puntapié en el plexo solar.
Con la sangre hirviendo en las venas, Argoth aferró el mango de la hoja y decidió avanzar en auxilio de aquellos miserables, antes de que fuera demasiado tarde. Ya había visto la piedad que podían demostrar aquellos brutos y no pensaba pasar por alto aquella situación. Nunca se lo perdonaría.
Apenas se había movido unos pasos, cuando uno de los mercenarios salió de la maleza y se vio sorprendido por el portentoso guerrero. El rostro del hombre se convirtió en una máscara de estupefacción al verse fulminado por aquella mirada fría y acerada. Intentó gritar para advertir a sus compañeros, pero cuando consiguió modular palabra, su cabeza ya rodaba por la hierba reseca.
Argoth salió de la espesura como una visión espectral, blandiendo la pesada hoja sobre su cabeza, como si se tratase de un vástago de abedul. Los mercenarios quedaron paralizados al ver aquella masa de músculos apretados corriendo hacia ellos en medio de un alarido espeluznante.
Otro forajido cayó antes de poder reaccionar. La segur en su movimiento letal consiguió rasgarle el pecho con un violento mandoble, reventando la coraza de lino prensando como si fuese una cáscara de huevo.
En ese preciso instante, los dos deménidas cautivos aprovecharon la situación para apoderarse de las armas de los rivales cercanos. La mujer saltó con una agilidad impensable, clavando sus uñas en los ojos del hombre que la había atacado momentos antes. El mercenario dejó escapar un aullido de agonía que consiguió opacar el grito de batalla de Argoth. No obstante antes de que pudiera reaccionar, la salvaje muchacha le había rajado el estómago con su propia espada. El hombre cayó de bruces, en medio de terribles estertores de muerte. Por su parte, el viejo guerrero ya había dado cuenta de otro de los mercenarios antes de que los demás, hipnotizados por el fulminante ataque del recién llegado, le hicieran frente.
Ahora la lucha se recrudecía, con los deménidas ávidos de venganza y el portador del hacha negra fuera de sí, repartiendo tajos a diestra y siniestra con una efectividad pasmosa. Muy pronto, los mercenarios supervivientes comprendieron que se estaban enfrentando al mismo demonio y prefirieron salvar la vida antes de ser destazados con aquella hoja infernal que no respetaba coraza alguna.
Tan sólo los tres oficiales permanecieron en la pelea, gritando improperios a los cobardes que les daban la espalda, mientras trataban de comprender qué diablos había sucedido.
Sin embargo no tuvieron tiempo de analizar la situación, puesto que el mortal filo del hacha negra ya anunciaba su canción de muerte al silbar sobre sus cabezas. Uno de ellos, al parecer quien ostentaba el mando, arremetió contra Argoth, portando una lanza de caballería, una hoja ancha que le mantenía a una distancia segura de la tenebrosa segur que ya había eliminado a más de la mitad de sus efectivos. Pero su confianza se fue al traste, al ver cómo el titán que tenía enfrente aferraba el hacha con ambas manos y la hacía volar en su dirección. Antes de que pudiese reaccionar, la pesada hoja ya se había incrustado con violencia en su pecho, arrebatándole la vida.
Presa de la locura del combate, el guerrero se volvió al escuchar el grito desesperado proferido por el viejo deménida. Uno de los mercenarios había hincado una cimitarra en su costado, pero antes de caer, éste consiguió hundir la hoja en la entrepierna de su rival, terminando ambos en un abrazo de muerte. Al mismo tiempo que esto sucedía, Argoth advirtió cómo la joven bárbara era desarmada por un guerrero mucho más grande y hábil que ella. La chica cayó de espaldas y, de manera instintiva, se arrastró en los codos sin apartar la mirada del rostro cruel del hombre que pretendía acabar con su vida. El sureño dibujó una mueca espeluznante en aquella tez marcada por la viruela, y se dispuso a rematar de una vez por todas la faena. Sin embargo cuando alzaba la mano para asestar el golpe final, sus ojos parecieron reventar en las orbitas al tiempo que su garganta dejaba escapar un quejido ahogado, más de sorpresa que de dolor. Cayó de bruces, como una marioneta a la cual se le han cortado las cuerdas, con el mango del cuchillo de Argoth sobresaliendo en medio de la espalda.
