martes, 13 de enero de 2009

La Maldición del Hacha Negra -II capítulo



II

El portador del hacha se felicitó por la sabía decisión que había tomado al aceptar a la chica como compañera. Por dos días y sus noches se habían internado por sendas impensables siquiera para una cabra, evitando los caminos principales, plagados de patrullas imperiales y de mercenarios sureños. Argoth tuvo que aceptar que la mujer tenía razón al afirmar que en estas tierras la muerte y la destrucción campaban a sus anchas.
En la mañana del tercer día, Argoth vislumbró en la distancia un destello inquietante. Se volvió hacia su acompañante y pudo ver en su expresión que aquel lugar era el destino final de su viaje.
El sitio no era más que un conjunto de unas cinco o seis tiendas de lona embreada, colocadas alrededor de lo que parecía ser la entrada de una gruta enclavada en la tierra. Argoth advirtió el grupo de hombres que comenzaba a salir de la espesura a medida que se acercaban al emplazamiento. Eran sujetos altos, de largas cabelleras rubias y ojos glaucos. Vestían pantalones holgados y anchas camisolas de lino, debajo de rústicos petos de cuero endurecido. La mayoría estaban armados con lanzas de hoja ancha, arcos cortos y estilizadas dagas curvas, inundadas de grabados. Varios de ellos formaron un corrillo cuando los recién llegados arribaron al campamento. Los músculos de Argoth se tensaron al percibir las toscas miradas de aquellos individuos. Acarició la empuñadura del cuchillo más cercano, tratando de imaginar la manera de salir de aquel lugar en caso de que las cosas se pusieran feas.
En ese instante, descubrió al zagal que se abría paso entre la multitud sin ocultar la emoción en el rostro.
—¡Zamera! —gritó a todo pulmón, aferrándose con desesperación a la pierna de su compañera. La mujer desmontó y se fundió en un largo abrazo con el muchacho.
En ese momento, un hombre de aspecto rudo y mirada cruel apareció en escena, apartando al jovenzuelo con brusquedad.
Argoth soltó las correas del Hacha de manera inconsciente. Había algo en aquel sujeto que en verdad le repugnaba.
El rapaz rodó por el suelo, provocando las risas de todos los presentes. En su mirada asesina se podía vislumbrar el odio que sentía por aquel sujeto, pero se limitó a agachar la cabeza, humillado. Al ver esto, Argoth dedujo que aquel hombre era quien llevaba las riendas en este improvisado vivaque.
—¡¿Qué estáis haciendo aquí, mujer?! —vociferó airado, apretando el brazo de la chica—. Deberíais haber traído a Ghuran y a sus guerreros.
—¡Ghuran está muerto! —replicó ella, tratando de zafarse del agarre del bruto—. Todos están muertos, hombres, mujeres y niños.
El semblante del deménida palideció, recrudeciendo sus facciones.
—¡Mientes, maldita! —gritó fuera de sí, propinándole una bofetada con el dorso de la mano. La mujer cayó al suelo con el labio reventado.
—¡Nunca debí haberos confiado una misión tan delicada a vos y a vuestro maldito tío! —rezongó, echando mano a la daga que tenía en el cinto.
En ese preciso instante un golpe devastador le hizo caer de espaldas contra el firme. Un murmullo ahogado brotó de las gargantas de todos los que allí se arremolinaban.
El hombre se intentó poner de pie, pero la bota de Argoth en su cuello se lo impidió.
—¡Moriréis por esto, perro extranjero! —rugió con el sabor de la tierra seca en su boca.
Argoth liberó el arma, y todos se echaron hacia atrás de manera instintiva al percibir el destello maléfico que emanaba de aquel acero negro.
—Si he de morir en este chiquero, no dudéis de que muchos de vosotros me acompañarán a las catacumbas de Torgat —exclamó, haciendo girar el hacha sobre su cabeza.
—¡No, deteneos! —clamó la mujer con desesperación—. Él me ha salvado la vida.
Los guerreros deménidas intercambiaron miradas sin saber qué hacer.
