martes, 13 de enero de 2009

La Maldición del Hacha Negra - III capítulo



III

—Me habéis utilizado, viejo lobo —exclamó Argoth, después de dejar que el vino ablandara el muro que ocultaba su verdadera personalidad.
Kyros sonrió, ordenando servir más líquido en la copa del guerrero.
Al fondo, el tañido de los exóticos instrumentos deménidas alegraba la velada, mientras las risas llenaban el ambiente. En aquellos momentos parecía que la amargura de la guerra y la traición no fueran más que recuerdos de un pasado remoto. Al crepitar de la hoguera se sumaba al aroma de la carne que se asaba a fuego lento en el espetón.
— Gozad, hermanos míos —exhortó el viejo con alegría, recibiendo los vítores de todos lo presentes—, ya que no sabemos que nos traerá el mañana incierto.
Tras estas palabras, un grupo de bravos saltó al frente y comenzó a realizar una elaborada danza guerrera que llamó la atención del portador del hacha.
—¿Qué significa esa celebración? —inquirió con interés, sin apartar la atención de las arriesgadas piruetas de los danzantes.
— Es una exaltación a Bhjar, nuestro dios de las Estepas, señor del mar de verdor — explicó Kyros, bebiendo un poco de vino y arrancando un trozo de carne de venado—. Todo guerrero deménida ofrece su esencia al dios para que le colme de valor en el momento de la batalla.
— Interesante —contestó Argoth, desviando la mirada hacia la blanca piel de Zamera, quien se encontraba sentada enfrente, absorta en la celebración. Por unos instantes contempló aquellos bucles amarillos que parecían arder como oro líquido bajo el fulgor de las brasas.
— La verdad es que no os he utilizado, portador del Hacha Negra — reflexionó el viejo sacerdote sin darle mucha importancia.
El guerrero se volvió con recelo al escuchar la mención de su arma.
El semblante apergaminado de Kyros se endureció con un gesto inquietante.
— Veo que la duda os carcome —aseguró con suspicacia—. Todo lo referente a esa hoja os trae confusión y frustración —dijo, bajando los ojos hacia los raros caracteres labrados en el acero.
Argoth sintió un nudo en el estómago. Era como si aquel extraño pudiese leer la angustia y el vacío que desolaban su interior.
Al notar la incertidumbre impresa en el rostro de su invitado, Kyros suavizó la expresión y llenó las copas nuevamente.
—Al igual que vos, soy un instrumento de los dioses querido amigo. Pude anticipar vuestra llegada desde mucho antes de que decidierais pisar estas tierras holladas por la guerra. —La voz de Kyros sonaba alejada y sus ojos perdían la nitidez que le caracterizaban. Argoth imaginó que aquel hombre cargaba un gran peso sobre sus hombros.
—Todos los que hemos sido escogidos por el capricho de los dioses cargamos este don… o más bien esta maldición —prosiguió el sacerdote con aire resignado.
—¿Cuál maldición? —Los labios de Argoth apenas se movieron al pronunciar aquellas palabras. Tenía un rictus grave que le daba el aspecto de un ser de piedra.
Kyros apuró el contenido de la copa y soltó un leve suspiro.
—En mi caso —aseguró el viejo encogiéndose de hombros—, no es otra cosa que poder ver con claridad lo que otros apenas adivinan.
El guerrero frunció el ceño tratando de encontrar sentido a lo que acababa de escuchar.
Kyros sonrió y palmeó el hombro de su interlocutor.
—Puedo ver el futuro tan claramente como vos podéis ver a los danzantes alrededor de la hoguera.
—Sois un hechicero… —murmuró Argoth en voz alta, sin ocultar su estupor.
—Algunos me llaman así —contestó el veterano, arrancando otro pedazo de carne del espetón—. Al principio trataba de ocultar esta condición. Temía que los míos me miraran con recelo, me desterraran o algo peor —continuó, perdiendo la mirada en las flamas que bailaban frente a ellos—. Sin embargo, como habéis visto, con el tiempo esta facultad puede ser de mucho provecho para un anciano como yo.
Argoth se olvidó de todo lo que sucedía alrededor. El festín, las risas y las danzas pasaron a un segundo plano, mientras escuchaba arrobado las palabras del viejo hechicero. Algo en su interior le advertía que aquel carcamal de aspecto andrajoso podría aclarar la bruma que ocultaba su pasado.
El semblante de Kyros se ensombreció al percibir la urgencia en el rostro de su invitado. Soltó un suspiro entrecortado al adivinar lo que sucedería a continuación.
—¿Decidme entonces qué me depara el futuro? —inquirió el guerrero, esperanzado en poder conseguir al menos una de las respuestas que tanto añoraba.
El viejo sonrió con amargura y posó su zarpa nudosa sobre el antebrazo de Argoth.
—Me ponéis en una difícil situación, portador del hacha negra —aseguró en tono sombrío—. Si tan sólo fueseis un simple campesino, tal vez podría abrir para vos los umbrales del tiempo, pero sois un caso especial.
