jueves, 21 de febrero de 2013

LA NOCHE DE LAS HIENAS


Publicado en Ragnarok No. 8 y Action Tales




I
 Al filo de la penumbra

El ladrido de un perro era lo único que rompía el mutismo sepulcral que reinaba en las callejuelas que conducían al Palatino. Las mismas calles que durante el día bullían de actividad, se convertían en un mundo de zozobra al caer las sombras. Un lugar plagado de peligros donde la muerte acechaba en cualquier recoveco.
No obstante aquello no parecía arredrar a las dos figuras que se pegaban al muro para evitar el tímido reflejo que ofrecía la luna. Embozados en capas negras, apenas se distinguían de la oscuridad que amenazaba con devorarlos en cualquier instante. Se desplazaban con agilidad, atentos a cualquier imprevisto que pudiera develar su presencia. Se detuvieron al captar un leve resplandor rompiendo las tinieblas. Recularon hasta un amplio portón a media calle de allí, buscando un rincón lóbrego donde ocultarse. Esperaron en silencio hasta que la patrulla de soldados cruzó enfrente de ellos sin reparar en su presencia. La luz de las antorchas desapareció en un sendero adyacente y el espejismo nocturno tiñó de nuevo el empedrado, permitiendo que continuaran la marcha hacia su enigmático destino.
Después de un buen trecho a través de una amplia calleja, rodearon el templo de Juno internándose por un pasaje que desembocaba en una pequeña plazoleta, que a su vez conducía a un portón tallado con motivos etruscos.
Se acercaron con vacilación y tocaron tres veces la inmensa puerta de cedro, sin duda la señal convenida para acceder al interior. Esperaron por unos latidos, mientras una corriente que se filtraba por aquel laberinto de piedra y argamasa les mordía la carne con saña.
El crujido de la madera retumbó como un trueno en medio de la quietud que les embargaba. Un hombrecillo enjuto apareció portando una lámpara de aceite. Sus ojos bailaban enloquecidos bajo el pulsante destello de las flamas. Agachó la cabeza y les permitió ingresar sin pronunciar palabra.
Los encapuchados fueron conducidos hasta un gran salón que se encontraba adornado con tapices y llamativos frescos. En el centro de la estancia, una fuente con frutas y un ánfora de vino descansaban sobre un escabel con patas de marfil. Dos braseros de bronce ardían en las esquinas, llenando el ambiente con un agradable aroma de pino y azafrán.
Al parecer nuestro anfitrión es bastante generoso comentó uno de ellos, librándose del embozo. Tenía el rostro aceitunado y el cabello cortado al ras. Sus rasgos eran toscos y campechanos, pero el aire de dureza que irradiaba su mirada le dotaba de un aura de peligrosidad. Se acercó al banquillo y sirvió un poco de vino en una orza de barro.
El otro sujeto permanecía impertérrito, escudriñando las sombras que le rodeaban sin apartar la mano de la empuñadura del gladio que descansaba bajo la capa. 
Su compañero dibujó una extraña sonrisa y mordió con avidez una manzana verde. El crujido de la fruta reverberó en los callados muros.
Vamos, Flavius exclamó con aire burlón. Bajad la guardia tan siquiera un instante. Os puedo asegurar que estamos completamente a salvo en este lugar. 
Flavius Crasus le miró con intensidad. Sus ojos grises refulgiendo como fuego helado.
Permanecer en guardia me ha mantenido con vida, Cayo respondió con sequedad.
El aludido se alzó de hombros y le pegó otro mordisco a la poma que descansaba entre sus dedos, restándole importancia al asunto.
Entonces el repicar de pasos en el corredor alertó sus sentidos. Volvieron la vista hacia las figuras que irrumpían en el salón en aquel preciso instante.
Flavius se estremeció al reconocer al hombre espigado que lideraba la comitiva. Tres individuos con aspecto macabro le escoltaban. Portaban espadas cortas y dagas y se protegían con gruesos coseletes de cuero.
El noble se detuvo en medio de la estancia y contempló al legionario con detenimiento.
¿Imagino que me habéis reconocido?inquirió con altivez, sin apartar la vista de Flavius.
Si señor respondió el legionario. Sois Elio Flaminio, el Edil de Roma.
El aristócrata esbozó un gesto de asentimiento que destacó sus grandes ojos negros. Tenía los labios finos y el cabello ensortijado.
Y vos sois Flavius Crasus aseguró con una débil sonrisa. No es casualidad que os encontréis aquí esta noche.Aquellas palabras llenaron de inquietud el corazón del guerrero. Servisteis a mi padre con honor en la Galia Cisalpina continuó, aún os tiene en gran estima.
Flavius recordó aquellos días y respiró con fuerza. Nunca imaginó que aquel poderoso senador tuviera espacio en su mente para un simple soldado que la había salvado la vida en una celada.  Desde luego no después de tanto tiempo.
Elio Flaminio se acercó y pasó un brazo por el hombro del sorprendido soldado.
Fue por recomendación de mi progenitor que os hice traer esta noche confesó, mirándole a los ojos con atención. Me aseguró por el mismo Júpiter que podría confiar en vos ciegamente.
Flavius tragó saliva, tratando de asimilar en su totalidad aquella revelación.
Os aseguro que podréis hacerlo, mi señor respondió, sin analizar las consecuencias que esas palabras le pudieran acarrear.
El rostro del Edil se iluminó. Sus ojos ardieron como pozos de fuego oscuro.
Se volvió hacia los presentes y apretó los labios.
Flavius miró a Cayo y advirtió el recelo en la expresión de su camarada.
Lo que os voy a revelar no puede salir de estas cuatro paredes anunció Flaminio con gravedad. La tensión se apoderó de los semblantes de los recién llegados, mientras comenzaban a preguntarse en qué demonios se estaban metiendo.
Esta misma tarde me han llegado noticias desalentadoras de Campania aseguró con aire sombrío. Al parecer los samnitas planean un nuevo levantamiento contra la República.
Flavius sintió un nudo en el estómago. La última guerra civil había devastado la península y cobrado la vida de demasiados hombres. Al mirar a los demás comprendió que compartían su inquietud.
Al parecer llevan planeando esta acción por varios meses, y fuentes fidedignas me aseguran que dicha revuelta se llevará a cabo en muy pocos días.