—¡Matadle, necios! —aulló desde el suelo el líder del clan. En su mirada desorbitada se podía vislumbrar el rastro de una locura irracional.
Argoth se preparó para repartir la muerte a diestra y siniestra, mientras la adrenalina hacía brotar las venas de su ancho cuello.
Los hombres hicieron un círculo alrededor del guerrero, reacios a atacar al advertir el silbido asesino de aquella impresionante hoja.
—¡Alto!—. La voz que resonó como un trueno por todo el lugar obligó a todos a volver la cabeza.
El blanco de todas las miradas era un anciano enjuto, envuelto en una piel de lobo, que le daba el aspecto de un pordiosero. No obstante al notar la fuerza hipnótica que emanaba de aquellos ojos transparentes, cualquiera podría darse cuenta de que se hallaba enfrente de un líder místico.
Argoth tampoco pudo ocultar la impresión que le causó aquel extraño personaje, y a punto estuvo de echarse de rodillas al igual que todos los presentes, arrastrado por el poder que parecía exudar el anciano por cada uno de sus poros.
El guerrero se estremeció al advertir cómo aquellas pupilas desnudaban su alma. El viejo esbozó una mueca inquietante y luego dirigió su atención hacia el líder del clan.
—Este forastero debe morir —vociferó éste, señalando a Argoth con dedo acusador.
—No Kyros, os lo ruego… —pidió la joven, echándose los pies del sacerdote. Miró por unos segundos a su salvador, y éste quedó prendado por las gemas azules que refulgían en aquellos ojos—. Me ha salvado la vida, y además, dado muerte a los mercenarios que arrasaron la aldea de Ghuran.
—Tranquila mi niña —replicó el viejo con un timbre taimado, que nada tenía que ver con el vozarrón utilizado para detener la inminente matanza.
—¡Como líder del clan, exijo que este extranjero sea ejecutado! —insistió el hombre de mirada cruel, con el semblante congestionado.
El viejo esgrimió un gesto desconcertante y le fulminó con la mirada.
—Conocéis las leyes ancestrales, Birek —graznó con acritud.
El hombre se estremeció, al tiempo que el sudor se amontonaba en su labio superior. Al igual que sus hermanos, sabía que la primera ley de los clanes deménidas consistía en que cualquier hombre podía retar su mandato mediante un duelo a muerte.
—Si Birek, todos conocemos la ley —terció la chica arengando a los demás, al sospechar hacía dónde se dirigían las palabras del anciano. Nadie habló a favor de su líder. Birek era un hombre arrogante y cruel que había conseguido el mando tras un extraño accidente de caza del antiguo cabecilla, y aunque nadie se atrevía a decirlo, la mayoría sospechaba que la negra mano de Birek había tenido mucho que ver con aquel asunto.
—¡Es imposible! —rugió el caudillo fuera de sí, contemplando con desdén a todos los que le rodeaban—. Este hombre es un extranjero… no tiene ningún derecho a retar a un verdadero deménida.
—Nada en la ley estipula que deba pertenecer a nuestro pueblo —le rebatió el sacerdote con firmeza. Un silencio sepulcral envolvió a todos los presentes. La multitud comenzaba a intercambiar miradas de estupor, sin entender aún qué diablos estaba sucediendo.
Birek apretó los puños y su rostro se tornó en una máscara demencial, tras advertir este brusco cambio de fortuna. Aferró la hoja que aún pendía de su cinto y arremetió en contra del clérigo. De inmediato un enjambre de lanzas se materializó enfrente del místico, deteniendo su ataque.
—¡Maldito anciano, pagareis por esto! —vociferó presa de la ira, escupiendo saliva con cada palabra.
—¡Vamos, Birek! —le instó Kyros—. ¡Probad que sois digno de liderar a nuestro clan!
De inmediato, un coro se unió al clamor del sacerdote, arengando a su odiado líder a presentar batalla o morir.
Como un animal acorralado, el deménida se dispuso a proceder de la única manera que podía permitirse: arremetiendo en contra del portador del hacha negra.
