martes, 13 de enero de 2009

La Maldición del Hacha Negra- capítulo V



V

Se sumergió en las negras aguas, sintiendo cómo aquella gelidez dilataba sus vasos sanguíneos y apretaba cada fibra de sus músculos, preparándole para la dura faena que le esperaba. Apeló a todos sus fuerzas para librar la corriente que amenazaba con arrastrarle río abajo. Cuando por fin alcanzó la orilla opuesta, desfalleció, tratando con desesperación de recuperar el resuello. Alzó la vista hacia la empalizada que se levantaba a unos doscientos pasos de allí, y sintió un nudo en el estómago al imaginar que en estas condiciones nunca podría escalar aquel obstáculo. No obstante, al recordar que el arma que regía su destino le esperaba al otro lado, exprimió los últimos bríos de su voluntad y decidió seguir adelante. El hedor añil del musgo y la madera podrida invadió sus fosas nasales, al arrastrarse a través del barro en dirección al punto más cercano de la fortaleza. A lo lejos, podía escuchar el murmullo apagado de los centinelas en lo alto de la empalizada. Si todo salía según el plan, aquellos hombres serían su mayor preocupación antes de abrir las puertas.
Desde su posición, los gruesos troncos parecían alzarse hasta el infinito. Calculó que tendrían unos treinta codos de alto, contando la aguda punta que los remataba. Al ver esta soberbia obra de ingeniería, comprendió porque los deménidas se habían estrellado contra estas sólidas defensas. Se necesitaba más que valor y arrojo para librar esta barrera.
Aplastó su corpachón contra el suelo al advertir el destello inquieto de una tea rompiendo la oscuridad. Las formas difusas de un grupo de soldados aparecieron frente a sus ojos. Vestían las faldillas y cotas escamadas propias de los legionarios admelaharianos, pero algunos de ellos portaban los yelmos cónicos rematados en punta que solían utilizar los mercenarios orientales. Argoth llegó a la conclusión de que aquel lugar no era otra cosa que un nido de víboras, una guarida de bandidos. La patrulla se detuvo en la orilla del río y se dispuso a deshacerse de la macabra carga que traía consigo. El guerrero se estremeció al ver la masa sanguinolenta que una vez fue un ser humano, siendo arrojada sin ceremonia a la oscura corriente. Estupefacto, se preguntó si aquel despojo no sería el cuerpo de Kyros. Si era así, habría llegado demasiado tarde para salvar al anciano. Sin embargo aquello no importaba, ya que aún debería recobrar su preciada hoja negra. Con Kyros o sin él debía seguir adelante con la incursión.
Esperó a que los soldados se perdieran de nuevo en la espesura antes de intentar escalar los muros de madera. No obstante, la duda le invadió al imaginar que en medio de aquel sobrecogedor silencio el sonido del gancho retumbaría como un trueno. No esperó más, con un fuerte impulso lanzó la cuerda hacia las alturas y esperó el eco metálico que le confirmaría el agarre de la soga.
Su corazón se paralizó por unos instantes a escuchar el golpe seco. Esperó un tiempo prudencial, creyendo que aquel sonido había atraído a todos los centinelas. Pero no, lo único que percibía en los alrededores era el sonsonete cansino de los grillos y el croar de las ranas.
La ascensión fue un poco más difícil de lo que había imaginado. Las astillas del tronco le rasgaba la piel, hendiendo su carne dolorosamente. Sin embargo se obligó a seguir adelante, haciendo caso omiso de las molestas heridas. Se deslizó al interior de la plataforma con el sigilo de un gato montes. En ese instante su pecho estaba a punto de reventar y sus manos no dejaban de temblar debido a la tensión. Contempló la masa oscura que se abría a sus pies y descubrió que aquel lugar era más grande de lo que había pensando. Tres barracones se situaban de forma estratégica alrededor de una plaza de armas. Imaginó que el más grande albergaría a los oficiales y las bodegas, y los dos restantes servirían para las tropas y los caballos. En medio de un sobrecogedor silencio, se aprestó a cumplir con su parte de la misión.
La luna consiguió burlar a las nubes por unos instantes, regando su brillo espectral por todo el lugar. Argoth se detuvo de golpe al advertir el destello fugaz que asomaba a unos pasos de su posición. Si no hubiese sido por la reina de la noche, aquel centinela habría pasado inadvertido. Después de todo, los dioses parecían estar de su lado en esta ocasión.