El silencio se espesó en la estancia. El único sonido que podía escucharse era el crujido de las ramas de pino chisporroteando en los braseros.
Mi señor —le interrumpió Flavius con cautela.
El Edil se volvió hacia él sorprendido.
Disculpad mi atrevimiento dijo ¿Pero qué tenemos que ver nosotros con todo esto?
Elio Flaminio se pasó la mano por la barbilla y suspiró con lentitud.
Vosotros sois la clave para que esta amenaza sea conocida por el Senado.
Una sombra de desconcierto se perfiló en los cincelados rasgos del legionario. Sin saber cómo, se veía abrumado por eventos que iban más allá de su comprensión.
¡Pero necesitáis de tribunos y senadores para ello!terció Cayo con el rostro convertido en un antifaz de palidez. No somos más que dos simples centuriones y…
¡Basta!le interrumpió el Edil con un violento ademán, agitando la cabeza.
La verdad es que no sabemos en quién confiar prosiguió Flaminio descorazonado. Al parecer algunos mercaderes extranjeros apoyan la revuelta y la ciudad está infestada de espías samnitas, esperando el momento oportuno para sembrar el caos.Recorrió los rostros circunspectos y asintió pensativo. Lo que necesitamos es actuar con sigilo y urgencia en este asunto. Por eso solicitamos vuestra ayuda en primer lugar.
Flavius intercambió una rápida mirada con su compañero y aguantó el aliento..
Haremos lo que sea por el bien de Roma aseguró, apretando la empuñadura de la espada con toda la firmeza que pudo amasar.
Flaminio se mordió el labio inferior al tiempo que perdía la vista en el resplandor de los braseros. Luego se giró hacia uno de sus silenciosos guardaespaldas y le indicó algo con un leve gesto.
El hombretón desapareció en el corredor, dejando tan sólo el eco de sus pisadas sobre el mármol.
Mi padre estará orgulloso de vos, centurión comentó el Edil, frotándose las manos antes de servirse una copa de vino.
Soy un servidor de la República, mi señor respondió Flavius con respeto. Es mi deber protegerla a toda costa.
Os aseguro que después de ésto recibiréis una merecida recompensa continuó el patricio con un gesto enigmático y una leve sonrisa aleteando en la comisura de sus labios.
En ese instante, Flavius advirtió la codicia refulgiendo en los ojos de su camarada. Si había algo que hiciera arder el corazón de Cayo, era el brillo del oro entre sus dedos. Iría hasta el mismo infierno por un puñado de sestercios.
Sus meditaciones se vieron interrumpidas por el regreso del partidario del Edil. No pudo evitar la turbación al ver a los tres individuos que le acompañaban.
Se detuvieron en el centro de la sala e intercambiaron unas rápidas palabras con Elio Flaminio. De vez en cuando le dedicaban una mirada recelosa a Flavius y  a su compañero. 
Por el mismo Ares… ¿Quiénes son esos tipos?inquirió Cayo acercándose a Flavius. Su aliento hedía a vino y fruta agria.
El legionario frunció el ceño y estudió a los recién llegados.
Por sus ropajes y sandalias polvorientas, imagino que se trata de los enviados de Campania.
   Cayo agitó la cabeza y se alzó de hombros como si todo aquello no tuviese nada que ver con él.
Flavius.La voz del funcionario llamó su atención.
Se acercó al reducido grupo que rodeaba al noble y constató que sus reflexiones eran bastante acertadas. Se trataba de sujetos de aspecto rudo. Vestían túnicas de lana con calzas largas y sandalias desgastadas. En sus rostros macilentos se apreciaba el agotamiento acumulado tras una larga jornada. El legionario no pasó por alto el resplandor de las dagas y alfanjes que portaban debajo de las capas de fieltro.
Este es el hombre que os escoltará hasta un lugar seguro afirmó el Edil con gesto severo. Podéis confiar en él con ojos cerrados.
Por la expresión adusta reflejada en aquellos rostros, no parecían no estar muy convencidos de ello.
Por el bien de Roma espero que estéis en lo cierto, Elio Flaminio protestó el que parecía estar al mando, escrutando a Flavius con desdén. Se trataba de un sujeto de edad mediana. Tenía un surco blanquecino sobre la mejilla izquierda que destacaba sobre su tez cetrina. Los otros dos individuos tenían rasgos vulgares y miradas aceradas, cargadas de tensión.
Lo estoy. Os lo juro por los mismos dioses contestó el noble un poco molesto por aquel comentario. No estaba acostumbrado a ser tratado de aquella manera por un simple plebeyo.
Volvió la mirada hacia el legionario, sus ojos negros latían de excitación.
Flaviusexclamó. Ha llegado el momento de develar vuestro papel en esta accidentada obra. —Dibujó un amago de sonrisa, tratando de ocultar el desasosiego que le invadía. Estamos al tanto de que un grupo de itálicos busca a estos hombres por toda Roma. Comprenden que su testimonio ante el Senado terminará de una vez por todas con su conspiración, y están dispuestos a llegar hasta las últimas consecuencias para evitarlo.
El soldado asintió, frotándose las manos cerca del brasero.
Su desespero es tal, que esta misma tarde se atrevieron a atacarles cerca de la puerta Esquilina, en las inmediaciones de la muralla.El rostro del funcionario palideció. Mis hombres mataron a tres de ellos, pero al menos uno consiguió escapar.
Flavius respiró hondo. La situación era más grave de lo que había imaginado.
En este mismo momento podrían estar reuniendo fuerzas para atacarnos y borrar la única prueba de su traición. No podemos correr ningún riesgo.
¡Apelad a la guarnición!exclamó el atónito soldado.
Ese es el problema, Flavius replicó el noble con gravedad. No podemos confiar en nadie hasta que estos hombres presten testimonio ante el Senado. Me temo que los tentáculos de esta conspiración se extienden más allá de los que podamos imaginar. Al parecer el oro del Ponto ha corrompido la lealtad de muchos compatriotas. 
Una sensación gélida recorrió la espina dorsal del veterano. Aquel asunto desbordaba toda su comprensión. Lo único que podía hacer ahora era seguir sus instintos, y éstos le decían que siguiera con el plan de Elio Flaminio al pie de la letra.
Estoy a vuestra entera disposición, señor convino con un suspiro, apretando el antebrazo del Edil.
No esperaba menos de vos, Flavius Crasus replicó el aristócrata con un gesto lobuno —.No es sencillo ganar la confianza de mi padre.


