martes, 13 de enero de 2009

La Maldición del Hacha Negra- capítulo IV



IV

Despertó sobresaltado, con una sensación aplastante en el pecho. A su lado, Zamera le contemplaba con ojos inquietos.
—¿Qué sucede? —inquirió la fémina, sin ocultar la tensión que ensombrecía su rostro.
Argoth se llevó el dedo a la boca, para indicarle que guardara silencio. Aguzó el oído y su corazón se detuvo al escuchar el lamento que traía el viento consigo, acompañado del piafar de las monturas.
Salió de la espesura y pudo ver cómo un hilo de humo ascendía del campamento. Estremecido, se volvió hacia la mujer con el semblante congestionado.
—¡Están atacando el vivaque! —exclamó estupefacto.
Zamera quiso correr en auxilio de los suyos, pero el brazo del hombre la detuvo.
—¡Dejadme ir, dejadme ir! —vociferó, debatiéndose como una loba enfurecida—. Debo ayudar a mi gente... debo salvar al profeta.
—Nada podréis hacer por ellos si os hacéis matar inútilmente — protestó Argoth enfurecido.
La mujer bajó la mirada y se derrumbó a sus pies, consciente de la veracidad de aquella afirmación.
—¡Abajo! —susurró el guerrero al advertir movimiento a su derecha.
En ese preciso instante la figura de un bravo deménida se materializó en el claro. Estaba desnudo y el asta de una saeta asomaba detrás de su hombro derecho. Argoth se pegó al suelo, aferrando el cuchillo de batalla entre sus dedos. En ese momento recordó que había abandonado el hacha a un lado del anciano la noche anterior. Pero no era el momento para reproches, sus aguzados sentidos estaban en guardia, prestos a actuar en cualquier instante.
El piafar de un caballo disparó la adrenalina en sus venas. La estampa de un mercenario sureño surgió de la espesura como una aparición fantasmal. Portaba una lanza de caballería de hoja ancha, y un peto de cuero endurecido sobre un sayo maloliente. Una expresión cruel asomó en su cara al notar al desvalido deménida a su merced.
Se lanzó al galope para destripar a su víctima con la pica, pero demasiado tarde descubrió la sombra que surgía a su izquierda a toda velocidad. Argoth embistió al jinete con todas sus fuerzas, haciéndole perder el equilibrio. Sorprendido, el sureño intentó ponerse de pie, pero el guerrero saltó con increíble agilidad sobre él, hundiendo la hoja hasta la empuñadura en su gaznate. El hombre cayó de rodillas, con los ojos desorbitados y una expresión de estupor en su semblante moribundo. Argoth permaneció en silencio, contemplando como aquel miserable dejaba el mundo en medio de grotescos estertores. Extrajo el cuchillo y revisó el cuerpo en busca de algo de utilidad.
Mientras tanto, Zamera corría en auxilio de su coterráneo. El hombre formaba parte de la guardia personal de Kyros y les relató cómo un nutrido grupo de mercenarios había caído sobre ellos poco antes del amanecer. A pesar de las heridas, los ojos del guerrero refulgieron con rabia al contar cómo aquellos bastardos eran liderados por el mismísimo Birek.
El rostro de la mujer se tiñó de dolor al escuchar aquello. El destino de su clan estaba en vilo por causa de uno de los suyos. El resto del relato no omitió detalle acerca de la vil masacre que siguió a continuación. Argoth, quien apenas conocía a aquella gente, no pudo ocultar su indignación al saber que Birek en persona había matado a varios de sus congéneres, bajo la atenta mirada de sus improvisados aliados.
—¿Y Kyros? — preguntó Zamera con voz quebrada, temiendo lo peor.
El bravo deménida hizo un esfuerzo para sentarse en la hierba. En su tez congestionada se apreciaba el dolor que le carcomía por dentro.
—Antes de escapar, pude ver que los mercenarios lo ponían en cadenas — confesó con tristeza, humillado al no haber cumplido con su deber.
—Es de suponer —intervino Argoth—, vuestro profeta es un tesoro muy preciado para esos bastardos.
—Debemos salvarlo —exclamó la chica esperanzada, al saber que Kyros continuaba con vida.
—Es imposible —objetó el herido con voz fúnebre—. Lo llevarán al fuerte.
El semblante de Zamera se oscureció con un gesto de consternación, que no pasó inadvertido para el portador del hacha.
—¿De qué fuerte habláis? —inquirió con cautela.
—La fortaleza que los legionarios levantaron el verano pasado a orillas del río —contestó el deménida con desilusión—. Hemos tratado de atacarla sin éxito en varias ocasiones.
— Es inexpugnable —terció la muchacha con un deje de dolor en su voz—. Mi propio padre cayó en el último asalto.
Argoth, pensativo, perdió la mirada en la columna de humo que surgía del devastado campamento, tratando de dilucidar un plan coherente para salvar aquella situación. Después de un buen rato se volvió hacia los dos deménidas. Zamera había extraído la saeta, y envolvía el hombro de su compañero con un trozo de su propia túnica.
—Debéis guiarme hasta ese fuerte —ordenó con firmeza.
Consternados, ambos le miraron en silencio como si fuese un demente.
—Pero… ¿habéis perdido la cabeza? —exclamó la chica sorprendida —¿no habéis entendido una sola palabra de lo que hemos dicho?
El guerrero no respondió, su semblante inexpresivo parecía traspasar a la mujer con la mirada.
—Estáis buscando la muerte, forastero —observó el herido, terminado de atar el improvisado vendaje—. Ni con un ejército podríais cruzar esa empalizada infernal.
Los labios de Argoth dibujaron algo parecido a una sonrisa.
—Tal vez un ejército nunca pasaría, pero un solo hombre quizá tenga oportunidad —aseguró en el tono burlón, propio de aquel que desprecia la muerte.