El mercenario tan sólo dejó escapar una exhalación al sentir la fría hoja de Argoth hincándose en sus riñones. El guerrero dejó caer el cadáver al otro lado de la empalizada, no sin antes apropiarse de su yelmo y la cota de lino prensando. Además de la faca, ahora contaba también con una lanza y una espada corta. Confiado en que podría pasar desapercibido entre los demás guardias, salió de las sombras en dirección a la plaza de armas.
Entonces un pálpito en el corazón le hizo volver la mirada hacia la edificación principal. Una certeza que brotaba del fondo de su alma parecía asegurarle que en aquel lugar se hallaba la causa de todos sus desvelos. Horrorizado, creyó escuchar un murmullo que le llamaba a gritos, un sonido templado y frío que no podría ser producido por una garganta humana. En ese instante, comprendió que de alguna manera grotesca la hoja negra clamaba por su dueño. Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no dar media vuelta y adentrarse en aquel barracón en busca del arma. Sabía que sin la ayuda de los deménidas nunca podría salir con vida de aquella fortaleza. Alejó los gritos que aquejaban su mente y enfiló hacia las puertas.
Cuatro hombres se apretujaban alrededor de un brasero. Hablaban en voz baja y apenas reaccionaron al notar al hombre que se aproximaba. Argoth repasó la situación sin dejar de caminar hacia su objetivo. Los rebordes de bronce que remataban el pesado madero que bloqueaba el portalón, apenas refulgían al ser iluminados por las llamas del brasero.
Argoth ya podía ver los rasgos afilados de los centinelas. Reconoció la piel oscura y el cabello ensortijado de tres sureños, y la piel lechosa y tez achatada de los orientales en el cuarto mercenario.
Aspiró el aire cargado por el humo del brasero y empuñó la lanza hasta que los nudillos palidecieron. En ese instante uno de ellos, el hombre de aspecto oriental, percibió que algo andaba mal. Sin embargo antes de que pudiera reaccionar, la pica de Argoth ya le había atravesado las entrañas.
Antes de que se dieran cuenta de lo que estaba ocurriendo, el cuchillo del guerrero ya había cercenado la garganta de segundo y estaba a punto de dar cuenta de los dos restantes.
Estupefactos, los mercenarios desenfundaron sus espadas y arremetieron en contra de la masa nervuda que les hacía frente. Argoth se libró del yelmo y su rostro fruncido, semejante al de una bestia enloquecida, hizo titubear a sus rivales.
Uno corrió gritando en busca de ayuda, pero antes de poder dar cinco pasos, tenía una faca clavada en la nuca.
El grito de alarma rompió con el silencio que envolvía la fortaleza. De todos los rincones comenzaron a escucharse voces conmocionadas. Argoth comprendió que no podría perder tiempo. Al notar el miedo en su contrincante se arrojó sobre él para zanjar de una vez por todas aquel asunto. El hombre, aterrorizado, dejó caer la hoja, corriendo despavorido hacia la seguridad de las sombras.
De inmediato, el guerrero fijó su atención en el tronco que sellaba las puertas. Ya podía escuchar los gritos y la confusión que comenzaba a apoderarse de la fortaleza. Sus músculos se tensaron como cuerdas de acero y por un instante pensó que su corazón y sus sienes explotarían debido al esfuerzo. No obstante, apeló a todas sus fuerzas para arrancar aquel trozo de madera del umbral. El leño cedió con un crujido, y Argoth se apartó de un salto para evitar que le aplastara los pies al estrellarse contra el suelo.
Acto seguido, apoyó su corpachón en contra del portalón y las hojas cedieron con un sonido sordo.
De repente la muda floresta cobró vida, cuando cientos de de sombra emergieron de la oscuridad, haciendo refulgir sus hojas de batalla. El portador del hacha sintió una profunda emoción al ver que el superviviente de la masacre en el vivaque había cumplido su palabra: reunir a sus hermanos para un nuevo asalto al fuerte. Decenas de bravos deménidas cruzaron el umbral, ávidos de venganza. Estaban armados hasta los dientes y pintaban sus caras con los colores de los clanes a los que pertenecían.