II
 Enemigos en la sombra

Las nubes cubrían el firmamento, y las siluetas que se deslizaban con prontitud a través de la oscuridad se asemejaban a formas fantásticas salidas de una alucinación. Lo único que develaba su humanidad era el suave eco de las pisadas sobre el adoquinado.
Flavius se detuvo en un recodo y examinó las tinieblas que envolvían las proximidades. Volvió la vista y apenas pudo distinguir las formas difusas de los hombres que le seguían los pasos. Un sudor frío le bañaba la espalda mientras escuchaba con aterradora claridad los latidos de su corazón. En ese momento comprendió que el temor le atenazaba las entrañas. Estaba acostumbrado a luchar contra sus enemigos frente a frente. La idea de una turba agazapada en la penumbra esperando caer sobre ellos como una manada de hienas, le congelaba el aliento. Pero tenía una misión que cumplir y haría hasta lo imposible para llevarla a cabo.
Desde un principio comprendió que no sería sencillo. Tendría que cruzar un laberinto de angostas callejuelas apenas iluminadas, para luego atravesar el Clivus Victoriae, rodear el Forum Boarium y alcanzar los muelles del Tíber. Si los agentes itálicos pensaban atacarles, el espacio abierto del Forum Boarium sería el lugar propicio. Elio Flaminio les había indicado que un bote les esperaría en el puerto para cruzar el río y llevarles hasta un lugar seguro.
El legionario elevó la vista y contempló las nubes negras que cubrían a la soberana nocturna. Con un poco de suerte la oscuridad sería su aliada hasta el final de aquel periplo.
Un escalofrío le recorrió la nuca al advertir un leve rumor a sus espaldas. Se volvió con presteza y se topó con el pálido semblante de Cayo. Sus ojos refulgían ansiosos a pesar de la oscuridad.
Vuestros amigos se empiezan a inquietar, Flavius susurró con suavidad. El hálito del centurión era tibio y agridulce. Quieren saber qué estamos esperando en este lugar.
Decidles que nos pondremos en marcha cuanto antes. Señaló la vía empedrada que se insinuaba a su derecha. Recorreremos la Clivus Victoriae para alcanzar los muelles. Es nuestra mejor opción.
Cayo pareció meditarlo por unos instantes. Frunció los labios y asintió antes de retroceder.
Flavius palpó el peto de cuero endurecido que ocultaba bajo la túnica y apretó los dientes. Una suave corriente recorrió la calle vacía y le heló los huesos hasta la médula.
Júpiter Optimus Maximus, os ofreceré un poderoso toro si consigo salir airoso de esta empresa murmuró, frotándose las manos con vigor.

