jueves, 8 de enero de 2009

La Maldición del Hacha Negra



“Condenado a vagar por las tierras de Anthurak en busca de un pasado perdido, el taciturno portador del Hacha Negra enfila sus pasos en dirección a las salvajes estepas del Este, patria de las orgullosas tribus Deménidas, una raza guerrera que libra un devastador conflicto en contra del poderoso imperio que pretende someterla a sangre y fuego… “

I

A pesar del hambre y la sed que le acosaban sin compasión, Argoth continuaba avanzando a través del primitivo sendero calcinado por el sol. Levantó la mirada hacia el horizonte y sintió un nudo en la garganta al vislumbrar el océano de verdor que se extendía alrededor. Hasta donde alcanzaba la vista, se podía ver una extensa planicie libre de cualquier accidente geográfico que rompiera con la monotonía de aquel paisaje sobrecogedor.
El guerrero se limpió el sudor que le rodaba a raudales por la frente y aflojó las correas del arma que pendía de su gruesa espalda. Tenía un cuerpo nervudo, forjado por una vida dura y azarosa que le había llevado de un extremo a otro del mundo conocido. Vestía una túnica corta de tela basta que le llegaba hasta las rodillas, además de unas botas de ante con cordones que completaban su indumentaria. Portaba también dos cuchillos de batalla en el cinto y se protegía con un coselete de cuero reforzado con aros de metal. No obstante, todo esto era pasado por alto al vislumbrar la magnífica hoja que asomaba por encima de sus hombros. Se trataba de un hacha forjada en un extraño metal oscuro, que al ser tocado por los rayos del astro rey, adquiría un destello azulado semejante al de una piedra preciosa.
Dos días atrás había dejado Amroken, el último bastión del imperio admelahariano. Una ciudad fronteriza que marcaba el final de la civilización y el comienzo de la barbarie. Por primera vez desde que comenzara aquella travesía, el silencioso guerrero experimentaba una profunda incertidumbre. Allí estaba, en medio de la nada y con un destino incierto. Se preguntó si no sería mejor desandar sus pasos y retornar al mundo de los baños, las aldeas y los caminos empedrados. No obstante, esta reflexión se vio acallada por la obsesión que corroía su espíritu desde que tuviese memoria. La idea de encontrar sus orígenes, de desentrañar el misterio de su pasado, para rellenar el vacío oscuro que perforaba su pecho al tratar de rememorar quién era y de dónde había venido.
Fatigado, alzó la mirada y decidió seguir adelante. La fuerza que le impulsaba a seguir avanzando era demasiado fuerte como para poder evitarla.
Ya comenzaba a caer la tarde y Argoth aprovechó para forzar el paso, convencido de que muy pronto daría con una aldea o algo parecido. Las señales en el camino daban una idea de que hacía muy poco un grupo grande había cruzado por aquel lugar. Animado ante este descubrimiento, continuó sin descanso hasta que el ocaso iluminó el horizonte con una luz anaranjada que se difuminaba ante las primeras trazas de oscuridad que asomaban en el firmamento. Se detuvo a tomar el resuello y sus agudos sentidos pudieron detectar el aroma que traía el viento consigo. Se trataba de un hedor agrio, una mezcla de sudor humano con alimento y excremento de caballo. Sin duda el asentamiento que buscaba estaba más cerca de lo que había pensado.
No tuvo que caminar mucho para descubrir el destello juguetón de las hogueras muy cerca de allí. La brisa arrastraba risas y fragmentos de conversaciones inacabadas hasta los oídos del guerrero. Éste permaneció en silencio, tratando de identificar el inquietante olor que ahora inundaba sus fosas nasales. Su cuerpo se estremeció al reconocer la fetidez de la muerte flotando a su alrededor. A ésto se añadió el lamento continuó y repetitivo que se sumaba a los otros sonidos que traía la corriente. La experiencia le dictaba que debería actuar con prudencia ante esta situación. Por ese motivo, decidió esperar hasta el amanecer para tomar una decisión.