La muchacha quedó muda al descubrir la impresionante figura que le contemplaba en silencio. Imaginó que se trataba de algún espejismo o tal vez un demonio vengador, enviado por los dioses de las estepas para castigar a aquellos mal nacidos. Su corazón comenzó a latir con fuerza al ver cómo el extraño se daba media vuelta y arrancaba una pesada hacha del cuerpo de uno de los forajidos. El cadáver pareció quebrarse en dos cuando la cabeza del arma lo abandonó con un espeluznante crujido. La mujer se estremeció al notar el destello azulado que despedía aquella hoja oscura. Nunca había visto nada parecido y esto la llenaba de inquietud.
En ese momento, reparó en su compatriota y una sombra de dolor afloró en aquel hermoso semblante. Corrió hacia donde se hallaba, fundido en un abrazo mortal con su verdugo. La chica rompió en llanto y se aferró al despojo quebrado que aún conservaba un soplo de vida.
El viejo levantó la cabeza con dificultad, sus ojos glaucos comenzaban a apagarse con lentitud. No obstante, pudo sacar fuerzas de la adversidad y esbozar algo parecido a una sonrisa.
—Mi pequeña loba… —consiguió musitar, mientras un esputo sangriento asomaba en las comisuras de sus labios—. Debéis proteger al profeta…
La joven moza se aferró con fuerza al cuello del moribundo sin dejar de sollozar.
—No puedo hacerlo… no puedo hacerlo —repitió con desesperación.
Apelando a sus últimas fuerzas, el viejo deménida le apretó con fuerza la muñeca. La mujer alzó unos ojos aterrorizados, que se fundieron en la mirada de apremio del expirante.
—Él es nuestra última esperanza —balbuceó con esfuerzo, apretando los dientes—. No permitáis que nuestras muertes… sean en vano.
La muchacha guardó silencio, mientras el vaho acre del agonizante le golpeaba el rostro. El viejo le sostuvo la mirada antes de que sus pupilas se apagaran para siempre.
Argoth la contemplaba de soslayo, a la par que revisaba los cuerpos en búsqueda de cualquier cosa que le pudiese ser útil. No tardó mucho tiempo en encontrar algo de su agrado. Uno de los líderes caídos tenía unas muñequeras de bronce labradas de manera exquisita. El guerrero admiró las figuras de caballos y guerreros con una filigrana de hojas entrelazadas a su alrededor, e imaginó que aquel bruto las debió haber conseguido en algún pillaje en las tierras del oeste. Se alzó de hombros y las colocó en sus nervudos antebrazos. No le importó que se cerraran como cepos sobre su piel, estaba seguro que en un par de días habrían cedido un poco, acomodándose a su morfología.
Alzó la cabeza en dirección a la chica y descubrió que aún seguía arrodillada a un lado de aquel despojo. A pesar del fuerte viento que azotaba el caserío, podía advertir el llanto silencioso de la muchacha. En ese instante fue consciente del sufrimiento de los miserables que agonizaban empalados.
Una sensación gélida le removió el estómago al acercarse a aquellos desdichados. Aunque tenían la apariencia de estar muertos hacía semanas, aún podía advertirse un ligero movimiento en sus pechos, señal inequívoca de que todavía continuaban con vida. Indignado por la brutalidad de los mercenarios, maldijo a los dioses por verse obligado a sacar a estos desgraciados de su miseria. Se detuvo a unos cinco pasos del primero, sobrecogido por la fetidez que exudaban aquellos cuerpos. Centró la mirada en los ojos resecos y apagados que le contemplaban con resignación, y creyó ver una mueca parecida a una sonrisa cuando su hoja segó la vida de aquella piltrafa.
Después de realizar aquella desagradable labor, se volvió al sentir el peso de la mirada de la chica sobre sus hombros. A pesar de la frialdad y amargura reflejada detrás de esas pupilas, Argoth no podía negar que aquella hembra le despertaba sensaciones inquietantes que no experimentaba hacía mucho tiempo. Resbaló los ojos en dirección a los generosos senos que sobresalían de la túnica rasgada, y se arrepintió al ver cómo la joven se cubría sus zonas íntimas con pudor.
—Tomad ésto —dijo, arrojándole una túnica que había encontrado en las alforjas de los mercenarios—. Os servirá hasta que encontréis prendas más adecuadas.
La moza tomó el trozo de tela con desconfianza y lo apretó contra su pecho desnudo, sin pronunciar palabra.
Argoth no podía negar que actuar como un buen samaritano había rendido sus dividendos. Ahora contaba con un pequeño botín que le podría ser de utilidad, además de tres buenos caballos de batalla. Levantó la cabeza al cielo azulado y agradeció al gran Othar por su buena fortuna.