Acompañados por los hombres del Edil protegiendo la retaguardia, los tres espías romanos seguían los pasos de los centuriones que lideraban la marcha. Recorrían con premura la empinada callejuela, tratando de sortear los lugares oscuros de los que podría surgir una hoja asesina. Sin embargo el embate de sus perseguidores brotó del lugar menos pensado.      
Flavius se detuvo al percibir una sombra en los tejados circundantes. Con el corazón apretado le indicó a sus acompañantes que buscaran la protección de los muros y las cornisas. No pasó mucho tiempo antes de que  una espeluznante lluvia de tejas y piedras comenzara a inundar el estrecho callejón, rompiendo la tensa quietud de la noche.
¡Por Hércules!chilló Cayo con desesperación ¡Estos bastardos pretenden lapidarnos!Soltó un quejido agudo al sentir un fragmento rozándole la frente.
Flavius retrocedió y constató el corte que asomaba en la cabeza de su amigo. La sangre manaba a borbotones, haciéndole parecer más grave de lo que era en realidad. 
Rasgó un trozo de la capa y lo anudó por encima de la ceja del centurión, para restañar la herida. Cayo apretó los dientes y maldijo, una mueca de ira y dolor le desfiguraba el semblante.   
Entonces Flavius se volvió y descubrió el cuerpo que se removía de manera grotesca en medio del empedrado. Se trataba de uno de los hombres de Flaminio. Una de la tejas le había alcanzado de lleno, destrozándole el cráneo. La masa encefálica le manchaba el lado derecho del rostro y se regaba sobre el firme.
Los demás se agolparon en el umbral que les prestaba cobijo. Un intenso horror asomaba en la tez de sujeto de rostro cicatrizado, mientras los hombres del Edil mascullaban maldiciones y contemplaban con impotencia el despojo sanguinolento de su compañero.
¿¡Nos quedaremos aquí a morir como ratas!?espetó con un hilo de voz el líder de los informantes. El costurón parecía palpitar enloquecido sobre aquella piel ajada, y sus ojos amenazaban con salirse de las orbitas.
Una sensación aterradora revolvió las tripas del legionario al dilucidar lo que estaba sucediendo. Aquella brutal embestida no era más que una estratagema, una distracción para mantenerles en aquel pasaje. Varios sujetos bien armados los podrían acabar con facilidad en aquel reducido espacio, sin que pudiesen hacer nada para evitarlo.
Se irguió de manera instintiva y fijó la atención en la bocacalle que se encontraba a cien pasos de allí. El eco de varias pisadas se mezclaba con el crujido de la pizarra que reventaba contra el suelo.
¡Es una maldita celada!gritó a todo pulmón, los ojos grises convertidos en un bloque de hielo.Pretenden acorralarnos en este endemoniado callejón.
Ahora el repicar cobraba fuerza en los muros que les rodeaban, a la vez que la lluvia de fragmentos comenzaba a menguar.
Aprovechando este inesperado respiro, la reducida compañía enfiló a toda velocidad hacia el extremo de la Clivus Victoriae que desembocaba en el  Forum Boarium. Al menos allí tendrían oportunidad de desenvainar las espadas y encarar a los samnitas en iguales condiciones.
Flavius se retrasó unos pasos para ayudar a su compañero herido. Cayo mascullaba una retahíla ininteligible, pero sabría batirse si era necesario.
¡Allí vienen!ladró uno de los gorilas del Edil, señalando con angustia las figuras que se recortaban contra el firmamento nocturno. El legionario giró la cabeza y creyó ver al menos una docena de individuos. El tenue resplandor lunar arrancaba breves destellos de las hojas que portaban.
 Aceleró el paso y urgió a sus compañeros  a seguirle con prontitud.

El reverberar de sus pisadas se propagó a través de la solitaria explanada del Forum Boarium. Los templos de Hércules y Fortuna se alzaban en ambos extremos, como testigos mudos de la amenaza que se cernía sobre Roma.
El legionario recorrió el lugar con inquietud, esperando el ataque de una flecha traicionera. Se encontró con la mirada recelosa de los informantes y la decisión asesina de los hombres de Flaminio. Todos, sin excepción, empuñaban las espadas y aguardaban a sus rivales con la ansiedad de una bestia acorralada.
Flavius respiró con dificultad y sintió cómo la brisa del Tíber le abrasaba los pulmones. Aquello consiguió aplacar la furia encallada en el pecho y aclararle los pensamientos enfebrecidos que aleteaban en su cerebro.
Cayo susurró sin apartar la mirada de la oscura calle por la que habían venido. El centurión se volvió, su rostro convertido en una impresionante mancha oscura. Escoltad a estos hombres hasta el muelle.
A pesar del dolor que palpita dolorosamente en su cabeza, Cayo abrió los ojos como platos y se plantó con osadía enfrente de su camarada.
Flavius esbozó un gesto de determinación y apretó el hombro de su hermano de armas.
 Vamos, todo esto no tendría sentido si la información no llega a oídos del Senado. Yo os protegeré las espaldas.
Enviad a uno de esos malditos masculló el aludido con cara de pocos amigos, señalando con el mentón a los guardaespaldas de Flaminio.
Sin embargo el repicar de los pasos de sus enemigos echó por tierra cualquier posibilidad. Ahora tendrían que abrirse paso hasta su meta a punta de acero.
¡Buscad la protección de las columnas de templo!ordenó el centurión con la adrenalina ardiendo en las venas ¡Allí les haremos frente!
Ahora la amenaza había tomado forma física. Una jauría de depredadores humanos arremetía contra ellos en medio de un mutismo pavoroso. Embozados en capas oscuras, los asesinos portaban dagas y espadas cortas. 
La hora de la verdad había llegado…