La luz trajo consigo un espectáculo sobrecogedor que hizo estremecer al veterano luchador. Ante él se abría un pequeño poblado —si es que aquella masa de ruinas merecía ese adjetivo— que se amontonaban en torno a lo que algún día fuera una estacada. En el centro se hallaban empalados cuatro miserables, los mismos que había escuchado lamentarse durante toda la noche. Alrededor, se encontraban cinco o seis mercenarios sureños departiendo alegremente, en medio de estruendosas carcajadas. Indignado, Argoth contempló cómo uno de ellos se ponía de pie y torturaba a uno de los moribundos con un trozo de madera ardiente, al tiempo que los demás rompían en risas demenciales al escuchar la agonía del condenado.
De manera inconsciente liberó las correas que sostenían el hacha y apretó el mango con sus manos sudorosas. La cabeza del arma, labrada con extraños caracteres en una lengua perdida en los anales del tiempo, pareció cobrar vida al destellar con fuerza bajo la luz del sol. Argoth perdió la mirada en el filo, hipnotizado por aquellos grabados que parecían bailar de forma macabra sobre la segur. Entonces, se vio envuelto en un grave dilema al imaginar lo que sucedería si se mezclaba en una guerra que no era la suya. Había venido a estas tierras en busca de un pasado que le era esquivo, y nunca pasó por su mente el entrometerse en un asunto que no era de su incumbencia. Sin embargo todas sus dudas se vieron disipadas al escuchar el sonido de los cascos que irrumpían en la aldea. Se trataba de tres jinetes, ataviados con corazas de lino prensado, cascos cónicos con orejeras y nasal y faldillas acorazadas a la altura de la rodilla. Eran hombres del desierto, con largas cabelleras rizadas, tez aceitunada y ojos pequeños y crueles. Sin duda se trataba de los jefes de aquella pandilla de asesinos. Eran mercenarios de la peor ralea, utilizados como exploradores por las fuerzas imperiales. Se movían de un lado para otro con gran facilidad, extendiendo el mensaje de terror enviado por el Emperador admelahariano.
Argoth fijó su atención en los dos bultos que descargaron aquellos forajidos en el centro del caserío. Sus ojos se abrieron como platos al vislumbrar la bella hembra que se debatía como una leona en contra de los dos brutos que la sostenían sin dejar de reír. El guerrero se quedó sin aliento al advertir aquellas formas voluptuosas y el espeso cabello rubio como el trigo, que coronaba su cabeza. Ya había escuchado historias acerca de la belleza de las mujeres deménidas, pero nada se comparaba con la realidad.
Con cautela, se acercó aún más, tratando de conseguir una posición ventajosa para analizar la situación. Desde allí pudo ver con claridad a la mujer y a sus captores. El otro prisionero era un hombre de mediana edad, con el cabello rubio a medio encanecer y anchas entradas en la frente. Por su porte, Argoth dedujo que alguna vez fue un fiero guerrero. Permanecía en silencio, desafiante, fulminando a sus raptores con unos ojos desteñidos que no demostraban el mínimo temor. El portador del hacha no pudo menos que sentir admiración por aquel sujeto que enfrentaba una muerte atroz con gran entereza. A su lado, la mujer demostraba la misma fibra, a pesar de que su destino podría ser aún peor que el de los bastardos empalados a pocos pasos de allí.
Uno de los sureños la sujetó del cabello, y ella se removió con fuerza tratando de evitar que aquel mal nacido se acercase demasiado. No obstante su esfuerzo fue inútil, el mercenario tenía las de ganar en aquel desigual combate. Con violencia rasgó la túnica de la mujer a la altura de los hombros, develando unos senos llenos y bien formados. La chica cayó de rodillas, agachando la cabeza y apretando los dientes para no darles el gusto de oírla sollozar. El otro deménida trató de intervenir, pero fue reducido con un brutal puntapié en el plexo solar.
Con la sangre hirviendo en las venas, Argoth aferró el mango de la hoja y decidió avanzar en auxilio de aquellos miserables, antes de que fuera demasiado tarde. Ya había visto la piedad que podían demostrar aquellos brutos y no pensaba pasar por alto aquella situación. Nunca se lo perdonaría.
Apenas se había movido unos pasos, cuando uno de los mercenarios salió de la maleza y se vio sorprendido por el portentoso guerrero. El rostro del hombre se convirtió en una máscara de estupefacción al verse fulminado por aquella mirada fría y acerada. Intentó gritar para advertir a sus compañeros, pero cuando consiguió modular palabra, su cabeza ya rodaba por la hierba reseca.