Ahora el clamor en su cabeza se hizo más acuciante y doloroso. Miró cómo los primeros defensores eran arrasados sin piedad por aquella turba enfebrecida, y comprendió que era el momento de actuar. Invadido por la locura del combate, corrió hacía donde dictaba su corazón atormentado.
Abriéndose paso entre la masa de guerreros que luchaban y morían a su alrededor, consiguió llegar hasta el barracón principal. Una lluvia de flechas que caía desde el segundo nivel le obligó a buscar cobijo cerca de una pared. Desde allí pudo ver cómo las oleadas de guerreros eran detenidas por la barrera de dardos, sembrando de cadáveres las inmediaciones. Con la sangre hirviendo en las venas, el portador del hacha negra rebuscó en su mente la manera de ingresar en aquella edificación, a la vez que el murmullo en su cerebro amenazaba con hacerle enloquecer. Era como si un coro infernal infectará sus pensamientos con un clamor sombrío y desesperado. Entonces, la solución se presentó por si sola al advertir las flamas que comenzaban a cobrar fuerza en la primera planta. Los deménidas habían decidido incendiar el edificio para hacer salir a los defensores. No tardaron mucho en verse los resultados de aquella macabra estrategia. Un alarido espeluznante opacó los gritos y sonidos del combate, cuando una tea humana abandonó la estancia. Todos le abrieron paso hasta que se desplomó convertida en una masa calcinada y deforme. Los que consiguieron salir indemnes del fuego se enfrentaron a las hojas ávidas de sangre de los nativos. En medio de este espanto, Argoth decidió adentrarse en aquella trampa mortal en pos de su destino. A lo lejos, creyó escuchar la voz de Zamera clamando su nombre con angustia.
Las llamas estiraban sus hambrientos apéndices en busca de la carne del osado humano que se atrevía a usurpar sus recién conquistados dominios.
El guerrero cruzó la galería principal, evitando las flamas que devoraban todo a su alrededor. Varios cuerpos se arrastraban a sus pies, asfixiados por el humo negro que enturbiaba la visión. Horrorizado, pudo ver cómo un pesado leño se desprendía del techo y trituraba las piernas de un miserable que aullaba con desesperación, mientras el fuego se prendía a su humanidad.
No obstante, la visión de estas atrocidades no pudo erosionar la determinación demencial que le impulsaba a seguir adelante, como si fuese una marioneta en manos de los dioses. Vislumbró las escaleras que llevaban al segundo nivel y olvidó las quemaduras que comenzaban a atormentar su cuerpo. Ascendió por el estrecho pasaje, empuñando la espada corta en la diestra y el cuchillo en la siniestra. En medio de aquella confusión, se abrió paso a través de los horrorizados mercenarios que se agolpaban allí, debatiéndose entre morir abrazados o desollados por sus enemigos. Algunos continuaban lanzando saetas y cobrando vidas enemigas, decididos a caer matando. En sus rostros sudorosos se podía apreciar la resignación sombría del condenado. Otros en cambio, intentaban alcanzar el techo de la edificación en un intento de salvar sus miserables vidas, mientras eran atacados con picas y dardos desde el exterior.
El corazón de Argoth latía con fuerza, imantando por el llamado misterioso que hacia eco en su pecho. Consiguió librar el nudo de hombres que le cerraba el paso, alcanzando un amplio corredor iluminado por braseros de bronce. Giró sobre sí mismo al advertir el crujido de la madera a sus pies. Su sorpresa fue mayor al descubrir al hombre que se abalanzaba sobre él, con los ojos desorbitados por la locura. Sin embargo basto un tajo de la espada para solucionar aquel problema. Después de acabar con dicha faena, centró su atención en la puerta de cedro al final del pasillo. Un dolor agudo le traspasó el cerebro, un aullido desesperado que pareció fundir sus neuronas en un torbellino de agonía. Con las sienes a punto de reventar, corrió como un poseso en dirección a aquel lugar. La puerta se estremeció cuando cien kilos de carne prieta se estrellaron contra ella con todas sus fuerzas. Un golpe más fue suficiente para echarla abajo.