III
El eco de la muerte

Flavius alcanzó las columnas del templete de Hércules, justo a tiempo para evitar que una daga traicionera le mordiera las espaldas. El arma se estrelló contra el pilar de mármol con un fuerte estruendo metálico. El legionario se volvió y captó la ira que ardía en la mirada del rival más cercano. El hombre lanzó un tajo que levantó chispas al golpear la columna. El romano fintó a la derecha y evitó el revés con la faca que portaba en la diestra. A su lado, otro de los samnitas hundía la espada en las entrañas de uno de los informantes. Un gruñido cargado de sufrimiento emanó de sus labios al aferrarse los intestinos con angustia. Flavius aprovechó el momento de vacilación para lanzar un golpe que alcanzó la pierna de su contrincante. El sicario reculó espantado y resbaló en las vísceras del romano moribundo. Este fue su fin. El legionario saltó con agilidad y le aplastó el cráneo sin vacilar.
Tras la primera muerte, la locura del combate latía desaforada en el corazón de Flavius. El olor de la sangre y el eco de los aceros que danzaban furiosos a su alrededor, despertaron sus instintos más oscuros. Se vio abrumado por un poder sobrehumano que controlaba sus músculos y borraba toda vacilación, convirtiéndole en un asesino despiadado.
Evadió la embestida del sujeto que había matado a su acompañante. El conspirador se volvió con torpeza, librándose del embozo y develando su feo rostro. Flavius pudo ver el aire letal que bullía en aquellas pupilas de hielo. Sin duda se trataba de un curtido asesino.
El sicario atacó con contundencia, utilizando una técnica salvaje y efectiva. Movimientos sin elegancia que buscaban matar o mutilar al instante.
No obstante, su contrincante era un veterano en estas lides y sorteó con éxito la brutal embestida. Flavius fintaba y golpeaba, arriba y abajo, con tajos cortos y certeros que pretendían desgastar a su airado contrincante.
El itálico jadeaba y gruñía, una película de sudor asomaba en su frente. Desesperado al verse superado por la destreza rival, se jugó todo en un violento revés que pretendía tomar por sorpresa al romano. Por desgracia, Flavius leyó el movimiento con antelación y aprovechó una breve brecha en la defensa  para hundirle tres palmos de acero en las costillas.
El samnita se desmoronó en medio de un chillido espeluznante. Flavius tomó aire y contempló los despojos del hombre que aquel sujeto había asesinado. Miró por última vez los ojos cargados de ira y dolor de su enemigo, y los apagó de un certero tajo que le arrancó la cabeza.
Sudoroso y excitado a causa de la adrenalina que retumbaba en sus sienes, fijó la atención en la dantesca escena que se orquestaba alrededor.
Cayo se batía con dos sujetos y algunos cuerpos yacían a sus pies. Al mismo tiempo, otro de los hombres del Edil caía atravesado mientras los dos espías que aún permanecían con vida luchaban con desesperación contra un nutrido grupo de itálicos. Al parecer todo jugaba en su contra, pero haría todo lo posible por alcanzar los muelles sin importar el costo. Sin pensarlo siquiera corrió en auxilio de su camarada.
Cayo comenzaba a vacilar y a duras penas evitaba los embates de los furiosos agresores que le plantaban cara. Resignado a su suerte, estaba dispuesto a vender cara su miserable existencia. De pronto, abrió los ojos de par en par al advertir la tromba de acero que caía sin piedad sobre los conspiradores.
El primero no supo lo que sucedió. La hoja de Flavius le traspasó limpiamente de lado a lado. El segundo se giró sorprendido y alcanzó a bloquear el haz de plata que ansiaba su garganta. No obstante, el filo ensangrentado del gladio de Cayo se le encajó en los riñones con furia. Se derrumbó con un gesto de espanto y sorpresa en las pupilas.
¿Podéis avanzar?inquirió Flavius con ansiedad al constatar el estado de su camarada. Éste tenía varios cortes en los brazos y una herida que no paraba de sangrar por encima de la rodilla derecha.
He estado en peores situaciones masculló con esfuerzo, esbozando un terrible gesto en aquel rostro manchado de sangre y sudor.
Flavius respiró y sintió el dolor consumiendo sus agarrotados músculos. Sin duda el efecto de la adrenalina comenzaba a remitir. Pero no por mucho tiempo, aún quedaba mucho por hacer. Se volvió hacia las figuras que se batían con denuedo a pocos pasos de allí.
Buscad refugio en el interior del templo le urgió a su compañero. Debo ayudar a esos miserables.
Cayo apretó los labios y soltó un sonoro bufido, consciente de que nada podría hacer para socorrer a su camarada.
¡Qué la Fortuna os acompañe! exclamó, apretándole el antebrazo con vigor.
El legionario dibujó un amargo gesto y volvió la atención hacia el templete de la Diosa Fortuna, en el extremo opuesto del foro. 
Pedidle que nos asista reflexionó con franqueza, después de todo estamos en su terreno. Y por los dioses que necesitamos toda la ayuda que nos puedan prestar.
Cayo asintió y encajó la mandíbula, tratando de soportar el suplicio de las heridas. Alzó la vista y su compañero ya había desaparecido siguiendo el restallar de los aceros.