Argoth salió de la espesura como una visión espectral, blandiendo la pesada hoja sobre su cabeza, como si se tratase de un vástago de abedul. Los mercenarios quedaron paralizados al ver aquella masa de músculos apretados corriendo hacia ellos en medio de un alarido espeluznante.
Otro forajido cayó antes de poder reaccionar. La segur en su movimiento letal consiguió rasgarle el pecho con un violento mandoble, reventando la coraza de lino prensando como si fuese una cáscara de huevo.
En ese preciso instante, los dos deménidas cautivos aprovecharon la situación para apoderarse de las armas de los rivales cercanos. La mujer saltó con una agilidad impensable, clavando sus uñas en los ojos del hombre que la había atacado momentos antes. El mercenario dejó escapar un aullido de agonía que consiguió opacar el grito de batalla de Argoth. No obstante antes de que pudiera reaccionar, la salvaje muchacha le había rajado el estómago con su propia espada. El hombre cayó de bruces, en medio de terribles estertores de muerte. Por su parte, el viejo guerrero ya había dado cuenta de otro de los mercenarios antes de que los demás, hipnotizados por el fulminante ataque del recién llegado, le hicieran frente.
Ahora la lucha se recrudecía, con los deménidas ávidos de venganza y el portador del hacha negra fuera de sí, repartiendo tajos a diestra y siniestra con una efectividad pasmosa. Muy pronto, los mercenarios supervivientes comprendieron que se estaban enfrentando al mismo demonio y prefirieron salvar la vida antes de ser destazados con aquella hoja infernal que no respetaba coraza alguna.
Tan sólo los tres oficiales permanecieron en la pelea, gritando improperios a los cobardes que les daban la espalda, mientras trataban de comprender qué diablos había sucedido.
Sin embargo no tuvieron tiempo de analizar la situación, puesto que el mortal filo del hacha negra ya anunciaba su canción de muerte al silbar sobre sus cabezas. Uno de ellos, al parecer quien ostentaba el mando, arremetió contra Argoth, portando una lanza de caballería, una hoja ancha que le mantenía a una distancia segura de la tenebrosa segur que ya había eliminado a más de la mitad de sus efectivos. Pero su confianza se fue al traste, al ver cómo el titán que tenía enfrente aferraba el hacha con ambas manos y la hacía volar en su dirección. Antes de que pudiese reaccionar, la pesada hoja ya se había incrustado con violencia en su pecho, arrebatándole la vida.
Presa de la locura del combate, el guerrero se volvió al escuchar el grito desesperado proferido por el viejo deménida. Uno de los mercenarios había hincado una cimitarra en su costado, pero antes de caer, éste consiguió hundir la hoja en la entrepierna de su rival, terminando ambos en un abrazo de muerte. Al mismo tiempo que esto sucedía, Argoth advirtió cómo la joven bárbara era desarmada por un guerrero mucho más grande y hábil que ella. La chica cayó de espaldas y, de manera instintiva, se arrastró en los codos sin apartar la mirada del rostro cruel del hombre que pretendía acabar con su vida. El sureño dibujó una mueca espeluznante en aquella tez marcada por la viruela, y se dispuso a rematar de una vez por todas la faena. Sin embargo cuando alzaba la mano para asestar el golpe final, sus ojos parecieron reventar en las orbitas al tiempo que su garganta dejaba escapar un quejido ahogado, más de sorpresa que de dolor. Cayó de bruces, como una marioneta a la cual se le han cortado las cuerdas, con el mango del cuchillo de Argoth sobresaliendo en medio de la espalda.
La muchacha quedó muda al descubrir la impresionante figura que le contemplaba en silencio. Imaginó que se trataba de algún espejismo o tal vez un demonio vengador, enviado por los dioses de las estepas para castigar a aquellos mal nacidos. Su corazón comenzó a latir con fuerza al ver cómo el extraño se daba media vuelta y arrancaba una pesada hacha del cuerpo de uno de los forajidos. El cadáver pareció quebrarse en dos cuando la cabeza del arma lo abandonó con un espeluznante crujido. La mujer se estremeció al notar el destello azulado que despedía aquella hoja oscura. Nunca había visto nada parecido y esto la llenaba de inquietud.