En ese momento reparó en las deliciosas formas de la chica al embutir su cuerpo en aquel pedazo de tela basta.
—Disculpad mi rudeza, forastero —exclamó en tono áspero, aclarándose la voz—. Pero debéis comprender que ver la aldea arrasada hasta los cimientos y descubrir que todos sus habitantes han sido masacrados, es una realidad difícil de digerir.
Argoth se limitó a asentir, tratando de imaginar la devastación que corroía el corazón de la chica.
—Debo agradeceros por haber salvado mi vida —dijo con amargura, volviendo su atención hacia los despojos de su coterráneo—. Aunque haya sido demasiado tarde para mi tío.
—Cayó como un guerrero —puntualizó Argoth, extrañado ante el triste comentario de la mujer. No podía comprender cómo una muerte tan gloriosa pudiese producir algo menos que orgullo.
La moza se alzó de hombros, ajena al extraño concepto masculino del combate. Era algo ridículo, sobre todo cuando el hombre que yacía sin vida, era la única familia que le quedaba en el mundo.

La mañana dio paso a una tarde cálida y despejada, que le permitió a la chica olvidar los horrores vividos en los días anteriores. Con ayuda del forastero, prendió fuego al cuerpo de su tío y encomendó su esencia a la Señora de las Estepas, para que volviese como un brioso corcel de batalla en su próxima encarnación.
Argoth por su parte, preparó los caballos para proseguir su camino antes del atardecer, acomodando como pudo las pertenencias de los caídos que consideró de utilidad. Luego de una frugal merienda, decidió buscar un lugar seguro lejos de aquella aldea, convencido de que los amigos de los mercenarios visitarían muy pronto aquellos parajes.
—No encontrareis nada más adelante —dijo la mujer saliendo de su mutismo—. Queman todo rastro de vida, no perdonan nada. Ni cultivos, ni animales se salvan de esa horda asesina. Lo que el Emperador no puede conquistar es destruido sin piedad.
Argoth la contempló con aire de preocupación. Había venido a estas tierras en búsqueda de sus orígenes, y ahora veía con inquietud que tal vez toda pista de su pasado podría haber sido borrada por la locura de la guerra.
—Tomad este consejo como un agradecimiento por haber salvado mi vida, forastero —prosiguió con gravedad la mujer—, si seguís avanzando hacia el Este, no encontrareis más que la muerte.
El guerrero frunció el ceño y sus bruscos rasgos se cincelaron, dándole el aspecto de un ídolo de alabastro.
—¿Y vos por qué no os dais media vuelta? —inquirió con sorna, fulminado a la fémina con su mirada.
—Porque esta es mi tierra —argumentó con orgullo, con los brazos en jarra—, y prefiero morir luchando que vivir una existencia de esclavitud en el Oeste.
—¿En una lucha sin esperanzas? —persistió Argoth, admirado por el valor de aquella beldad.
—Aún hay esperanza —dijo ella, con un destello de optimismo en la mirada. Recordó las palabras de su tío moribundo, y una certeza incomprensible llenó su corazón. Contempló al hombre que tenía enfrente. Recorrió aquel cuerpo nervudo marcado por las cicatrices y desvió sus pupilas hacia el semblante, recio y taciturno, que le examinaba desde lo alto de la montura. No obstante, lo que más la impactó fue el destello sobrenatural que despedía la formidable arma que pendía de su espalda. En ese instante, comprendió que aquel extraño había sido enviado por los dioses para redimir los ruegos de su pueblo devastado.
—Que los dioses guíen vuestro destino, mujer deménida —dijo Argoth, aprestándose a dejar aquel lugar antes de que la noche se apoderará del firmamento.
—¡Esperad! —gritó la mujer con el corazón desbocado, al imaginar que la salvación de su pueblo estaba a punto de esfumarse.
El hombre detuvo la montura y fijó su atención en aquel bello semblante. Por alguna extraña razón que no podía comprender, algo en su interior le impedía dejar atrás a la indefensa joven.
—Si en verdad sois tan necio como para seguir adelante, al menos permitidme mostraros un camino que sin duda alargará vuestros días —continuó la joven con firmeza.
La taciturna tez del guerrero se iluminó con una leve sonrisa ante el desparpajo de aquella hembra.
—¿Y no teméis que os viole o algo parecido? —exclamó con sarcasmo.
—Si esa fuera vuestra intención, no dudo que la hubieseis aprovechado mucho antes —replicó ella con ironía.
Argoth soltó una carcajada. Tenía un buen botín y no le vendría mal la compañía de una mujer como aquella.