Los romanos aprovechaban las columnas del santuario para cubrirse las espaldas. Luchaban con la fuerza de la desesperación contra un decidido rival que los superaba en número.
Flavius irrumpió como un espectro, repartiendo la muerte sin contemplaciones. El primer itálico que se plantó en su camino apenas pudo ofrecer resistencia. La hoja del legionario le cercenó la mano izquierda y luego se sumergió en su rostro. En medio de aquella refriega, su espada destrozó una rodilla y rajó las entrañas de otro sujeto, abriéndose paso hacia las escalinatas del templo.
Empujado por una ira vesánica, se plantó en medio de los aliados que le contemplaban con una mezcla de horror y admiración. Cubierto de sangre y con los ojos chispeantes debería ser la misma encarnación de la muerte.
Los itálicos vacilaron al advertir el caos que había causado entre sus filas. Recularon para organizar una nueva acometida.
¡Los muelles!señaló el hombre de rostro marcado. Se pasó la lengua por la boca y su mano derecha no cesaba de temblar. Están a menos de trescientos pasos.
Flavius apartó la vista de la caterva que se arremolinaba a los pies de la rampa, y observó los edificios bajos que conformaban las bodegas del puerto. Se limpió el sudor que le escocía los ojos y advirtió un dolor pulsante en el hombro izquierdo. Sorprendido, descubrió un profundo tajo sobre el coselete. El filo había conseguido traspasar el cuero y rasgar la carne de su espalda. La fortuna le sonreía de nuevo. Sin aquella protección habría sido un golpe letal.
Entonces, se volvió hacia los rostros excitados de sus acompañantes y comprendió que no resistirían otro embate de las hienas que se congregaban a su alrededor.
¡Qué los dioses nos ayuden!rugió con un hilo de voz ¡ Es el momento de correr por vuestras vidas!
Los romanos enfilaron en dirección al Tíber, conscientes de que los samnitas no soltarían su presa tan fácilmente. Los gritos de los itálicos resonaron por encima de sus cabezas al iniciar la persecución.
La luna arrancaba destellos de plata de la corriente y las bodegas de grano comenzaban a tomar forma enfrente de sus ojos. Flavius jadeaba angustiado al percibir las pisadas acercándose por el adoquinado.
Apenas alcanzaron la primera construcción volvieron la vista atrás. Los rostros de los conspiradores se perfilaban como un monstruoso espejismo bajo el fulgor nocturno.
¡Buscad el barco! —les urgió Flavius con firmeza. El aire le inflamó los pulmones como la lava de un volcán.Voy a tratar de distraerlos.  
Los espías intercambiaron miradas de apremio y se alejaron sin decir palabra.
El guardaespaldas del Edil apretó los dientes y permaneció junto al legionario, dispuesto a vengar a sus camaradas caídos.
Flavius le palmeó el hombro en agradecimiento. Después de todo nada le retenía en aquel lugar. Esperaron a que los sicarios doblaran un recodo para revelar su posición y huir en dirección contraria.
Los samnitas picaron el cebo y enfilaron tras los guerreros.
El esfuerzo comenzaba a cobrar su precio. Flavius apenas podía respirar y una agonía pulsante se ensañaba con el corte en su espalda. Determinado a enfrentar el destino de una vez por todas, se adentró en una callejuela oscura y se pegó al muro más cercano. El corazón estaba a punto de explotarle en el pecho mientras aferraba la empuñadura con vigor, temeroso de que sus propios dedos fueran a traicionarle. Trató de vislumbrar a su acompañante pero la densa penumbra se lo impidió. Captó las sombras y los murmullos de los perseguidores y una sensación gélida le lamió la nuca con insistencia. 
Después de unos latidos de impresionante silencio, escuchó un rumor a la derecha. El familiar sonido del acero llegó sus oídos, junto con el ruido de un cuerpo al desplomarse. Entonces la falsa quietud se vio reventada por los gritos de alarma  de los itálicos.
El romano salió de su escondrijo, buscando el origen de la refriega. En ese instante un rostro sorprendido saltó de la penumbra y la hoja de legionario volvió a beber sangre enemiga.
Excitado y apelando a sus últimas fuerza, Flavius continuó avanzando. Giró la cabeza y pudo ver cómo el esbirro de Flaminio cercenaba el brazo de uno de los atacantes. El sujeto se derrumbó en medio de un alarido que le heló el corazón. El romano esbozó un gesto triunfal que no tardó en tornarse en una mueca de agonía, cuando dos figuras embozadas brotaron de las tinieblas y le cosieron a puñaladas.
El legionario palideció y un doloroso punzón le revolvió las entrañas. Sus rivales emergían por doquier en medio de la penumbra, y comprendió que había llegado el momento de abandonar la contienda.
Se giró hacia la derecha y contempló las aguas de Tíber resplandeciendo bajo la luna. Si conseguía alcanzar la corriente estaría salvado. Respiró profundamente y apeló a los restos de energía que aún conservaba para buscar con desespero la ribera.
Las piernas apenas le respondían pero su fuerza de voluntad terminó por imponerse. Al menos tenía el consuelo de haber desviado la atención de los asesinos de su verdadero objetivo. Imaginaba que los espías ya habrían alcanzado el bote que les esperaba en el muelle.
Un horror cerval le invadió al trastabillar en la oscuridad. Rodó como pudo y sintió el fuerte impacto en las rodillas. Ya sentía la sensación cálida y húmeda de la sangre resbalándole por la piel.
 Escuchó las pisadas cercanas de los conspiradores y una emoción espantosa le anunció que la muerte tocaba a su puerta.
Levantó la cabeza y contempló los rasgos demenciales del sujeto que se le echaba encima.
De pronto, un silbido rompió el silencio nocturno y el samnita cayó fulminado con una flecha en medio del rostro.
La noche se inundó de gritos, y decenas de antorchas cobraron vida en los rincones del muelle y detrás del Forum Boarium.   