—¿A qué os referís con caso especial? — le interrumpió Argoth con el corazón apretado, al sospechar que la fortuna volvía a burlarse de él.
Kyros le contempló como si se tratase de un crío rebelde, y aquello no hizo más que ahondar la incertidumbre en él.
El viejo esbozó un gesto apaciguador y habló en tono suave.
—Sois alguien especial, Argoth el errante —aseguró apretando el brazo del extranjero—. Vuestro camino no está delimitado por la voluntad, sino que sigue un patrón establecido por lo dioses. Al igual que yo, tenéis una labor que cumplir y lo único que podéis hacer es esperar a que los Altos Señores develen vuestro destino.
El portador del Hacha se sumió en un silencio intranquilo que pareció durar eones. En su duro semblante se podía apreciar una mezcla de ira y resignación. Resbaló la mirada hacia la refulgente hoja a sus pies, y se estremeció al notar el rencor que le devolvía su propia imagen. Era como si aquella arma poseyera un trozo de su alma.
—No es posible —rebatió airado, fulminado al viejo con ojos encendidos—.Todo hombre es libre de elegir su propio rumbo.
— Sin embargo, hay ocasiones en que los dioses eligen a ciertos individuos con características especiales para llevar a cabo tareas que un mortal ordinario jamás podría cumplir —le recalcó Kyros.
—Me niego a creer eso —continuó Argoth, descorazonado.
El viejo esbozó algo parecido a una sonrisa y acarició el gélido metal del Hacha Negra. Éste pareció refulgir al contacto del hechicero.
—En mi caso es la habilidad para ver el futuro, pero vos en cambio… — alzó la mirada y sus ojos despidieron un fulgor inquietante—. Vuestro don es repartir la muerte con presteza. Sólo un hombre con esta particularidad podría poseer una hoja tan especial.
—¡¿Don decís?! —protestó Argoth con un bufido—. Desde que tengo memoria esta arma ha estado en mis manos. No recuerdo quién soy ni de dónde provengo. No tengo idea de mis orígenes ni de mi pasado. Lo único que sé a ciencia cierta es que esta hoja siempre me ha acompañado. A veces creo que vendí mi alma por este pedazo de metal.
Un silencio incómodo se alzó entre ambos hombres, a pesar de la algarabía y la celebración que discurría a su alrededor.
—Escuchadme bien, portador del Hacha Negra —el tono del viejo se endureció y su semblante pareció adquirir dimensiones sobrenaturales—. Esta segur y vos están unidos por el destino. Desde que visteis la luz en este mundo, estabais destinado a portar esta hoja para servir los designios de los dioses —explicó el místico, remarcando cada una de las palabras con gravedad—. Los creadores del mundo guiaron vuestros pasos hasta ella, y borraron vuestra memoria para que nada interfiriera en la sagrada labor que teníais por delante.
Argoth se puso de pie, abrumado por aquella inquietante revelación.
—¡No es posible! —vociferó, en un intento fútil por escapar de aquella terrible realidad.
Kyros aferró su mano con una fuerza impensable para un hombre de su edad, en un intentó fallido por detenerle.
—Aceptadlo Argoth, y no tendréis que sufrir más —aseveró con energía—. ¡Sois la justicia de los dioses en esta tierra plagada por el mal!
El guerrero se abrió paso entre los danzantes, dejando la hoja a los pies de Kyros. Ahora su mente se veía invadida por un vendaval de contradicciones que le sumían en un mar de desesperación. Zamera le siguió con la mirada sin entender lo que estaba sucediendo.

La brisa fría consiguió aplacar la sangre que bullía en sus venas. Al fondo, podía escuchar los ecos entrecortados de la música y las risas de los viandantes. Las palabras del sacerdote habían calado con fuerza en su cabeza, y apenas comenzaba comprender la dimensión de aquella revelación. De pronto, un leve sonido a sus espaldas le hizo volverse de improviso.
Los ojos azules de Zamera destellaron como gemas bajo el pálido destello de la luna. Embelesado, fijo su atención en los sinuosos y calculados movimientos de la hembra. Ésta se acercó, atraída por el fulgor de la mirada acerada que coronaba aquel semblante inexpresivo.
Pasó sus dedos por los músculos forjados en mil batallas, siguiendo con lentitud los senderos que las hojas enemigas habían dejado en aquella piel bronceada. Argoth, excitado, la aferró entre sus brazos al sentir el vaho tibio de aquella respiración entrecortada acariciando su pecho desnudo. Al principio se resistió, clavando sus uñas en la carne del guerrero. Sin embargo el deseo que sentía por el hombre que le había salvado la vida, consiguió romper todas sus defensas, provocando que su cuerpo tembloroso se adhiriera al de Argoth como una segunda piel.

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