En ese momento, reparó en su compatriota y una sombra de dolor afloró en aquel hermoso semblante. Corrió hacia donde se hallaba, fundido en un abrazo mortal con su verdugo. La chica rompió en llanto y se aferró al despojo quebrado que aún conservaba un soplo de vida.
El viejo levantó la cabeza con dificultad, sus ojos glaucos comenzaban a apagarse con lentitud. No obstante, pudo sacar fuerzas de la adversidad y esbozar algo parecido a una sonrisa.
—Mi pequeña loba… —consiguió musitar, mientras un esputo sangriento asomaba en las comisuras de sus labios—. Debéis proteger al profeta…
La joven moza se aferró con fuerza al cuello del moribundo sin dejar de sollozar.
—No puedo hacerlo… no puedo hacerlo —repitió con desesperación.
Apelando a sus últimas fuerzas, el viejo deménida le apretó con fuerza la muñeca. La mujer alzó unos ojos aterrorizados, que se fundieron en la mirada de apremio del expirante.
—Él es nuestra última esperanza —balbuceó con esfuerzo, apretando los dientes—. No permitáis que nuestras muertes… sean en vano.
La muchacha guardó silencio, mientras el vaho acre del agonizante le golpeaba el rostro. El viejo le sostuvo la mirada antes de que sus pupilas se apagaran para siempre.
Argoth la contemplaba de soslayo, a la par que revisaba los cuerpos en búsqueda de cualquier cosa que le pudiese ser útil. No tardó mucho tiempo en encontrar algo de su agrado. Uno de los líderes caídos tenía unas muñequeras de bronce labradas de manera exquisita. El guerrero admiró las figuras de caballos y guerreros con una filigrana de hojas entrelazadas a su alrededor, e imaginó que aquel bruto las debió haber conseguido en algún pillaje en las tierras del oeste. Se alzó de hombros y las colocó en sus nervudos antebrazos. No le importó que se cerraran como cepos sobre su piel, estaba seguro que en un par de días habrían cedido un poco, acomodándose a su morfología.
Alzó la cabeza en dirección a la chica y descubrió que aún seguía arrodillada a un lado de aquel despojo. A pesar del fuerte viento que azotaba el caserío, podía advertir el llanto silencioso de la muchacha. En ese instante fue consciente del sufrimiento de los miserables que agonizaban empalados.
Una sensación gélida le removió el estómago al acercarse a aquellos desdichados. Aunque tenían la apariencia de estar muertos hacía semanas, aún podía advertirse un ligero movimiento en sus pechos, señal inequívoca de que todavía continuaban con vida. Indignado por la brutalidad de los mercenarios, maldijo a los dioses por verse obligado a sacar a estos desgraciados de su miseria. Se detuvo a unos cinco pasos del primero, sobrecogido por la fetidez que exudaban aquellos cuerpos. Centró la mirada en los ojos resecos y apagados que le contemplaban con resignación, y creyó ver una mueca parecida a una sonrisa cuando su hoja segó la vida de aquella piltrafa.
Después de realizar aquella desagradable labor, se volvió al sentir el peso de la mirada de la chica sobre sus hombros. A pesar de la frialdad y amargura reflejada detrás de esas pupilas, Argoth no podía negar que aquella hembra le despertaba sensaciones inquietantes que no experimentaba hacía mucho tiempo. Resbaló los ojos en dirección a los generosos senos que sobresalían de la túnica rasgada, y se arrepintió al ver cómo la joven se cubría sus zonas íntimas con pudor.
—Tomad ésto —dijo, arrojándole una túnica que había encontrado en las alforjas de los mercenarios—. Os servirá hasta que encontréis prendas más adecuadas.
La moza tomó el trozo de tela con desconfianza y lo apretó contra su pecho desnudo, sin pronunciar palabra.
Argoth no podía negar que actuar como un buen samaritano había rendido sus dividendos. Ahora contaba con un pequeño botín que le podría ser de utilidad, además de tres buenos caballos de batalla. Levantó la cabeza al cielo azulado y agradeció al gran Othar por su buena fortuna.
En ese momento reparó en las deliciosas formas de la chica al embutir su cuerpo en aquel pedazo de tela basta.
—Disculpad mi rudeza, forastero —exclamó en tono áspero, aclarándose la voz—. Pero debéis comprender que ver la aldea arrasada hasta los cimientos y descubrir que todos sus habitantes han sido masacrados, es una realidad difícil de digerir.