Al otro lado, Argoth reconoció el rostro estupefacto del deménida traidor. Los ojos de Birek se iluminaron con un destello ponzoñoso, mezcla de estupor, ira y locura. Un lino ensangrentado cubría la parte del rostro que el Hacha Negra había desfigurado. Con él se encontraba un sujeto barbado, de tez aceitunada y ojos altivos. Sin duda era quien comandaba las huestes de mercenarios acampados en aquel fuerte.
Una sonrisa inquietante se plasmó en la tez enrojecida del guerrero. Al parecer, había sorprendido a los bribones en el momento en que planeaban su fuga. Sobre la mesa descubrió varios sacos repletos de monedas y objetos de oro y plata, además de gemas preciosas. Sin duda parte del botín saqueado en las aldeas reducidas a ceniza por esta banda de asesinos.
Entonces, los ojos de hielo del portador del hacha se fijaron en el bulto envuelto en piel que destacaba en un rincón. De inmediato se vio invadido por una certeza que le dejó sin aliento. Volvió la atención hacia los dos mal nacidos que le contemplaban con horror, y avanzó hacia ellos empuñando sus armas.
El sureño se acercó y vació el contenido de uno de los sacos sobre la mesa. Su rostro cicatrizado dibujó una mueca inquietante que le dio un aspecto grotesco.
—Todo esto puede ser vuestro sin nos dejáis salir de aquí —exclamó con voz quebrada, enfatizando cada palabra. Hundió los dedos en las monedas y éstas rodaron sobre las tablas produciendo un tintineo apagado.
—Es inútil —terció su compañero, fulminado a Argoth con profundo resentimiento—. Lo único que corre por las venas de este bastardo es el amor por la matanza.
—Algo irónico viniendo de un traidor que derrama la sangre de su propio pueblo —replicó el guerrero en tono sombrío.
En ese momento, un sonido estremecedor llenó toda la habitación. El suelo se removió con violencia, acompañado de un crujido espeluznante que anunció que parte del edificio se desmoronaba bajo el fuego. El lamento de horror de decenas de gargantas reverberó en la estancia como una advertencia infernal.
Argoth perdió el equilibrio, y el hombre barbado aprovechó para saltar sobre él cómo una bestia enloquecida. Al percibir el brillo asesino que refulgía en los dedos de aquel bastardo, el guerrero se hizo a un lado de manera instintiva. Pese a salvar la vida, no pudo evitar que el acero mordiera su hombro con saña. Un dolor agudo le taladró la cabeza como si se hubiese sumergido en un caldero de metal hirviente. Empero, esta agonía disparó una furia vesánica en su interior que le dio la fuerza necesaria para cerrar su mano sobre la muñeca del atacante. En medio del forcejeo, el semblante del mercenario pasó de la gloria al sufrimiento, al escuchar cómo los huesos de su muñeca crujían bajo la implacable presión de la zarpa de su oponente. Intentó gritar, pero al soltar la daga, los dedos de Argoth se adhirieron a su gaznate sin piedad. El mercenario se debatió con desesperación, pero nada pudo hacer en contra de aquellas manos de hierro que le arrebatan la vida lentamente. En un último intento angustioso, arañó el rostro de piedra que le contemplaba detrás de aquellos ojos impasibles cargados de muerte. No obstante, lo único que consiguió fue consumir sus últimas energías. Poco a poco, sus pupilas inyectadas de sangre se fueron apagando, hasta que ningún rastro de existencia quedó en aquel cuerpo macilento.
Después de acabar con el mercenario, Argoth se estremeció al descubrir que no había rastro de Birek ni de su preciada segur. Atónito, salió al corredor para enfrentarse con el humo que ascendía por las escaleras. En su lucha por recuperar el arma, no había prestado atención al peligro aún mayor que se cernía sobre su cabeza. Con los ojos escocidos y debilitado por la pérdida de sangre, enfiló hacia la ventana. Con un esfuerzo casi sobrehumano, alcanzó el alero y pudo impulsarse hacia arriba. Ya en el techo, advirtió, conmocionado, como las llamas se alzaban por toda la fortaleza, mientras abajo los últimos supervivientes cerraban filas con desesperación, en un intento fútil por detener la furia deménida. En medio de aquella hecatombe, pudo distinguir la silueta que intentaba descolgarse por el otro lado de la empalizada. Sacando fuerzas de la determinación que encendía sus venas, avanzó en pos del traidor, y lo más importante, del arma que regía su destino.

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