IV
 Un encuentro inesperado

La sorpresa fue total y devastadora para los itálicos. De un momento a otro pasaron de acosadores a presas. El resplandor de los yelmos y las espadas de los legionarios aparecieron por todas partes, cortando toda vía de escape. Los confabulados que trataron de huir fueron cazados sin misericordia por los arqueros. Los demás se apretujaron hombro con hombro, rodeados por una cohorte de romanos armados hasta los dientes.
Flavius observaba la escena sin salir del estupor. Hacía tan sólo unos instantes había estado a punto de morir y ahora, por un capricho de la fortuna, volvía a salir airoso de una situación comprometedora.
Respiró aliviado mientras observaba a los rebeldes rendir sus armas ante un enemigo superior. Aún no comprendía lo que acababa de acontecer.
Se irguió con esfuerzo, el desgaste y las heridas le cobraban un alto precio. Estuvo a punto de desmoronarse pero el firme agarre de un legionario le ayudó a sostenerse.  
¿Flavius Crasus?inquirió el joven soldado. Su almete despedía curiosos reflejos bajo el brillo de las teas.
El guerrero asintió, confundido.
Acompañadme continuó el jovenzuelo, señalándole el camino con un ademán.    
Se acercaron a un reducido grupo de oficiales ataviados con corazas de cuero y yelmos áticos. En medio de ellos se encontraban varios sujetos embozados con capas oscuras, muy similares a las de sus enemigos.
Al verle arribar se apartaron con discreción y permitieron el paso de uno de aquellos misteriosos personajes.
Flavius se detuvo, intrigado. La sed y el cansancio le corroían las entrañas.
Habéis cumplido con vuestro deber de forma excelente, Centurión.El tono grave que surgió del fondo de la capucha le hizo estremecer. Era una voz firme y dura.
El agotado soldado aspiró un poco de aire fresco para aclarar las ideas que se amontonaban sin orden ni concierto en su cabeza.
Al parecer me encuentro en desventaja. Vuestra aparición me ha producido alivio e inquietud al mismo tiempo confesó con recelo, sin apartar la vista de su enigmático interlocutor. En verdad me gustaría comprender lo que está sucediendo.
Flavius quedó impactado al advertir el semblante que se materializa bajo el embozo. Los ojos severos de Cneo Flaminio le observaban con profundo detenimiento. A pesar de los años sus rasgos aún conservaban la chispa audaz de la juventud.
Senador…La palabra se formó en su boca de manera automática.
El rostro del patricio dibujó un gesto afable e inflexible al mismo tiempo.
Habéis formado parte de un pequeño juego reflexionó el noble apretando los labios—. Un plan sutil para desbaratar una red de conspiradores que pretendían minar la moral y el poder de Roma.
Pero… ¿cómo pudisteis haber actuado con tal prontitud?exclamó su interlocutor confundido. Los informantes apenas se disponen a testificar ante el Senado y…
No, Flavius le interrumpió el senador con un leve ademán. Conocemos todos los detalles del alzamiento samnita desde hace varios meses.
El soldado le miró de hito en hito, sin saber qué decir.
Sabemos dónde atacarán y el número de efectivos con los que cuentan prosiguió Cneo Flaminio, estudiando la reacción de su viejo camarada.
Pero…masculló Flavius con un nudo en la garganta, tratando de unir las piezas de aquel complicado asunto. ¿Y los espías y su informe?
El patricio le miró con intensidad, meditando la respuesta.
Todo ha sido parte de una triquiñuela para sacar a las ratas de su madriguera confesó con tranquilidad. Reconozco que buenos hombres han muerto esta noche, pero era necesario para librarnos de una vez todas de los agentes itálicos.
Flavius bajó la mirada. Le habían utilizado de manera descarada. Se sintió engañado por los mismos sujetos a quienes habían jurado servir.   
Me habéis utilizado como cebo replicó después de un breve silencio, clavando unos ojos gélidos sobre el aristócrata. Recordó a los caídos y se vio inundado por una emoción oscura.
Me temo que sí manifestó el senador con el ceño fruncido. Era la única manera de zanjar este espinoso asunto.
Flavius volvió la atención hacia el grupo de prisioneros y comprendió la magnitud de todo aquello. Sin duda estarían preparados para sumir a la ciudad en un caos inimaginable apenas sus camaradas se hubiesen alzado en armas. Las consecuencias hubieran sido impensables. Si, tal vez lo acontecido esa terrible noche había sido inevitable.
Agitó la cabeza y encaró de nuevo al patricio que le contemplaba en silencio, como si se tratase de una efigie de piedra.
¿Por qué yo?le interrogó, con una chispa de profundo interés en la mirada.
La verdad es que necesitábamos a un hombre comprometido y valiente, que no estuviera contaminado por intereses políticos admitió el viejo funcionario con sinceridad. Además, conocía de primera mano vuestra lealtad desde que servisteis conmigo en la Galia Cisalpina.
El legionario asintió con aire sombrío, rememorando aquellos días de cieno y sangre. Permanecían como una impronta en el fondo de su mente.
Cneo Flaminio alejó con esfuerzo los mismos recuerdos y continuó hablando: Por gracia de la Fortuna me enteré de vuestra presencia en Roma, y comprendí que nadie mejor que vos podría encarar esta dura tarea. Posó su mano sobre el hombro del centurión, el anillo senatorial refulgía bajo la luz de las teas. Y debo admitir con alivio que no estaba equivocado.
Por unos instantes una expresión paternal suavizó los duros rasgos del patricio, o al menos eso imaginó Flavius. Se convirtieron de nuevo en una máscara de dureza al acercarse uno de los oficiales. El tribuno intercambió unas palabras en voz baja con el senador y regresó a su puesto.
Debo partir ahora, centurión exclamó, recobrando el tono altanero propio de su rango. Tenemos una larga noche por delante.Sus ojos despidieron un fulgor nocivo al contemplar a los cautivos.
Flavius sintió un escalofrío al comprender lo que le esperaba a aquellos desgraciados. Hubiera sido mejor morir en combate antes de caer en manos de sus coterráneos.  
El patricio se volvió hacia uno de sus colaboradores, un sujeto enjuto con aspecto sombrío. Tomó una bolsa de cuero de sus manos y se la entregó al desconcertado legionario.
Aceptad este pequeño gesto como compensación por los riesgos que habéis enfrentado le explicó Cneo Flaminio sin abandonar su gesto severo  y altivo.
Flavius sopesó el saco y quedó sin aliento al comprobar que se trataba de una buena cantidad de monedas. Los labios del senador se curvaron en una leve sonrisa al notar la estupefacción del veterano.
Espero que esta contribución ayude a mantener vuestra boca cerrada en lo concerniente a este asunto. Prosiguió en un tono amenazador.No queremos que estos rumores se filtren en la población y produzcan desconfianza en las instituciones de la República.
Flavius escuchó el tintineo del metal y calculó que por lo menos contenía dos años de su mesada.
Mis labios están sellados, mi señorreplicó con sinceridad.
Espero que también sirvan para borrar los recuerdos de vuestro camarada exclamó el senador con el ceño fruncido—. De lo contrario me veré obligado a buscarle una comisión en Siria o Cartago.
Flavius se estremeció al recordar a su compañero.
No os preocupéis prosiguió al notar el desasosiego del legionario—. Vuestro amigo está siendo transportado a la guarnición de la muralla para ser atendido.
No sé qué decir, mi señor replicó sorprendido.
Roma paga bien a quien le sirve, centurión Crasus aseguró el noble con orgullo. Volvió la atención hacia los itálicos que eran puestos en grilletes y su mirada se endureció. Y es implacable con aquellos que la traicionan.
El legionario se dejó caer sobre el empedrado, tratando de recobrar el aliento. Observó al senador y a su comitiva alejarse con los cautivos, y sintió un vacío en la boca del estómago al tratar de imaginar lo que le podría suceder si desobedecía las órdenes del viejo general.   
Alejó estas inquietantes reflexiones y decidió pensar en lo que harían él y Cayo con la pequeña fortuna que acababa de recibir.  