El firmamento ya se pigmentaba de rosa y naranja cuando las dos figuras que avanzaban a través de la planicie alcanzaron la margen del río. A lo lejos, la estructura del fuerte destacaba en medio del mar de jade que la rodeaba.
Zamera guardaba silencio mientras el portador del hacha se preparaba para la incursión. Argoth la miraba de soslayo, recordando los intensos momentos vividos la noche anterior.
—¿Por qué hacéis esto? —preguntó la mujer rompiendo su mutismo.
Argoth le dirigió una mirada desinteresada, sin dejar de afilar su cuchillo con un movimiento suave y rítmico.
—Tengo algo de valor en el interior de esa fortaleza —contestó alzándose de hombros.
La chica frunció el ceño y sus ojos destellaron con interés.
—¿Os referís a esa arma terrible repleta de grabados misteriosos?
El guerrero asintió, volviendo los ojos al filo de la faca.
—Me parece que estáis mejor sin ella —le confesó con franqueza—. Es un instrumento maligno. Nada bueno puede haber detrás de ese metal negro.
Argoth sonrió sin alegría.
—¿No son malignas todas las armas? —le refutó con ironía—. Están hechas para arrebatar vidas y llevar tristeza a todo aquel que tiene contacto con ellas.
—Pero también sirven para salvar vidas… vuestra propia vida. Son las herramientas para defender un pueblo de bandidos y déspotas —protestó la muchacha.
—Es un mal necesario —contestó el guerrero, revisando el filo con la yema de los dedos. Satisfecho con su trabajo, se aprestó a terminar de prepararlo todo para la dura noche que le esperaba.
—¿Eso significa esa hacha para vos? —insistió Zamera con altanería —¿Un mal necesario?
Una sombra de amargura cruzó el rostro del guerrero. Fijó su atención en la bella fémina y dejó escapar un suspiro de resignación. Hubiese querido decirle que esa arma era una carga, un peso del que por desgracia no podría librarse sin antes haber resuelto el misterio de su pasado y la incertidumbre que le deparaba el futuro.
—Así es… —respondió con sequedad, dándole la espalda y enfilando hacia a la orilla del río.

El portador del hacha alzó la mirada al cielo y sintió que los dioses estaban de su lado. Un inesperado cúmulo de nubes se arremolinaba sobre la planicie, opacando el brillo argento de la luna que flotaba en el firmamento.
Revisó por última vez sus armas, sintiéndose desnudo al no contar con la segur que siempre le había acompañado. Desvió su atención hacia la masa negra del fuerte, donde el destello de las teas en la empalizada, confirmaba la presencia de vida en aquel lugar. Después de asegurar una soga de cáñamo al cinto y atar su cabello en coleta, se volvió hacia la silenciosa mujer que le contemplaba con preocupación a unos pasos de allí.
Intercambiaron miradas por unos segundos que parecieron eternos. Argoth sabía que las palabras eran inútiles en aquellos momentos. Intentó hablar, pero sus labios no quisieron moverse. Dibujó un gesto fugaz y se dio media vuelta. Fue entonces cuando sintió el roce tibio de Zamera aferrando su mano, y no pudo evitar tomarla entre sus brazos y robar el néctar de su aliento con pasión desenfrenada.
—Volved a mí —musitó la mujer con voz queda.

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