Si Argoth no hubiese contado con la experiencia que tenía a cuestas, sin duda se hubiese visto doblegado por la salvaje embestida del hombre de las estepas. Permitió que el peso de asalto jugara en contra de su rival, haciéndose a un lado una milésima de segundo antes de que la hoja que centelleaba en manos de Birek, mordiera con saña su carne.
Un silbido mortal cruzó a una pulgada de su cabeza, en el instante en que el líder tribal descargaba toda su furia en la forma de una espada curva. Ya perdida la fuerza de embate, Birek perdió el equilibrio, cayendo de bruces y despertado las burlas de quienes antes estaban abrumados por su reinado de terror.
Se puso de pie en medio de un grito de frustración y locura. Argoth le esperaba con su arma preparada. El deménida titubeó al verse absorbido por el fulgor malsano que despedía la cabeza de la segur. Por un fugaz instante, le pareció que los caracteres labrados en la hoja se fundían en una tormenta de acero líquido. Apretó el mango de la espada y atacó, guiado por la ira que hervía en su pecho.
Argoth realizó una finta a la izquierda y descargó un golpe que partió la espada en dos y alcanzó a rasgar el rostro de su rival. Un clamor de sorpresa se levantó entre el público ante esta acción. Birek cayó de rodillas, apretando el profundo surco en la cara con manos temblorosas. Impotente, alzó la mirada y contempló con horror cómo el destello azulado de aquella arma maldita se disponía a segar su miserable existencia.
—¡Es suficiente! — ordenó el sacerdote, haciéndose oír entre la multitud ávida de sangre.
Argoth dejó la caer la pesada hacha y clavó una mirada fría sobre su oponente.
—¡Dejad que muera ese perro maldito! —clamó la masa enfebrecida, al vislumbrar la posibilidad de deshacerse del tirano.
Kyros alzó una mano y con esto fue suficiente para calmar los ánimos de su pueblo. Se acercó al vencido, quien le miraba con recelo desde la máscara sanguinolenta en que se había convertido su semblante.
Una enigmática sonrisa cruzó el rostro apergaminado del anciano al ver la justicia de los dioses en acción.
—¿Dónde está vuestra arrogancia en estos momentos, Birek? — susurró el sacerdote en tono sibilino—. Contemplad por última vez al pueblo que mancillasteis con vuestra traición. Mirad el rostro de aquellos a quienes subyugasteis después de haberles arrebatado a su verdadero líder.
—¡Muerte, muerte! — rezaba el airado clamor de la multitud.
El anciano volvió a levantar el brazo y el silencio bajó sobre ellos como una mortaja helada.
Apelando a los últimos resquicios de honor que aún le quedaban, Birek se puso de pie con dificultad, develando las terribles heridas que le desfiguraban la cara.
—¡Acabad con esto de una vez, viejo pestilente! — le desafió, tratando de ocultar la agonía que le consumía por dentro.
Kyros le sostuvo la mirada en medio de la creciente tensión que flotaba en el ambiente.
— No, Birek —exclamó con entereza—. Al contrario de vos, no pienso manchar mis manos con la sangre de los míos, sin importar que sean unas bestias sanguinarias.
—¡Matadme, brujo bastardo! — protestó el derrocado líder al intuir la humillación del destierro, una pena peor que la muerte para un orgulloso deménida.
— No merecéis el fin de un guerrero, Birek —señaló el anciano con acritud—. Os condeno a vagar sin nación por las estepas, hasta que los dioses decidan cuál será vuestro destino.
El hombre cayó de rodillas, al tiempo que varios bravos le sujetaban de los brazos, impidiéndole cualquier movimiento.
—Tan sólo espero que tengáis el coraje de volver vuestro acero en contra de los enemigos que arrasan nuestra tierra, para que recobréis algo de vuestro honor — sentenció el místico, al tiempo que ordenaba que le sacaran de allí con un leve ademán.
Mientras era arrastrado como un perro rabioso, Argoth advirtió la ponzoñosa mirada de Birek enclavada en su rostro. Al volver la atención hacia él se percató del odio demencial que destilaban aquellos ojos encendidos. Una leve desazón se le asentó en la base de la nuca, una especie de advertencia silenciosa acerca del despojo que se había convertido en su acérrimo enemigo.

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