FIN.


domingo, 10 de febrero de 2013

Las Lanzas Rotas- León Arsenal







Rara vez se puede encontrar un libro acerca de la Iberia del mundo antiguo que no contenga una que otra batalla, o que la trama no gire en torno a caudillos ávidos de poder y conquista o de alzamientos en contra de la poderosa Roma . Sin embargo, Las Lanzas Rotas de León Arsenal rompe con aquellos tópicos y se sumerge en una lucha mucho más anónima y personal. Ambientado en la agreste Celtiberia del Siglo I, los personajes son un reflejo de los duros habitantes de aquellos tiempos, hombres fieros y valientes para los cuales los vínculos familiares son más poderosos que cualquier otra cosa. La ambientación te transporta a viejos bosques otoñales cargados de magia, mientras una partida de cazadores intenta eliminar un viejo oso que ha sembrado el terror en la región.  No obstante, en aquel mundo de superstición y misterio, los pobladores no tardan en otorgar a la escurridiza bestia características demoniacas que le transforman en una sombría leyenda.
En aquel mundo cargado de peligros, los cazadores, liderados por Sixto, un joven noble criado en Roma y ajeno a las costumbres de su pueblo, tienen que lidiar con asesinos que buscan evitar que alcancen su meta, y consigan liquidar a la bestia que han entronado como un nuevo dios.
Durante este periplo, los protagonistas tejen una sólida amistad al tiempo que Sixto, un extraño entre los suyos, empieza a asimilar su propia identidad y encontrar su lugar en aquel exótico mundo.
Una novela muy recomendable y con personajes muy interesantes. Lo más llamativo son los contrastes del viejo mundo tribal de los celtiberos con las costumbres traídas por los conquistadores romanos.

Título: Las Lanzar rotas
Autor: León Arsenal
Editorial: Edhasa, 2009
ISBN: 978-84-9711-112-6
Páginas: 320