Argoth se limitó a asentir, tratando de imaginar la devastación que corroía el corazón de la chica.
—Debo agradeceros por haber salvado mi vida —dijo con amargura, volviendo su atención hacia los despojos de su coterráneo—. Aunque haya sido demasiado tarde para mi tío.
—Cayó como un guerrero —puntualizó Argoth, extrañado ante el triste comentario de la mujer. No podía comprender cómo una muerte tan gloriosa pudiese producir algo menos que orgullo.
La moza se alzó de hombros, ajena al extraño concepto masculino del combate. Era algo ridículo, sobre todo cuando el hombre que yacía sin vida, era la única familia que le quedaba en el mundo.

La mañana dio paso a una tarde cálida y despejada, que le permitió a la chica olvidar los horrores vividos en los días anteriores. Con ayuda del forastero, prendió fuego al cuerpo de su tío y encomendó su esencia a la Señora de las Estepas, para que volviese como un brioso corcel de batalla en su próxima encarnación.
Argoth por su parte, preparó los caballos para proseguir su camino antes del atardecer, acomodando como pudo las pertenencias de los caídos que consideró de utilidad. Luego de una frugal merienda, decidió buscar un lugar seguro lejos de aquella aldea, convencido de que los amigos de los mercenarios visitarían muy pronto aquellos parajes.
—No encontrareis nada más adelante —dijo la mujer saliendo de su mutismo—. Queman todo rastro de vida, no perdonan nada. Ni cultivos, ni animales se salvan de esa horda asesina. Lo que el Emperador no puede conquistar es destruido sin piedad.
Argoth la contempló con aire de preocupación. Había venido a estas tierras en búsqueda de sus orígenes, y ahora veía con inquietud que tal vez toda pista de su pasado podría haber sido borrada por la locura de la guerra.
—Tomad este consejo como un agradecimiento por haber salvado mi vida, forastero —prosiguió con gravedad la mujer—, si seguís avanzando hacia el Este, no encontrareis más que la muerte.
El guerrero frunció el ceño y sus bruscos rasgos se cincelaron, dándole el aspecto de un ídolo de alabastro.
—¿Y vos por qué no os dais media vuelta? —inquirió con sorna, fulminado a la fémina con su mirada.
—Porque esta es mi tierra —argumentó con orgullo, con los brazos en jarra—, y prefiero morir luchando que vivir una existencia de esclavitud en el Oeste.
—¿En una lucha sin esperanzas? —persistió Argoth, admirado por el valor de aquella beldad.
—Aún hay esperanza —dijo ella, con un destello de optimismo en la mirada. Recordó las palabras de su tío moribundo, y una certeza incomprensible llenó su corazón. Contempló al hombre que tenía enfrente. Recorrió aquel cuerpo nervudo marcado por las cicatrices y desvió sus pupilas hacia el semblante, recio y taciturno, que le examinaba desde lo alto de la montura. No obstante, lo que más la impactó fue el destello sobrenatural que despedía la formidable arma que pendía de su espalda. En ese instante, comprendió que aquel extraño había sido enviado por los dioses para redimir los ruegos de su pueblo devastado.
—Que los dioses guíen vuestro destino, mujer deménida —dijo Argoth, aprestándose a dejar aquel lugar antes de que la noche se apoderará del firmamento.
—¡Esperad! —gritó la mujer con el corazón desbocado, al imaginar que la salvación de su pueblo estaba a punto de esfumarse.
El hombre detuvo la montura y fijó su atención en aquel bello semblante. Por alguna extraña razón que no podía comprender, algo en su interior le impedía dejar atrás a la indefensa joven.
—Si en verdad sois tan necio como para seguir adelante, al menos permitidme mostraros un camino que sin duda alargará vuestros días —continuó la joven con firmeza.
La taciturna tez del guerrero se iluminó con una leve sonrisa ante el desparpajo de aquella hembra.
—¿Y no teméis que os viole o algo parecido? —exclamó con sarcasmo.
—Si esa fuera vuestra intención, no dudo que la hubieseis aprovechado mucho antes —replicó ella con ironía.
Argoth soltó una carcajada. Tenía un buen botín y no le vendría mal la compañía de una mujer como aquella.

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